Capítulo 7
Preguntas que acercan
La actividad se realizaba en una sala abierta frente al jardín.
Había cojines, mesas bajas y tarjetas colocadas dentro de una caja de madera.
Una facilitadora llamada Sofía sonrió al grupo.
—La idea es sencilla. Cada pareja tomará una tarjeta y responderá sin interrumpirse.
Sebastián se inclinó hacia Valentina.
—Podemos fingir una emergencia médica.
—Quiero evaluar la actividad.
—Claro. Sacrificios por la ciencia.
Sofía repartió las cajas.
Valentina tomó la primera tarjeta.
¿Qué fue lo primero que pensaste de tu pareja cuando la conociste?
Sebastián soltó una carcajada.
—Esto sí quiero escucharlo.
Valentina lo miró.
—Pensé que eras arrogante.
—Qué decepción.
—También pensé que tenías una forma de presentar ideas que hacía que la gente te escuchara aunque quisiera odiarte.
La sonrisa de él se suavizó.
—Eso fue casi amable.
—Tu turno.
Sebastián tomó la tarjeta.
—Pensé que eras peligrosa.
Valentina parpadeó.
—¿Peligrosa?
—Entraste a una reunión de una cuenta que no era tuya, corregiste una cifra del director comercial y luego defendiste tu punto frente a seis personas que llevaban diez años más que tú en la industria.
—La cifra estaba mal.
—Lo sé. Por eso pensé que eras peligrosa.
Valentina bajó la mirada a las tarjetas.
—Siguiente.
¿Qué cualidad de tu pareja admiras y casi nunca dices?
—Esto está diseñado para destruir gente —dijo ella.
Sebastián tomó aire.
—Tu disciplina.
Valentina levantó la vista.
—No porque trabajes mucho. Mucha gente trabaja mucho. Tú eres capaz de mantenerte cuando algo sale mal. No desapareces. No buscas culpables. Arreglas lo que se pueda y luego sigues.
Ella sintió un calor extraño en el pecho.
—Gracias.
—No lo arruines.
—No pensaba hacerlo.
Valentina leyó la misma pregunta para él.
Podría haber dicho creatividad.
Podría haber dicho inteligencia.
Eligió otra cosa.
—Tu lealtad.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Mi lealtad?
—Cuando alguien de tu equipo comete un error, lo corriges en privado. Nunca lo expones frente a un cliente. Y cuando algo sale bien, siempre dices quién lo hizo.
Él no respondió.
—Lo he visto —añadió ella.
—Pensé que solo observabas mis defectos.
—Tengo una base de datos más completa.
Sebastián sonrió.
La tercera tarjeta fue peor.
¿Qué te da miedo perder?
Valentina dejó de sonreír.
—Podemos saltarla —dijo Sebastián.
—No. La experiencia funciona solo si la hacemos.
—No somos una pareja real.
—Precisamente.
Valentina pensó.
—Mi independencia.
—¿Perderla por qué?
—Por querer a alguien demasiado.
Sebastián la observó sin decir nada.
—Daniel —dijo al final.
—En parte.
—¿Te pidió que eligieras entre él y tu carrera?
—No con esas palabras.
—Pero sí.
Valentina asintió.
—Desde entonces, cada vez que alguien se acerca demasiado, una parte de mí empieza a buscar la puerta.
Sebastián bajó la mirada a la tarjeta.
—Eso explica cosas.
—No analices.
—No estaba analizando.
—Tu cara estaba analizando.
Él respiró hondo.
—Yo tengo miedo de perder tiempo.
—Eso es muy tú.
—No me refiero a llegar tarde. Me refiero a despertarme un día y descubrir que pasé diez años persiguiendo cosas que no quería de verdad.
Valentina sintió que la sala se hacía más silenciosa.
—¿Te pasa?
Sebastián miró hacia el jardín.
—A veces.
Sofía anunció el final de la actividad.
Las parejas empezaron a levantarse.
Valentina guardó la tarjeta dentro de la caja.
—Buen ejercicio —dijo, recuperando su tono profesional.
—Sí.
—Muy útil para el cliente.
—Claro.
Caminaron hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, Sebastián se detuvo.
—Valentina.
Ella giró.
—¿Sí?
—No creo que querer a alguien tenga que costarte tu independencia.
Valentina sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
—Entonces quizá algún día deberías dejar de actuar como si fuera inevitable.
Ella no supo qué responder.
Sebastián siguió caminando.
Y por primera vez en mucho tiempo, Valentina pensó que quizá una de sus reglas no estaba protegiéndola de otra persona.
Quizá la estaba protegiendo de una posibilidad.
* * *