Capítulo 6
Un paseo que no estaba en el plan
A las siete de la mañana, alguien llamó a la puerta.
Valentina abrió un ojo.
—No.
Volvieron a llamar.
—No existe nadie —murmuró, hundiendo la cara en la almohada.
Desde el otro lado de la frontera, Sebastián soltó una risa.
—Tu capacidad de liderazgo a primera hora es admirable.
—Si abres esa puerta te odio menos durante cinco minutos.
—Tentador.
Se levantó.
Valentina escuchó voces y después el sonido de una bandeja.
—Desayuno de aniversario —anunció Sebastián.
Ella se incorporó.
Había café, frutas, panes, huevos y una tarjeta con el programa del día.
08:30 - Paseo por la reserva.
11:00 - Experiencia para parejas: “Preguntas que acercan”.
13:30 - Almuerzo.
16:00 - Navegación al atardecer.
Valentina tomó la tarjeta.
—“Preguntas que acercan”.
—Suena como una amenaza.
—Podría ser útil para el análisis.
—Todo es útil para ti cuando puedes convertirlo en una tabla.
Media hora después, caminaban por un sendero cercano al mar con otras cinco parejas y una guía del hotel.
El paisaje era seco y luminoso. El océano aparecía al fondo, inmenso, azul oscuro.
Valentina llevaba una gorra y una libreta pequeña.
Sebastián, por supuesto, no llevaba nada.
—¿No vas a anotar? —preguntó ella.
—Estoy mirando.
—La memoria falla.
—La tuya falla porque estás demasiado ocupada escribiendo.
—Eso no tiene sentido.
—Mira.
Valentina levantó los ojos.
A unos metros, una pareja de adultos mayores caminaba tomándose de la mano. Más allá, el viento levantaba arena fina sobre el camino. La guía había dejado de hablar para que escucharan el mar.
Valentina guardó la libreta.
—Bien —admitió—. Un punto para ti.
—No necesito puntos.
—Claro que sí.
—Solo necesito el ascenso.
Ella lo miró de lado.
—¿Tan importante es?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Sebastián siguió caminando.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque llevo demasiado tiempo haciendo el trabajo sin tener el cargo.
—Eso nos pasa a los dos.
—Lo sé.
—Entonces no respondiste.
Él se quedó unos pasos atrás del grupo.
Valentina también se detuvo.
—Mi papá tenía una empresa pequeña —dijo Sebastián—. Cerró cuando yo estaba en la universidad. Durante años escuché a todo el mundo decir que él era brillante, que solo tuvo mala suerte, que si hubiera tomado una decisión distinta…
Valentina esperó.
—Yo odio depender de la suerte —continuó—. Quiero saber que, si algo sale bien o mal, fue porque yo hice lo necesario.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
—Y un cargo no arregla eso.
Sebastián sonrió.
—¿Ahora tú eres la terapeuta?
—Estoy ampliando servicios.
La guía llamó al grupo.
Volvieron a caminar.
Valentina no escribió nada durante varios minutos.
Cuando llegaron a un mirador, el viento soplaba con fuerza.
Sebastián se acercó a la baranda.
—¿Y tú? —preguntó.
—¿Yo qué?
—¿Por qué quieres tanto el puesto?
Valentina miró el horizonte.
—Porque estoy cansada de entrar a una sala y que alguien suponga que soy la ejecutiva que va a tomar notas.
Sebastián no se rio.
—Porque cuando una idea mía funciona, muchas veces alguien dice que fue “intuición”. Cuando una tuya funciona, dicen que fue estrategia.
Él apretó los labios.
—Eso es injusto.
—Sí.
—Y también eres mejor estratega que casi todos ahí.
Valentina lo miró.
Sebastián parecía incómodo.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
La guía pidió una foto de cada pareja frente al mirador.
Valentina se colocó al lado de Sebastián.
—Más cerca —indicó la guía.
Sebastián apoyó una mano en su cintura.
Valentina se tensó.
—Regla cuatro —susurró él.
—Necesario para la fachada.
—Exacto.
La guía levantó el teléfono.
—Mírense.
Valentina giró.
Sebastián ya la estaba mirando.
El viento movió el cabello de ella.
Su mano seguía en su cintura.
Durante un segundo, ninguno fingió.
La cámara hizo clic.
—Perfecto —dijo la guía.
Sebastián retiró la mano.
Valentina dio un paso atrás.
—¿La foto se incluye en el paquete? —preguntó.
—Sí. Se la enviamos esta noche.
Valentina asintió.
Pero durante el resto del paseo solo pudo pensar en algo absurdo.
Quería verla.
* * *