El trato era no enamorarnos Capítulo 5
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Capítulo 5

La frontera de almohadas

La cama era todavía más grande de noche.

Eso no ayudaba.

Valentina salió del baño con un pantalón de pijama y una camiseta, y encontró a Sebastián organizando las almohadas en una línea perfecta.

—¿Qué haces?

—Definiendo límites internacionales.

—Pareces un niño.

—Un niño con respeto por la soberanía territorial.

Valentina dejó el neceser sobre la mesa.

—Si roncas, te empujo.

—No ronco.

—Todos los hombres dicen eso.

—¿Has realizado una muestra estadística?

—Suficiente.

Sebastián apagó una de las lámparas.

Valentina se metió en la cama desde su lado.

Había casi un metro de distancia entre ambos y, aun así, era consciente de cada movimiento.

—Buenas noches, Ríos.

—Buenas noches, Ferrer.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

—¿Estás dormida? —preguntó él.

—Sí.

—Impresionante capacidad para responder inconsciente.

Valentina abrió los ojos.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces duerme.

—No puedo.

—Problema tuyo.

Hubo silencio.

—¿Daniel te dejó o lo dejaste tú?

Valentina giró hacia el techo.

—Regla dos.

—Estamos fuera del horario de trabajo.

—La regla no tiene horario.

—Debiste especificarlo.

Ella tomó una almohada de la frontera y se la lanzó.

Sebastián la atrapó.

—Violación territorial.

—Cállate.

Él dejó la almohada a un lado.

—Yo terminé mi última relación hace ocho meses.

Valentina giró la cabeza.

—No pregunté.

—Ahora estamos a mano.

—No funciona así.

—Se llamaba Paula. Duramos casi dos años.

—Sebastián.

—Terminamos porque ella quería que yo aprendiera a estar en un lugar sin pensar en el siguiente.

Valentina guardó silencio.

—Suena razonable —dijo al final.

—Lo era.

—¿Y?

—No aprendí.

La respuesta no llevaba ironía.

Valentina se giró de lado para mirarlo.

La luz que entraba desde la terraza recortaba su perfil.

—¿Te arrepientes?

Sebastián tardó en responder.

—Me arrepiento de haber creído que tener una explicación era lo mismo que tener una excusa.

Valentina sintió que algo en ella bajaba la guardia.

Solo un poco.

—Daniel me pidió que me fuera a Madrid con él —dijo.

Sebastián la miró.

—¿Y no quisiste?

—Quería. Pero acababa de entrar a Lúmina. Era la primera vez que sentía que estaba construyendo algo mío. Él dijo que si lo amaba debía irme.

—Eso es una estupidez.

—Gracias por la delicadeza.

—No hablo de ti.

Valentina dejó escapar una respiración.

—Terminamos dos semanas después.

—¿Y por qué llama ahora?

—Porque volvió a Lima.

—Ah.

—Ese “ah” tiene demasiado contenido.

—No contiene nada.

—Mentiroso.

Sebastián se acomodó sobre la almohada.

—Buenas noches, Valentina.

Ella miró la barrera entre ambos.

—Buenas noches.

Pasaron varios minutos.

—Sebastián.

—¿Sí?

—No quiero volver con él.

Él no respondió inmediatamente.

—Bien.

—¿Eso era importante para ti?

Sebastián dio media vuelta, quedando de espaldas.

—Duerme, Ríos.

Valentina sonrió en la oscuridad.

Por primera vez en cuatro años, había logrado dejarlo sin respuesta.

Y, por alguna razón, eso no se sintió como una victoria.

* * *