El trato era no enamorarnos Capítulo 4
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Capítulo 4

La cena de aniversario

A las ocho, Valentina descubrió que fingir una relación era mucho más difícil cuando había testigos.

El restaurante del hotel estaba lleno de parejas. Algunas celebraban aniversarios, otras cumpleaños, otras simplemente parecían tener la capacidad sospechosa de mirarse durante largos segundos sin sentir la necesidad de competir por nada.

Sebastián y Valentina fueron conducidos a una mesa junto a la ventana.

Había velas.

—Esto es excesivo —murmuró ella.

—Tenemos una botella de vino y comida. Podría ser peor.

—Podrían pedirnos que renovemos votos.

—No les des ideas.

El camarero dejó los menús.

—¿Cuántos años celebran?

Valentina abrió la boca.

Sebastián respondió primero.

—Tres.

Ella lo miró.

—Tres —repitió.

—Qué bonito. ¿Cómo se conocieron?

Valentina sonrió.

—Trabajando.

—Discutiendo —corrigió Sebastián.

El camarero rio.

—Las mejores historias empiezan así.

Cuando se fue, Valentina se inclinó hacia adelante.

—Tres años.

—Parecía razonable.

—Nos conocemos desde hace cuatro.

—Precisamente.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Tienes una cronología preparada?

—Soy estratega.

—Eres mentiroso.

—Hoy es parte del trabajo.

Llegó el vino.

Después, una pareja de la mesa vecina levantó sus copas hacia ellos.

—¡Feliz aniversario! —dijo la mujer.

Valentina levantó la suya.

—Gracias.

El hombre sonrió.

—Nosotros cumplimos veintidós.

—Felicitaciones —respondió Sebastián.

—¿Cuál es el secreto? —preguntó Valentina, más por curiosidad profesional que personal.

La mujer miró a su esposo.

—Aprender a pelear.

Sebastián soltó una risa.

—Estamos muy avanzados.

—No me refiero a ganar —continuó ella—. Me refiero a saber qué peleas importan y cuáles solo son miedo disfrazado de orgullo.

Valentina sintió que la frase se quedaba suspendida sobre la mesa.

Sebastián tomó un sorbo de vino.

—Eso sí es una campaña —dijo.

La mujer sonrió.

—Cobro barato.

Cuando volvieron a quedarse solos, Valentina escribió la frase en su libreta.

—¿En serio la vas a usar?

—Como insight, no como copia.

—Bien.

—¿Qué?

—Nada. Solo me sorprende que respetes algo que no dijiste tú.

Valentina dejó el bolígrafo.

—¿Por qué siempre haces eso?

—¿Qué?

—Convertir cualquier cosa que digo en una provocación.

Sebastián la miró.

—Porque funciona.

—¿Y si un día no funciona?

—Me preocuparía.

El camarero regresó con los platos.

Durante unos minutos hablaron del hotel. Servicio, tiempos, iluminación, detalles.

Era fácil cuando el tema era trabajo.

Entonces el teléfono de Valentina vibró.

En la pantalla apareció un nombre.

Daniel.

Sebastián lo vio.

No hizo ningún comentario.

Eso fue peor.

Valentina rechazó la llamada.

—No preguntes.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Estoy respetando la regla dos.

Ella alzó la vista.

—¿De verdad?

—Puedo ser educado.

—No hay evidencia suficiente.

El teléfono vibró otra vez.

Valentina lo puso boca abajo.

Sebastián giró su copa entre los dedos.

—Si necesitas contestar…

—No.

—Bien.

—¿No vas a preguntar quién es?

—Acabas de pedirme que no lo haga.

—Eso nunca te ha detenido.

Él sonrió apenas.

—Quizá estoy mejorando.

Valentina sintió una molestia inexplicable.

—Es mi ex.

Sebastián levantó una ceja.

—Yo no pregunté.

—Ahora ya sabes.

—Excelente.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

Valentina no tenía respuesta.

Sebastián volvió a su plato.

—Tal vez deberías contestarle.

—No quiero.

—Entonces no lo hagas.

—¿Te molesta?

Él levantó la mirada.

—¿Por qué me molestaría?

La respuesta era lógica.

Completamente lógica.

Y, aun así, a Valentina le irritó.

—Exacto —dijo, demasiado rápido.

Sebastián la observó un segundo más.

Después sonrió.

—Interesante.

—¿Qué?

—Nada.

—Sebastián.

—Solo estoy disfrutando nuestra romántica cena de aniversario.

Valentina tomó la copa.

—Odio esto.

—Tres años y recién me lo dices.

Esta vez ambos rieron.

Y durante un momento peligrosamente fácil, parecieron exactamente lo que se suponía que debían fingir.

* * *