El trato era no enamorarnos Capítulo 3
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Capítulo 3

Una sola habitación

Aurea Paracas parecía diseñado por alguien que había decidido que incluso el silencio debía ser caro.

Piedra clara, madera, jardines bajos y el océano extendiéndose al fondo como una pantalla infinita.

Valentina bajó del auto y respiró el aire salado.

—Bien —dijo—. Primera impresión: excelente.

Sebastián se colocó los lentes de sol.

—Primera impresión: todavía no hemos entrado.

—La llegada empieza afuera.

—Por eso discuto contigo. A veces dices cosas razonables y me arruinas el argumento.

Una joven de uniforme beige se acercó sonriendo.

—Bienvenidos a Aurea. ¿Señor Ferrer y señorita Ríos?

Sebastián se adelantó.

—Sí.

La joven miró la tableta.

—Tenemos registrada su estancia de aniversario.

Valentina dejó de respirar.

Sebastián no.

—Exacto —respondió con naturalidad.

Valentina giró hacia él.

La recepcionista sonrió.

—Felicidades. Hemos preparado un detalle especial en su suite.

—Qué amable —dijo Sebastián.

Cuando la joven se alejó para pedir el equipaje, Valentina clavó los ojos en él.

—¿Aniversario?

—Yo no hice la reserva.

—Gabriel va a morir.

—Después del pitch.

Entraron al lobby.

La recepción confirmó el desastre.

—Suite Pacífico —dijo el hombre detrás del mostrador—. Una cama king, terraza privada y cena especial esta noche.

Valentina sonrió como una persona civilizada.

—¿Existe la posibilidad de tener dos camas?

El recepcionista revisó la pantalla.

—Me temo que no. Estamos al cien por ciento este fin de semana por una boda.

Sebastián apoyó un brazo sobre el mostrador.

—No hay problema.

Valentina lo miró.

—¿No?

Él le devolvió una sonrisa impecable.

—Amor, sobrevivimos cosas peores.

El recepcionista sonrió.

Valentina deseó empujarlo al mar.

—Claro —respondió ella, apretando los dientes—. Mi vida.

Sebastián tosió para esconder una risa.

La suite estaba en el segundo piso.

Era hermosa.

Y tenía una sola cama.

Grande, sí.

Pero definitivamente una.

Sobre ella habían formado un corazón con pétalos blancos.

Había una botella de espumante en hielo, chocolates y una tarjeta:

Feliz aniversario. Que vuelvan a elegirse.

Valentina dejó la maleta junto al sofá.

—Yo duermo aquí.

Sebastián inspeccionó el sofá.

—No cabes.

—Claro que quepo.

—Mides uno setenta.

—Uno sesenta y ocho.

—Gracias por confirmar mi argumento.

Ella cruzó los brazos.

—Entonces duermes tú.

—Podemos compartir la cama.

Valentina lo miró como si acabara de proponer un delito.

—No.

—Es enorme.

—No.

—Hay una frontera natural.

—¿Cuál?

Sebastián tomó dos almohadas y las colocó en el centro.

—Los Andes.

Valentina soltó una risa antes de poder evitarlo.

Él la señaló.

—Eso fue una risa.

—Fue un espasmo.

—Voy a documentarlo. Nadie en la oficina me creerá.

Valentina se acercó a la terraza.

Desde allí se veía el océano teñido de naranja por el atardecer.

Por un instante olvidó la cama, el ascenso y la presencia de Sebastián.

—Esto sí funciona —dijo.

Él se colocó a su lado.

—¿Qué cosa?

—La vista. Te obliga a bajar el ritmo.

Sebastián apoyó las manos en la baranda.

—Tal vez esa debería ser la campaña.

Valentina lo miró.

—¿Qué?

—No vender escapadas. Vender una pausa.

Ella sintió ese pequeño golpe de reconocimiento que aparecía cuando él decía algo realmente bueno.

—“Un lugar donde el ruido no llega” —propuso.

Sebastián giró hacia ella.

—Eso también es bueno.

—No parezcas tan sorprendido.

—Estoy aprendiendo a felicitarte.

—Hazlo despacio. Puede ser peligroso.

El viento levantó un mechón de cabello sobre el rostro de Valentina.

Sebastián alzó la mano.

Se detuvo antes de tocarla.

Los dos miraron su mano.

Él la bajó.

—Regla cuatro.

Valentina apartó ella misma el mechón.

—Exacto.

Por primera vez desde que habían llegado, ninguno hizo una broma.

Y eso resultó mucho más incómodo que cualquier discusión.

* * *