El trato (El manuscrito 4) Capítulo 38
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Capítulo 38

La Confusio iuris

D ante sostuvo el bolígrafo. La punta de metal flotó a un milímetro del papel, justo encima de la línea que exigía su rúbrica para desmantelar su imperio.

El cabujón destellaba sobre la mesa, proyectando la sombra de la espina medieval sobre sus dedos.

El tiempo parecía haberse congelado en el despacho presidencial.

Justo cuando el acero del bolígrafo iba a tocar la celulosa, el sordo chasquido de la cerradura electrónica rompió la asfixia del salón. La puerta se abrió de golpe.

—¡Dante!

Richard entró al despacho. Traía el rostro arrebolado por la prisa, el cabello desordenado por el viaje y los ojos inyectados en una mezcla de miedo y alivio. Se detuvo en seco al notar la extraña atmósfera, fijando de inmediato la mirada en el hombre impecable que custodiaba la gema.

Dante detuvo la mano.

—Richard… —susurró, con la voz quebrada.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Richard, dando un paso al frente, intuyendo el peligro—. Nicholas, dime qué es esto.

Nicholas, que hasta ese momento había contenido la respiración, rompió su armadura de contención. La angustia acumulada durante días estalló en sus palabras mientras daba un paso desesperado hacia el recién llegado .

—Es el final, Richard. Es el cobro de la deuda de Silesia —explicó Nicholas con la voz temblorosa, señalando el sobre marrón—.

Ese hombre es Muscho Merklin. El manuscrito no mentía.

Para que Dante pueda envejecer contigo, para que pueda ser un hombre normal, tiene que entregarle todo.

Las patentes, los satélites, las cuentas, los palacios…

Se quedarán en la calle, Richard. Si firma ese papel, lo pierde todo.

Richard no miró a Nicholas. Tampoco miró el sobre, ni los miles de millones de euros representados en aquellos folios de derecho mercantil. Clavó sus ojos en Dante. Vio la mirada torturada de su compañero, el pánico a ser rechazado y el peso de los siglos de aislamiento condensados en ese instante.

Sin decir una palabra, Richard cruzó el espacio que los separaba, fue hacia Dante y lo envolvió en un abrazo cerrado, hundiendo el rostro en su cuello.

Dante soltó un suspiro ahogado y se aferró a él, cerrando los ojos.

El calor del cuerpo de Richard era lo único real en una sala llena de fantasmas de la historia.

Richard se apartó apenas unos centímetros, lo tomó por las mejillas y miró fijamente esa juventud eterna que pronto dejaría de existir.

—Te querré con o sin fortuna, Dante —dijo Richard con una firmeza que hizo eco en las paredes de cristal—. El imperio no me importa. Solo te quiero a ti.

En el otro extremo de la mesa, Muscho Merklin observaba la escena de cerca.

Sus ojos azules, curtidos por el dolor de su estirpe desde los pogromos de Silesia, Toledo, Rusia y las alcantarillas de Varsovia, brillaron con una luz sutil, casi húmeda.

En sus ojos no había codicia ni el triunfo de un acreedor cruel.

El banquero de Ginebra comprendía, mejor que nadie, que el conde de veinticuatro años físicos era solo un instrumento sin culpa de una maquinaria cósmica que su antepasado Carlos IV había activado siglos atrás.

Muscho asintió levemente con la cabeza, guardando un absoluto y respetuoso silencio ante la pureza de ese sacrificio.

A un lado del tresillo, Nicholas no pudo contenerse más y lanzó un sollozo ahogado, cubriéndose la boca con una mano mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Era el llanto por el fin de una era, por el peso de la historia, pero también por la salvación de su mejor amigo.

Dante miró a Richard por última vez, encontrando en sus ojos toda la fuerza que le había faltado. Asentó la punta del bolígrafo sobre el papel. Con un trazo firme, rápido y definitivo, Dante Contini-Massera estampó su firma sobre la Confusio iuris .

El engranaje de 1348 acababa de cerrarse.

El último trazo de la firma de Dante se hundió en el documento moderno con la fuerza de un sello definitivo.

En el segundo exacto en que levantó la pluma, sus dedos, movidos por un impulso inevitable, se posaron sobre la superficie fría del cabujón de zafiro.

Todos en el despacho contuvieron la respiración .

De la profundidad opaca de la piedra brotó un destello azul cobalto. No fue una explosión violenta, sino un pulso de luz ancestral que envolvió el cristal y se ramificó como un relámpago microscópico.

Al contacto con la luz, el engranaje biológico congelado se activó de golpe.

El tiempo acumulado durante décadas golpeó sus venas.

Richard y Nicholas observaron, mudos de asombro y terror, cómo la fisonomía de Dante comenzaba a cambiar bajo el influjo de la reliquia.

Su piel, antes poseedora de una tersura inigualable, se contrajo levemente, dibujando finas y elegantes líneas de expresión alrededor de los ojos y la frente.

No era una decrepitud; era la dignidad de la madurez.

En sus sienes, el cabello castaño, que conservaba su densidad y abundancia original, se tiñó con las primeras y distinguidas hebras plateadas.

Su cuerpo, aunque mantuvo la esbeltez y la postura firme de siempre, adquirió el porte de un hombre maduro.

El proceso se detuvo en un parpadeo. Frente a ellos ya no estaba el eterno joven de veinticuatro años; ante el espejo del ventanal se alzaba un hombre atractivo y magnético de cincuenta y un años. El reloj del tiempo volvía a avanzar.

Pero el milagro de la Espina de Cristo no había cesado.

En el último segundo del destierro de la luz, un haz rezagado cruzó el espacio del despacho e impactó de lleno en la garganta de Muscho Merklin.

El destello iluminó su cuello brevemente a través de la piel, semejando una radiografía mística.

Muscho abrió los ojos de par en par y se llevó una mano hacia la laringe.

Un calor profundo, similar a la fragancia de mirra sagrada que sus antepasados exhalaron en Toledo, disolvió el nudo asfixiante que lo consumía por dentro.

El dolor punzante y la opresión del cáncer que lo sentenciaba a muerte desaparecieron por completo en un suspiro.

Tragó saliva con una facilidad que no recordaba haber tenido en años. Estaba limpio. Había sanado.

El banquero de Ginebra, el calculador implacable de la élite mundial, se quedó sin aliento, mientras un temblor involuntario recorría sus manos.

Miró la piedra, ahora apagada y gris sobre el escritorio, y una grieta teológica se abrió en su mente milenaria.

Durante toda su existencia la mística hebrea y la gematría le habían dictado las leyes del universo; pero ese pulso de vida provenía de la Espina de la Corona de aquel Jesús de Nazaret al que su fe nunca había aceptado como el Mesías.

En mitad del silencio de Roma, el judío heredero de los Merklin acababa de experimentar la gracia de Cristo.

Richard se separó lentamente del abrazo en el que había envuelto a Dante y, con los ojos empañados pero fijos en su nuevo semblante, quedó deslumbrado.

Su apariencia juvenil había desaparecido, reemplazada por una belleza madura, real y profundamente humana.

Las sienes plateadas y las sutiles líneas de expresión le conferían a Dante una dignidad soberana que Richard jamás había presenciado en él .

Nicholas, rompiendo la solemnidad con su característica efusividad, se lanzó sobre Dante en un abrazo que los hizo tambalear.

—¡Lo logramos, Dante! —gritó Nicholas con una sonrisa enorme mientras las lágrimas surcaban sus mejillas—. Por todos los demonios, ¡lo logramos! ¡Has envejecido!

Dante, quien no disponía de un espejo a mano para comprobar el veredicto de sus facciones, simplemente sonrió, contagiado por la pura felicidad y el alivio que desbordaban de las pupilas de sus dos grandes amigos. El peso de siglos acababa de evaporarse de sus hombros.

Con la serenidad recuperada, Dante se volvió hacia el banquero. Clavó la mirada en las pupilas del hebreo y le habló con una madurez que ahora corría a la par con su fisonomía:

—Gracias por restituirme la vida, Merklin. O, mejor dicho, por devolverme la muerte. Os restablezco lo que legalmente pertenece a los vuestros... a una estirpe a la que la historia se ha encargado de castigar de todas las formas posibles. Os entrego el imperio moderno de Carlos IV.

Muscho Merklin apartó la mano de su laringe.

Al responder, el milagro se hizo evidente en la acústica del despacho: su voz brotó con una claridad cristalina, profunda, limpia y sin el menor rastro de la ronquera o la opresión que el cáncer le había impuesto durante años.

Miró a Dante, fijó sus ojos en el cristal grisáceo y una profunda nobleza guio sus palabras.

—Un Merklin no abusa de la balanza, conde Contini-Massera —sentenció Muscho con una firmeza implacable—. La Confusio iuris se ejecutará, pero solo tomaré lo que estrictamente corresponde para saldar el oro de Praga y los intereses del destierro. Nada más. No busco vuestra indigencia.

Muscho deslizó sobre la mesa un documento en el que figuraba una adenda.

Mediante ese acuerdo, Dante conservaría intactos los bienes, palacios y terrenos patrimoniales que pertenecían a los Contini-Massera desde antes del siglo XIV; una herencia que, por sí sola, los mantenía como una familia sumamente acomodada en la Roma actual.

El imperio tecnológico pasaba a manos de Muscho Merklin, pero el hogar y el linaje de Dante quedaban a salvo.

Con un gesto reverente, Muscho tomó el documento firmado por Dante y lo custodió en su maletín.

Luego, miró la pequeña caja de roble sobre la mesa de cristal que contenía el cabujón de zafiro.

La reliquia que había curado su carne y que su familia protegió desde las hogueras de Toledo y el fango de Varsovia ya no emitía ningún brillo; era solo una piedra apagada.

Muscho cerró la cajita y la deslizó suavemente hacia el conde .

—Un Merklin cumple con su palabra —declaró Muscho, dedicándoles una última e imponente inclinación de cabeza a Dante, a Richard y a Nicholas—. Al ejecutarse el pago de la deuda, el aval real regresa legítimamente a su linaje. La Letra de Cambio de 1348 está oficialmente saldada.

El banquero dio la vuelta y cruzó el umbral del despacho, dejando tras de sí un silencio limpio, la pequeña caja de madera sobre el escritorio y a tres hombres listos para encarar el futuro.