El trato (El manuscrito 4) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Es el cobro de tu libertad, Dante —respondió el suizo, entrelazando las manos—. No he venido a Roma a rubricar una transferencia de acciones bajo las leyes de ningún derecho mercantil moderno. Tú y yo estamos aquí para ejecutar un documento firmado en el solsticio de 1348.

Merklin abrió el cofre de roble. En su interior, reposando sobre un delicado lecho de terciopelo carmesí, descansaba un pequeño cabujón de un azul profundo y magnético. Dante sintió que el corazón le latía contra las costillas con una fuerza inusitada.

—El zafiro con la Santa Espina de... —Dante sintió un repentino vacío en el estómago.

—Tu antepasado, el rey Carlos IV precisaba edificar su Nueva Jerusalén en Praga; necesitaba comprar su imperio terrenal a cualquier precio —explicó Merklin con voz implacable—.

Pero el oro de mi ancestro requería una garantía absoluta.

Un pignus sacrum . El monarca le entregó la espina de la inmortalidad, el ancla misma de la experiencia humana, bajo la condición estricta de un vadium [39] .

Si el soberano liquidaba la deuda, la corona nupcial y la espina retornaba a él; pero el rey falleció sin saldar un solo florín.

El dies cedens , el día del vencimiento irrevocable, se fijó en este pergamino.

—Merklin señaló el grueso sobre marrón, haciendo gala de sus profundos conocimientos de latín jurídico .

—¿Y qué tengo que ver yo con un monarca muerto hace más de seiscientos años? —inquirió Dante, ante la evidente alarma de Nicholas—. Yo no busqué esta condición. Los experimentos de mi padre y Mengele...

—¿Tu padre y Mengele? No deseo saber nada de ese monstruo alemán —lo interrumpió Merklin de forma tajante—.

Tu progenitor solo tropezó en su laboratorio con la fórmula matemática del interés acumulado de esa deuda, Dante.

El oro que mi familia prestó en el siglo XIV no genera intereses en monedas corrientes; genera tiempo puro.

El pacto de sangre medieval dictaba con claridad que, si la Corona quebrantaba el pacto, el prestamista adquiría el derecho legal sobre la vida y la inmortalidad del linaje del deudor.

Tu eterna juventud no constituye un milagro científico, Contini-Massera; es el usufructo forzoso de la deuda de Carlos IV que mi familia ha estado reteniendo a través de los siglos. Eres un deudor de la historia.

Nicholas intervino de inmediato, intentando amparar a su amigo:

—Si la deuda está vigente, tenemos el dinero. Dante puede pagar mil veces el valor de ese oro medieval. Ponle un precio a la espina.

—¿En serio, Nicholas? —Merklin soltó una risa seca, despectiva—.

Mi familia tiene el Ius retentionis , el derecho legal absoluto de quedarnos con esta reliquia hasta que el deudor entregue un pago equivalente.

Carlos IV financió un reino entero con nuestro dinero.

Por lo tanto, para romper la maldición y extinguir el contrato, se requiere una Confusio iuris: la extinción por confusión.

El deudor y el acreedor deben fusionarse —aclaró Muscho—.

Hizo un gesto con el brazo que abarcó el despacho—.

Para que yo te entregue esta espina y puedas volver a ser un hombre mortal, para que puedas envejecer y morir al lado de tu amado Richard, debes firmar este traspaso.

Debes entregarme cada empresa, cada satélite, cada línea de código de tu imperio tecnológico actual.

Tu reino moderno a cambio del Reino de Bohemia de Carlos IV.

Es un intercambio idéntico. Un imperio por tu mortalidad.

Dante miró la espina. Luego contempló de reojo a Nicholas y, en su mente, emergió el rostro de Richard, con las nuevas arrugas dibujándose alrededor de sus ojos; el hombre al que amaba y que se estaba escapando irreversiblemente hacia la vejez sin que él pudiera seguir sus pasos. ¿Cuánto más sabía Merklin sobre ellos?

—Si firmo... —la voz de Dante fue apenas un susurro—, ¿cambiaré? ¿Podré envejecer?

—En el instante en que firmes la Confusio iuris y tu mano toque este cristal —declaró Merklin, empujando la caja de roble un centímetro más hacia él—, la deuda de 1348 quedará saldada.

El tiempo acumulado te golpeará en las venas.

Dejarás de ser inmortal. Volverás a ser un hombre, Dante.

Un hombre que puede morir. ¿Estás dispuesto a transformarte en un mendigo con tal de poseer el derecho a envejecer?

Sobre el terciopelo desgastado del cofre no descansaba una gema tallada por la joyería moderna. Había un zafiro en bruto, un cristal opaco y grisáceo, con los bordes irregulares como si hubiera sido arrancado a golpes de una mina profunda.

—¿Una roca? —preguntó Nicholas, examinando de cerca la piedra.

—No cualquier roca, Nicholas —murmuró Merklin, tomándola con la punta de los dedos—. Es un zafiro de las profundidades de Bohemia. Un cristal ancestral que los físicos de Carlos IV emplearon para encapsular aquello que el ojo humano no debía resistir.

Merklin levantó la piedra y la colocó exactamente entre la luz del ventanal y el rostro de Dante.

Al pasar los fotones a través de las vetas internas del mineral, la roca se volvió mágicamente translúcida, semejando un témpano de hielo ahumado.

Y allí, en el corazón exacto de la gema, suspendida en una burbuja de aire atrapada por los siglos, flotaba una espina.

Oscura, afilada, perfecta. Se podía apreciar su textura biológica sin necesidad de rayos X, grabada en el centro de la roca como un esqueleto perenne.

—La piedra no solo protege la reliquia, Dante —prosiguió Merklin, y su voz áspera pareció vibrar en las paredes de cristal del despacho—.

La gema actúa como la prisión del tiempo.

La espina absorbe la mortalidad del aire y la piedra la retiene.

Por eso la joya de la corona que vuestro linaje custodió está vacía.

El rey no solo entregó una prenda para eludir sus deudas; hizo que la vida misma de mi pueblo fuese encerrada en esta roca.

Dante contempló la silueta de la espina dentro de la piedra. Por primera vez en décadas, no vio un objeto que codiciar, sino la llave de la celda de oro en la que vivía confinado.

Un silencio sepulcral cayó sobre el despacho presidencial.

Dante bajó la vista hacia el oscuro sobre marrón que custodiaba los documentos de traspaso y luego miró sus propias manos: perfectas, lisas, congeladas en una juventud que constituía su condena.

Fuera, el murmullo del tráfico de Roma continuaba, ajeno al hecho de que un imperio de miles de millones de dólares estaba a punto de disolverse a cambio de unas cuantas arrugas y el derecho a morir.

—Nicholas —susurró Dante, sin apartar los ojos del cristal ahumado—. Pásame el bolígrafo.