El trato (El manuscrito 4) Capítulo 37
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Capítulo 37

M uscho Merklin, el financiero de Ginebra, acarició la lata de leche corroída sobre su escritorio.

Al tocar el metal frío, la gélida oficina suiza pareció desvanecerse bajo el peso de los recuerdos familiares; sin embargo, un suspiro profundo devolvió al magnate a la realidad inmediata de su despacho.

El aroma rancio de las páginas del diario medieval se mezcló en el aire con el sutil vapor de su té de jengibre y miel.

Cerró el viejo cuaderno con un gesto suave, cargado de una reverencia infinita, y luego clavó sus ojos azules en la pantalla portátil, donde el árbol genealógico de los Contini-Massera aguardaba una resolución definitiva.

Su estirpe se había salvado de las hogueras de Toledo y de los pogromos de Rusia gracias al valor y a la palabra empeñada.

Su padre había sobrevivido a las alcantarillas de Varsovia gracias a la piedad de hombres valientes de la resistencia polaca y al arrojo de un muchacho católico.

Y él, un Muscho del siglo XXI que manejaba los activos de la élite mundial, no podía actuar con la vulgar venganza de un prestamista codicioso.

La historia de su sangre lo obligaba a la grandeza.

Presionó el botón de su intercomunicador y, con una voz afectada por la dolencia de su garganta, pero imponente en su firmeza, dio la orden definitiva a su secretaria:

—Comuníquese con Wang Chen. Infórmele que los abogados de la firma ya han validado los títulos de reclamación histórica sobre el patrimonio Contini-Massera. Estamos listos. Confirme un vuelo privado a Roma para mañana temprano. Me alojaré en el hotel de siempre .

Había llegado el momento definitivo de saldar la letra de cambio de 1348 y devolverle a ese hombre el derecho sagrado a ser mortal. Siempre y cuando él eligiese ese camino.

Al arribar a Roma, Muscho Merklin se topó con la sorpresa de que Dante Contini-Massera había salido con urgencia del país.

Armándose de paciencia, decidió aguardar.

Cada mañana se presentaba en las oficinas de La Empresa para esperar su regreso; se acomodaba un par de horas en las estancias y luego retornaba al hotel.

Aquello se estaba transformando en un riguroso ritual que mantenía al asistente y a Patricia, la secretaria, en un estado de inquietud latente.

Nunca aceptaba café. Prefería té, en especial de jengibre y miel.

Transcurridos los días, el personal terminó por acostumbrarse a su silenciosa presencia, pese a que el magnate jamás entablaba conversación alguna.

Solo aguardaba. El único beneficio de aquella prolongada espera resultó en una leve mejoría del dolor de garganta que lo aquejaba desde tiempo atrás, un alivio que él atribuyó a la benevolencia del clima romano.

Mientras Muscho Merklin aguardaba en las oficinas, Dante se debatía en la intimidad de la Villa Contini entre el temor y la acción, hasta que finalmente resolvió confrontar la realidad. Marcó el número de La Empresa :

—Ya estoy de regreso, Romano. ¿Alguna novedad en mi ausencia?

— Signor Dante, el signor Muscho Merklin ha venido todas estas jornadas a esperar su llegada —respondió la línea—. En este mismo instante se encuentra en el salón de juntas, como de costumbre. ¿Qué le indico?

—Dígale que me aguarde. Estaré allí en el plazo de dos horas —indicó Dante, consultando su reloj de muñeca.

Al colgar, reparó en que la ropa de Richard continuaba en el vestidor.

Aquello le proporcionó un leve alivio, aunque una honda desazón se alojó en su pecho.

Volvió a sentarse en el sofá. Tenía al hombre capaz de quebrantar su eterna juventud esperando en su propio despacho y, sin embargo, la duda invadía su alma.

¿Acaso no constituía eso lo que había estado persiguiendo con tanto afán?

Inspiró aire con fuerza y comenzó a mudarse de ropa. Era ahora o nunca.

Mientras Dante tomaba su respectiva ducha y se preparaba para salir, Nicholas se acomodó en uno de los mullidos sillones de ratán en el porche trasero de la mansión.

El anciano Quentin se acercó sigiloso, como de costumbre, y tomó asiento a su lado, amparado en la profunda confianza que compartían desde hacía años.

—¿Qué sucederá ahora, signor Nicholas? —preguntó el mayordomo, como si estuviese al tanto de cada secreto, lo cual no habría resultado nada extraño en él.

—¿Qué es lo que sabes tú, Quentin?

—Sé que el signor Dante tiene ante sí la oportunidad de obtener lo que más anhela en este mundo. Sin embargo, me preocupa la forma en que se lleve a cabo. ¿Acaso el proceso resultará peligroso para su salud? Me refiero a nivel físico. ¿Qué sabe usted al respecto?

—La verdad, Quentin, no me lo había planteado de ese modo. Tienes sobrada razón al estar intranquilo; pero confío en que todo se resolverá, viejo amigo. Está de por medio la Santa Espina.

El anciano sirviente no tenía la menor idea de a qué se refería Nicholas con aquellas palabras; supuso que se trataba de algún efecto milagroso que ambos investigadores habían descubierto en sus andanzas.

Conociéndolos, cualquier prodigio era posible; a lo largo de las décadas se había habituado a las extrañas aventuras de la pareja de amigos.

—El signor Richard llamó varias veces preguntando por el signor Dante. Lo noté sumamente afligido.

—Richard no tiene derecho a estar triste —declaró Nicholas, frunciendo el ceño—. Nos abandonó en mitad de una investigación que le concernía directamente a él.

—El signor Richard es un buen hombre, sé bien que ama al signor Dante; pero tiene miedo, signor Nicholas... Miedo del futuro que les aguarda. Yo sé muy bien lo que es transformarse en un anciano.

Nicholas contempló a Quentin con el afecto que el sirviente siempre le había inspirado. Su menudo cuerpo parecía haberse encogido todavía más desde la última vez que lo vio en su anterior viaje, pero sus pupilas conservaban la inocencia cándida de siempre.

—Dante se halla dispuesto a perderlo todo por él. Sus bienes, su inmensa fortuna… Esa representa una verdadera pr ueba de amor. Richard debería considerarse el hombre más afortunado del planeta.

—Me tomé la libertad de rogarle que viniera —murmuró Quentin con timidez—. No sé si obré de manera correcta, pero considero que su presencia resulta indispensable en estos instantes críticos.

—Hiciste muy bien, Quentin. Creo firmemente que a Dante le infundirá fuerzas saber que él se encuentra aquí. ¡Ah, viejo zorro, no has cambiado un ápice! —exclamó Nicholas, estrechándolo en un afectuoso abrazo.

—En cuanto arribe a la propiedad, le indicaré que se dirija de inmediato a La Empresa —afirmó Quentin, sonriendo.

—Estoy listo —anunció la voz de Dante desde el umbral de la puerta.

—Vayamos a encontrarnos con nuestro destino —sentenció Nicholas.

Dante lo miró con profunda gratitud. El destino, para bien o para mal, era estrictamente el suyo; pero aceptó de buen grado la pluralidad que acababa de exponer su fiel amigo.

Si existe un manuscrito capaz de desvelar historias, ¿por qué no habría de existir una Santa Espina? , reflexionó Quentin para sus adentros al contemplar cómo el coche que llevaba a los dos hombres se perdía por el sendero de la arboleda.

El chófer los condujo hasta el centro de Roma. Durante el trayecto, Nicholas rompió el silencio :

—Richard está en camino, Dante. Viene de regreso.

Él lo observó con un indiscutible gesto de incredulidad.

—¿Acaso lo llamaste tú?

—No. El mérito es de Quentin. Richard había telefoneado en varias ocasiones preguntando por ti y el viejo le arrancó la promesa de volver.

Dante esbozó una leve sonrisa. Exhaló un hondo suspiro y templó sus nervios para el inminente cara a cara con Merklin.

Al arribar a las instalaciones de La Empresa, se dirigió directamente a su despacho privado, evitando pasar frente a la sala de juntas. Su asistente ingresó de inmediato tras sus pasos, seguido de cerca por Nicholas.

—Dime qué novedades aguardan, Romano.

—Varias, signor Dante; pero la más apremiante se halla aquí mismo, esperando en la sala de juntas desde hace horas.

—Por favor, hazlo pasar a mi despacho.

Dante tomó asiento tras su imponente escritorio de dirección, apoyó los codos sobre la superficie pulida y entrelazó los dedos.

Se sentía tenso, pero se obligó a aparentar una seguridad absoluta.

Nicholas ocupó uno de los sillones de cortesía, aguardando con indisimulada curiosidad la irrupción del banquero helvético.

El asistente anunció formalmente a Muscho Merklin. Un hombre impecablemente ataviado con un traje de alta sastrería apareció en el umbral, portando en una mano un elegante maletín de cuero. Caminó con paso firme en línea recta hacia el escritorio.

—Buenas tardes, conde Dante Contini-Massera —saludó Merklin, con una voz que parecía emerger con cierta dificultad debido a su dolencia, al tiempo que le extendía la mano.

Dante se puso en pie de inmediato. Saliendo de detrás del mueble presidencial, estrechó la mano del recién llegado e indicó con un gesto que se acomodara en uno de los sillones de cuero del tresillo, mientras le presentaba formalmente a Nicholas.

El suizo saludó a este último con una sobria e idéntica inclinación de cabeza.

—Bien, Muscho. Ya no quedan testigos entre nosotros. Sabemos con exactitud quién eres; o, mejor dicho, de qué ilustre patriarca eres descendiente —declaró Dante, tomándose la libertad de tutearlo debido a que ambos aparentaban una edad similar.

Muscho Merklin esbozó una sutil sonrisa, imperturbable. Con una parsimonia calculada, abrió los herrajes de su maletín de cuero negro y extrajo una pequeña caja de madera de roble.

—Los contratos de sangre siempre hallan el engranaje exacto para retornar a sus legítimos dueños —sentenció Merklin, extrayendo a continuación una gruesa carpeta marrón que depositó justo al lado de la caja.

Dante observó la caja, sintiendo que un magnetismo extraño e invisible le helaba la sangre .

—¿Qué es eso, Muscho?