Capítulo 36
—No hay más tiempo, hijo —afirmó Muscho a su nieto—. Pronto vendrán para llevarnos a quién sabe dónde —susurró el anciano introduciendo el volumen sagrado en la lata vacía.
El frío de los adoquines de Varsovia se filtraba a través de las suelas gastadas de los zapatos del joven Muscho. El aire del gueto saturado de olor a encierro y hedor de muerte era irrespirable.
—No me iré sin ti, padre. No te dejaré aquí.
—Mi tiempo ha terminado, pero la sangre de los Merklin debe continuar —sentenció el anciano, encajando la tapa de la lata con un golpe sordo y sellando las juntas con cera derretida—. Toma la piedra. Llévatela contigo. Si yo fuera contigo te serviría de estorbo, mi pierna …
—Padre, no sé si podré…
—Si te quedas aquí, tu destino será el mismo que el convoy que se llevó a tu madre hacia el este.
Dicen que a los hornos de Treblinka. Tienes que irte por los canales de desagüe.
Waldek te espera abajo, forma parte de la resistencia Armia Krajowa [38] .
Déjate guiar por él, aunque es un chiquillo, los de la resistencia confían en él.
Para ustedes será más fácil esconderse y por tu aspecto podrás pasar por ario.
La madre del muchacho había sido una judía rubia de ojos azules; un linaje físico que no le había valido para salvarse de las garras del invasor.
Tal vez el joven tendría más fortuna, pensó el anciano.
Debía tenerla. Por un instante evocó la Santa Espina en la que creían con tanto fervor los cristianos y sintió que era probable que fuese verdaderamente milagrosa; confió ciegamente en ella al entregársela a su hijo.
El joven, con el cuerpo consumido por las privaciones del gueto, pero con las pupilas encendidas por la determinación de la juventud, finalmente asintió con la cabeza.
Con manos temblorosas, el padre deslizó en la palma de Muscho el gran zafiro original.
Era una gema desnuda que, al contacto directo con la piel del muchacho, pareció emitir un pulso de calor sutil, un recordatorio perenne de que la reliquia continuaba latiendo en mitad del horror más absoluto del siglo XX.
El joven Muscho guardó la piedra en el bolsillo más profundo de su raído pantalón.
Juntos descendieron al patio trasero de la propiedad.
Bajo la sombra de un muro de ladrillos calcinados, valiéndose de una barra de hierro, levantaron una pesada losa del pavimento e introdujeron la lata de leche en un hoyo profundo, cubriéndola con cascotes de madera, tierra y ceniza para que semejara un escombro ordinario de la guerra.
El patriarca abrazó a su hijo por última vez con desesperada fuerza y lo empujó hacia la negrura del alcantarillado antes de que el muchacho pudiera contemplar sus ojos arrasados en lágrimas.
Selló de inmediato la trampilla y corrió a guarecerse entre las casonas desiertas, donde yacían los muertos abandonados a su suerte.
Minutos después, el joven se encontraba en la negrura absoluta del subsuelo de Varsovia.
El hedor del alcantarillado resultaba insoportable, un río de aguas residuales y fango que le alcanzaba las rodillas; pero aquellos túneles constituían la única arteria de libertad en una urbe convertida en una pira.
Avanzaba a ciegas, cuando de pronto percibió un susurro entre las sombras:
—¿Waldek? —se atrevió a inquirir en voz baja.
— Shhhh … Sí, soy yo. Sígueme.
Muscho resbalaba, sus manos se hundían en la inmundicia de los desagües, pero sus dedos se aferraban con fuerza al hierro de las tuberías superiores.
Waldek lo guio con presteza para que trepara a los bordes, que se hallaban a un nivel más elevado.
El miedo le congelaba el pecho, pero el pensamiento de la piedra caliente en su bolsillo y la promesa empeñada a su progenitor lo empujaban hacia adelante.
De pronto, un estallido sordo iluminó la oscuridad y una densa nube de polvo apareció a lo lejos, justo por el conducto por donde Muscho había descendido.
Waldek aferró la mano del muchacho y ambos corrieron sin reparar en si pisaban a las ratas que huían a la par, intentando salvarse.
Tras una eternidad de arrastrarse por el fango y las tinieblas, la luz difusa de una linterna recortó una silueta al final de la cañería.
Waldek alzó al muchacho y una mano fuerte y solidaria lo tomó por las axilas, izándolo hacia la superficie, hacia el «lado ario» de Varsovia, lejos de las ametralladoras nazis.
Muscho había sobrevivido al gueto. Estaba exhausto, cubierto de lodo y con el alma rota, pero la línea sucesoria de Silesia continuaba intacta en mitad del infierno. El partisano que lo había sacado de la fosa observó el rostro cubierto de mugre del joven, en el que refulgían unos ojos azules.
—Podría llevarlo conmigo —sugirió Waldek.
—No. Es demasiado peligroso; nosotros lo mantendremos a resguardo —respondió el hombre—.
—Nos han lanzado gas mostaza en el sector; me temo que esta ha sido mi última incursión aquí abajo.
—Gracias, Waldek. Cuídate.
El judío de la resistencia le estrechó la mano en señal de despedida. El muchacho los contempló alejarse en la penumbra, reparando de pronto en el desastroso estado de sus propias ropas; le aguardaba una buena reprimenda de su madre.
Días después, el joven partisano Waldek, a quien en la intimidad de su hogar llamaban Henry, fue hecho prisionero por las fuerzas de ocupación tras ser delatado su vínculo con la Armia Krajowa .
Con apenas catorce años y clasificado como prisionero político, fue deportado al horror de Auschwitz y, posteriormente, a los barracones de Mauthausen.
De aquella tragedia se enteró el joven Muscho por medio del enlace de la resistencia, y al muchacho se le partió el corazón.
De su propio progenitor solo supo que los convoyes de las SS habían terminado de arrastrar a los últimos habitantes del gueto hacia el abismo definitivo de Treblinka.
El joven se encontraba completamente solo en el mundo.
Pasarían los años, y las secuelas de un eslabón más del destierro dejaron una huella imborrable, pero la vida se abrió paso entre la barbarie.
Tras la liberación de los campos y el fin de la pesadilla que había desangrado al continente, el joven Muscho regresó a una Varsovia convertida en un desierto de cenizas y cascotes calcinados.
La calle Mila ya no existía como tal; constituía únicamente un paisaje lunar de ruinas y desolación.
Guiado únicamente por la memoria geométrica de su dolor, el superviviente de los Muscho cavó con sus propias manos desnudas entre las piedras caídas del antiguo patio trasero, hasta que, exhausto, tomó un tubo de hierro que yacía entre los escombros y comenzó a sondear con fuerza el terreno.
El hierro chocó al fin contra el metal abollado.
La lata de leche continuaba allí, intacta bajo el suelo herido de Polonia.
Al abrirla en mitad del silencio absoluto de la posguerra, el viejo Tanaj de Toledo resurgió de la negrura, custodiando en sus entrañas el diario iniciado por su antepasado en 1356.
La memoria de los Merklin se había salvado de las llamas.