El trato (El manuscrito 4) Capítulo 39
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Capítulo 39

El Manuscrito

L os días posteriores a la firma de la Confusio Iuris transcurrieron en una calma que Dante no recordaba haber sentido jamás.

Villa Contini ya no se sentía como una fortaleza de aislamiento, sino como un verdadero hogar.

Richard y Dante pasaban las tardes caminando por los jardines, redescubriendo el placer de las cosas simples.

Para Richard, acariciar el rostro de Dante y notar la sutil y atractiva madurez de sus cincuenta y un años —la calidez real de su piel, el brillo de sus sienes plateadas— era la confirmación de que el tiempo ya no era un enemigo que los separaba, sino un regalo que ahora compartían.

Iban a envejecer juntos. El dinero histórico que conservaban era más que suficiente para una vida acomodada y libre de las presiones corporativas de Wall Street.

—Creo que debes quedarte con nosotros, caro amico —suplicó Dante—. No me gusta que vivas solo en Nueva York.

—Sí, Nicholas, quédate, aquí tenemos espacio de sobra, puedes escribir sin que nadie te moleste —rogó Richard.

Nicholas echó una mirada al entorno, ¡qué lugar tan paradisíaco!

, pero no era suyo. El hombre necesitaba tener su propio espacio y la casita que tenía en Nueva Jersey era suficiente para él.

La hipoteca estaba pagada, y había vivido allí los mejores años de su vida con Dolores.

Él no estaba hecho para vivir en palacios.

Miró a sus amigos, ambos descendientes de la nobleza, por algo el destino los había juntado.

—Tal vez más adelante, cuando seamos ancianos, Dante. Por ahora disfrutaré de lo que me queda de juventud. Solo hay algo que siempre tuve en mente y no sabía cómo explicarlo. Ahora que todo está en orden puedo deducirlo sin temor a equivocarme. Más aún con lo que dijo Muscho Merklin.

—¿Qué es lo que fraguas en tu mente, amigo?

—Tu padre Claudio siempre te ocultó que eras su hijo, ¿no es cierto?

—Así es… y es algo que todavía no le perdono.

—¿No te das cuenta de que te estaba protegiendo?

Él se embarcó en la búsqueda de la inmortalidad para que tú no pasaras por eso.

Él quiso evitarte la maldición del Muscho de Środa ; de alguna manera, no sé cómo, él lo sabía y quiso ocupar tu lugar, aun aliándose con ese hombre detestable, Mengele, pero no fue así porque el destino es infalible.

Dante entrecerró los ojos tratando de asimilar lo que su amigo decía. ¿Habría sido por eso? Toda una vida pensando que su padre no quiso reconocerlo… recordó al cura Francesco: Tu padre no te dijo que eras su hijo porque quería protegerte …

—Y Francesco lo sabía, Nicholas, él me dijo que no me había dicho que era su hijo para protegerme, ¡y yo pensé que se refería a los que estaban detrás de la fórmula! ¡Porca miseria! [40]

—Sí, amigo mío, el destino jugó con nosotros. Pero ya estamos lejos de todo aquello. Ya te dije lo que tenía atravesado desde hace días y me voy más tranquilo.

—Pero hay algo que todavía no comprendo. ¿Por qué el manuscrito nos hizo perder tanto tiempo? Estuvimos de un lado para el otro…

—Siempre existe un motivo para todo, Dante.

Tal vez sea que necesitábamos tiempo. Tú para alejarte un poco de Richard, él para saber que te necesitaba y realmente te amaba.

Y yo para mantener la mente ocupada y dejar de pensar en Dolores de manera obstinada.

Pero la razón principal fue que debíamos leer la historia de Carlos IV, la que empezó en el castillo de Raby.

—Tienes razón una vez más, amigo —dijo Dante y lo abrazó—. Cuídate, amigo, y no tardes en volver. —Nicholas era para él el hermano que nunca tuvo—. Ya sabes que me tienes siempre para lo que necesites, ¿eh?, ¡siempre!

—Y tú también, Dante. ¡Siempre!

Nicholas terminó de empacar. Su vuelo de regreso a Nueva York salía en pocas horas.

Aunque sentía una profunda nostalgia por dejar Roma, la alegría de ver a su mejor amigo a salvo y feliz le llenaba el pecho.

El recuerdo de Dolores todavía lo sentía a flor de piel, pero algo en su interior había aceptado el hecho de que se había ido para siempre y que algún día se volverían a encontrar.

El milagro de la Espina de Cristo le había devuelto la fe.

Si a un judío que no creía en Jesús lo había curado del cáncer, ¿por qué él no creería en la vida eterna?

Justo cuando iba a cerrar la maleta, un calor conocido y sutil irradió desde el fondo del equipaje.

Nicholas se detuvo. Apartó unas camisas y extrajo el manuscrito que los había guiado a través de los secretos irresolutos de los castillos y los había llevado a Bohemia, Silesia, Toledo y Varsovia. Vibraba levemente entre sus manos.

Nicholas lo colocó sobre la mesa y abrió las páginas de cuero gastado.

Recorrió con rapidez los textos antiguos hasta llegar a la última hoja escrita.

Frente a sus ojos, con tinta fresca y oscura, la caligrafía reconocible comenzó a dibujarse sola sobre el pergamino rancio.

Nicholas contuvo el aliento mientras las palabras se materializaban ante él:

Lo que el fuego de la codicia enterró en Środa, el peso del tiempo lo mantuvo congelado.

El ciclo de la sangre no se reanudar, y los años no caerán sobre el rostro maldito; el oro del rey volvió a ver la luz del sol y la Espina Cautiva ha cumplido su cometido.

Este manuscrito debe regresar a quien corresponde.

Al terminar el último trazo, el calor del manuscrito se disipó por completo. Las páginas, antes cargadas de un magnetismo místico y pesado, quedaron en blanco. El diario había terminado de hablar.

—Debe regresar a quien corresponde. ¿A quién? —se preguntó Nicholas.

Se quedó mirando la página, esta vez sin señales de vida, con el corazón acelerado.

Sabía exactamente lo que significaba. El libro no le pertenecía a él, ni a la biblioteca de un museo en Nueva York, ni a la fortuna de los Contini-Massera, ni a la de Muscho Merklin.

Tomó el libro con un respeto reverente y salió de villa Contini.

Tenía una última visita que hacer antes de ir al aeropuerto. Iría a la librería Libri Necessari en la Via degli Zingari en Roma.

El chofer de Dante se detuvo frente a la librería. Matteo Palumbo se hallaba de pie en la puerta, como si estuviese esperándolo. Dibujó una sonrisa de bienvenida en los labios cuando vio a Nicholas.