El trato (El manuscrito 4) Capítulo 32 Roma,
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Capítulo 32 Roma,

Fue la mano del cardenal Colombier la que tomó la diadema imperial y la depositó formalmente sobre las sienes de Carlos IV en la Basílica Constantiniana.

El purpurado portaba instrucciones estrictas de Aviñón: el emperador no debía pernoctar en Roma.

Existía una enorme desconfianza mutua; el Papa temía que, si el soberano se asentaba en la urbe, se apoderaría de inmediato de los Estados Pontificios.

Por tal motivo, Carlos no entró con un ejército que pudiera provocar una rebelión entre los ciudadanos romanos.

Su comitiva estaba compuesta principalmente por diplomáticos de alta confianza, la nobleza polaca que acompañaba a la reina Ana de Świdnica y una guardia personal de caballeros de élite, muy vistosa pero contenida.

Carlos, quien había invertido casi todo el oro que el prestamista Muscho le había conferido para alcanzar el poder y la trascendencia de su nombre, cavilaba mientras se dirigía al altar, consciente de que su consagración no se daba en medio del jolgorio popular, sino bajo estrictas normas de apuro y restricción.

Frente al altar mayor, justo sobre la cripta que custodiaba la tumba de San Pedro, se alzaban los dos tronos temporales.

Las columnas de mármol y el denso humo del incienso enmarcaban la escena.

Vestido con una túnica capitular, pero despojado aún de las insignias imperiales, avanzó descalzo el último tramo del pasillo central, flanqueado por los obispos alemanes y la nobleza italiana que lo observaba con recelo.

Se postró cuan largo era boca abajo sobre el frío mármol del altar con los brazos extendidos en forma de cruz, mientras el coro de la basílica cantaba las Letanías de los Santos.

Al terminar los cantos se arrodilló frente al cardenal Pierre de Colombier, quien permaneció sentado en su cátedra fúlgida representando al papa.

Un clérigo sostenía el pesado Evangelio abierto sobre sus rodillas.

Carlos puso su mano derecha sobre las Sagradas Escrituras y la izquierda sobre su corazón.

El cardenal leyó las cláusulas que la diplomacia de Aviñón había redactado en un riguroso latín:

—¿Prometes y juras ante Dios y su iglesia mantener, proteger y defender la Santa Fe Católica con todas tus fuerzas y hasta el último aliento de tu vida?

— Volo et iuro [35]

— ¿Prometes y juras sumisión, fidelidad y obediencia a Nuestro Señor el Papa Inocencio VI y a sus legítimos sucesores en la Silla de San Pedro?

— Volo et iuro .

—¿Prometes y juras bajo pena de excomunión perpetua abandonar las murallas de Roma antes de que el sol de este Domingo de Resurrección se oculte en el horizonte, renunciando a reclamar cualquier soberanía o gobierno directo sobre las tierras de San Pedro?

— Volo et iuro .

Mientras Carlos IV juraba de rodillas proteger la justicia divina ante el cardenal en Roma, sabía que la gema que entregó como aval en Praga, seguía latiendo en la oscuridad en algún lugar con una fuerza espiritual mucho más auténtica y antigua que todas las coronas y óleos del Vaticano y la culpa volvió a inundar su alma.

Pierre de Colombier se puso de pie, tomó el santo óleo de la crismera y ungió a Carlos en el brazo derecho y en la espalda, simbolizando que la fuerza de su espada y el peso de su gobierno quedaban desde ese momento subordinados al servicio de la Iglesia.

Inmediatamente después, el cardenal tomó entre sus manos la pesada corona del Sacro Imperio que yacía sobre el altar y, en un acto de máxima solemnidad, la colocó sobre la cabeza de Carlos.

El coro estalló en cantos y Carlos se convirtió oficialmente en el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ante los ojos del mundo.

También recibió el cetro y el orbe, la manzana de oro.

A diferencia de él, su esposa Ana de Świdnica no tuvo que postrarse ni jurar los edictos impuestos por el papa.

Su ritual estaba enfocado en la consagración mística de la maternidad real.

También fue ungida por el cardenal, coronada y recibió un cetro pequeño.

Frente al altar, los vítores no solo llegaron en las lenguas duras de los caballeros checos y alemanes; desde las primeras filas de la basílica, los nobles polacos de la estirpe de los Piast también alzaron sus voces, orgullosos de ver cómo una hija de su propia sangre, nacida en las tierras de Silesia, se convertía en la emperatriz de la Cristiandad.

El ahora emperador inició su caminata al lado de su jovencísima esposa y al terminar el ritual, fue a la sacristía, en donde se cambió por los ropajes civiles con los que había entrado a Roma, para marcharse de la ciudad.

Todo ocurrió en poco tiempo. La masividad estuvo concentrada dentro y fuera de la Basílica de San Pedro.

No dio tiempo material a que las facciones romanas enemigas, como los Orsini o los Colonna, organizaran una emboscada o un motín, ya que, para cuando quisieron reaccionar, el nuevo emperador estaba cruzando las murallas de salida rumbo a su refugio exterior.

La corona pesa ahora sobre mis sienes, pero mis ojos no buscaban el altar , pensó con amargura Carlos.

Se perdieron en la penumbra, donde un velo oscuro ocultaba el rostro que sé que cambiará mi destino.

El mundo me creerá un emperador, pero en este instante sé que solo soy un hombre encadenado a un trono, que envidia la libertad de los que me vitorean...

De inmediato se puso en contacto con su asistente para que se comunicara con la dama del abrigo de armiño vestida de azul, la de la tiara de brillantes y el velo oscuro, que en ese momento caminaba hacia la salida de la basílica.

Al recibir el recado, ella se ocultó entre los pilares y esperó a que Carlos se acercara a la salida.

Fue allí donde concertaron que, debido a que él se veía obligado a partir de Roma, la Villa Contini sería un refugio seguro para que pudiera descansar después de unos días de viaje y de la coronación.

Al despejar el camino de la comitiva oficial de la emperatriz, Carlos se quedó únicamente con su guardia personal más íntima y un par de secretarios.

Oficialmente, se detuvo en la villa de los Contini-Massera solo para pasar la noche —cumpliendo su promesa al Papa de no dormir en Roma— y para recuperar fuerzas tras el extenuante viaje.

Despidió a su joven esposa a las puertas de la villa con el pretexto de que se sentía agotado.

—Partid sin demora hacia el norte, vuestra majestad. Praga os espera y la corona de Bohemia debe estar a salvo de las intrigas de Roma.

La joven emperatriz que entonces contaba quince años respondió con sumisión protocolaria, aceptando su deber dinástico.

—Vuestra voluntad es la mía, señor. Sin embargo, no deja de inquietar a esta servidora vuestra decisión de permanecer en tierras del Lacio con una escolta tan reducida. Roma sigue siendo un nido de víboras, e Inocencio VI observa desde Aviñón cada uno de vuestros pasos.

—El Papa ha recibido mi juramento de no pernoctar tras los muros de la ciudad, y el emperador cumple su palabra.

Mi estancia en la villa de los Contini es un mero trámite diplomático para asegurar la lealtad de la nobleza local.

No hay peligro que el acero de mi guardia personal no pueda contener.

Vuestra única tarea ahora es proteger el linaje.

—Así se hará, Mi Señor. Rogaré a la Virgen por vuestro pronto regreso al reino.

Carlos tomó la punta de los dedos de la emperatriz y depositó un beso gélido e impersonal sobre el guante.

—Id con Dios, Ana. Nos veremos en Praga cuando el invierno comience a retirarse.

Una vez que el polvo de la comitiva de la emperatriz se asentó, el ambiente cambió de inmediato.

Carlos se volvió hacia sus hombres de confianza con una actitud completamente distinta.

Ya no como el emperador rígido, sino como el hombre que buscaba un respiro y, fiel a su naturaleza, el cazador que anticipa una distracción.

Entró al palacete despojado del armatoste militar; la ausencia de su esposa y de su corte creó el vacío perfecto para que la condesa viuda actuase como anfitriona absoluta de un emperador vulnerable y solitario.

El idilio, protegido por los muros de una villa apartada en las afueras de Roma, floreció a espaldas de la corte.

Para Carlos, aquellas escasas semanas en Italia con la condesa Isabella fueron un oasis de humanidad en una vida gobernada por el deber del Estado.

Sin embargo, el secreto no tardó en engendrar su propio fruto.

Cuando la dama le dio un hijo varón al año siguiente, las implacables leyes dinásticas le impidieron reconocerlo públicamente .

Fue en la intimidad de su despacho en el castillo de Karlštejn donde el monarca confesó la verdad al papel, legando a la posteridad un testimonio desgarrador:

Mi sangre corre por las venas de un niño que el mundo llamará bastardo, pero que para mi corazón es el único heredero legítimo de mi alma.

Si las leyes de los hombres me prohíben darle mi apellido, usaré el poder del Cielo que me ha sido otorgado.

He firmado el decreto imperial en la sombra; mi hijo será legitimado y la tierra de Italia lo conocerá como conde.

Nacerá una estirpe que llevará mi marca, oculta a los ojos de mis enemigos, pero protegida por mi propio puño.

Para aquellos ojos que leerán estas líneas cuando mis huesos no sean más que el polvo sobre el que se alzan los reinos: sabed que yo, Karolus, por la gracia divina emperador de los romanos y rey de Bohemia, no fui un hombre de piedra, aunque de piedra mandé construir los puentes y catedrales de mi amada Praga.

El mundo me recuerda por mis decretos, por la Bula de Oro que dicté para encauzar el Imperi, y por la devoción pública que profesé a mis esposas ante el altar.

Pero las coronas pesan más en el alma que en la cabeza, y el trono es un lugar solitario donde el deber devora al hombre.

Fue en el otoño de mi madurez, en las tierras doradas de Italia, donde mi destino se partió en dos.

Aún puedo oler el frío combinándose con el incienso de la basílica de San Ambrosio en Milán, el día en que la Corona de Hierro ciñó mi frente como rey de Italia.

La multitud rugía mi nombre, los Visconti me sonreían con dientes de lobo y el poder del mundo parecía estar en mis manos.

Pero mis ojos no miraban al altar, ni a los estandartes reales.

Meses después, bajo el cielo de Roma, mis ojos se perderían en la penumbra de las naves laterales de la Basílica Constantiniana, donde una silueta, oculta bajo un velo, posaba en mí su mirada.

Es ella, Isabella, la única después de mi recordada Blanca, la mujer que amé.

Lo escribo aquí para que quede como prueba de ese amor.

Carlos emitió un decreto imperial confirmando y expandiendo los feudos de los Contini-Massera en la península itálica, específicamente en la Toscana y en los alrededores de los Estados Pontificios.

Al expandir sus tierras en sus posesiones del norte, la condesa pudo camuflar el origen de su nueva riqueza ante la alta sociedad romana, haciéndola pasar por «favores políticos» del emperador a su familia, protegiendo así el secreto del romance.

Aunque Carlos no era rey de Polonia propiamente dicho, sí era el soberano de Silesia, una rica región minera y comercial fronteriza que en esa época pasó a formar parte de la Corona de Bohemia tras astutos pactos diplomáticos con el rey Casimiro III de Polonia.

Los beneficios e impuestos extraordinarios de aquellas tierras silesianas se desviaban directamente hacia Italia para financiar la opulenta existencia de los Contini-Massera, una familia que, a partir de ese instante, consolidó una fortuna colosal.