Capítulo 31
D ante y Nicholas se miraron, estupefactos.
—¿Has leído bien? —inquirió Dante, conteniendo el aliento.
—¿Qué tenemos que ver los Contini-Massera en todo este conflicto ancestral?
—Si lo dejó escrito Muscho en sus crónicas, debe ser una certeza matemática —afirmó Nicholas de manera categórica—. Algo crucial debió de acontecer en la larga historia de tu linaje.
—En cualquier familia, no solo en la mía, han debido de ocurrir infamias y tragedias del pasado.
¿Por qué tengo yo que pagar por el pecado que cometió un rey de Bohemia hace seiscientos años?
Me parece una injusticia intolerable —declaró Dante, seriamente alterado—.
Muscho lanzó una maldición que se activó directamente sobre mi carne, ¿por qué a mí?
Creo que ahora comprendo el motivo por el cual esa estirpe despertó tanto encono en la historia —terminó de asegurar, mientras un rictus de amargura y desprecio cruzaba sus labios .
—Creo que es como debatir qué fue primero: el huevo o la gallina —replicó Nicholas con voz pausada—.
Los hebreos fueron un pueblo que sufrió de manera sistemática e injusta; las leyes pragmáticas les prohibían ejercer los mismos oficios que a los cristianos, viéndose obligados a convertirse en cambistas y prestamistas para asegurar su propia supervivencia.
De ahí germinaron los prejuicios de quienes los consideraban gentes avaras.
A mí, de verdad, me conmueve su tragedia.
—Algunos sostienen todavía que por culpa de sus leyes crucificaron al Nazareno.
—¿Acaso Él no era también judío? ¿Quién nos garantiza que todo lo que la Iglesia ha promulgado sea la estricta verdad histórica?
Hasta donde sabemos, el Nuevo Testamento fue redactado por cronistas que jamás llegaron a conocer en persona al Mesías…
incluso, si analizamos los manuscritos hallados en el Mar Muerto, existen profundas contradicciones entre los evangelios oficiales.
Ante la fría lógica de Nicholas, Dante exhaló un profundo suspiro de insatisfacción, incapaz de aliviar la tormenta que ardía en su interior.
—Creo que será mejor que prosigamos con la lectura. Esta vez quiero leer yo —sentenció Dante, pasando la página al tiempo que fijaba la vista en el nuevo título.