Capítulo 30 #2
—Bien sé cómo permitió que quemaran a nuestra sangre sobre los cadahalsos de los cementerios del Rin.
Dos mil almas reducidas a cenizas en una sola jornada, solo para que los consejos de las villas incautaran sus bienes y repartieran nuestras monedas proporcionalmente entre los artesanos de los gremios.
Es un cínico: empleó el pretexto de la peste para borrar de un plumazo los pagarés que sus señores feudales debían a mi firma.
Si mi pueblo hubiera sido pobre y la nobleza no se encontrase ahogada en deudas con nosotros, jamás habrían encendido esas hogueras.
Pero ahora el tablero ha cambiado. Mientras poseamos lo que el monarca más teme perder en sus oraciones, vuestra red financiera tendrá el escudo perfecto para absorber mis compromisos con los florentinos y desviar los fondos hacia Silesia.
Carlos IV descubrirá que el oro que pretendió robarnos con sangre se convirtió en su propia condena.
—Es un pacto de sangre y de silencio, Don Muscho —declaró Samuel, extendiendo su mano con un respeto que ya no era comercial, sino reverente—.
Vuestras letras de cambio quedan refinanciadas desde este mismo instante y vuestros plazos serán tan extensos como vuestra propia estirpe necesite.
Enterraremos este secreto en lo más profundo de las piedras de Sefarad , donde ningún rey de la tierra pueda ponerle las manos encima.
Que el Altísimo sea testigo de este trato.
***
Y así fue como sucedió. Muscho recuperó su lugar preeminente entre sus pares, su heredero Merklin creció y se hizo adulto siguiendo fielmente sus pasos, y el barón von Krossen recibió la cuantiosa ayuda financiera tal y como había prometido el silesiano.
Transcurridos veinte años desde la primera vez que Merklin hizo el trato con Samuel ha-Leví, aconteció que el patriarca, quien durante toda su vida había gozado de una salud de hierro, comenzó a debilitarse.
Contaba ya con setenta y ocho años y solo abandonaba el lecho para sus ocasionales necesidades.
—Es la vejez, hijo mío; la vejez no perdona —susurró el anciano—. Pero constituye una bendición… He vivido suficiente, te he visto prosperar y ser un hombre de bien. No tengo derecho a quejarme de nada; dejo una descendencia a través de ti por la cual me siento profundamente agradecido.
—Así es, padre, pero no hables como si fueras a partir, que todavía no es tu tiempo.
— ¿Eij atá iodéa matái higuía zmaní, bní ahuví? [33] —susurró el hombre desde el lecho—. El único que lo sabe soy yo, y sé bien que mis horas están contadas. Solo restan algunas cosas que debes conocer y resguardar, para que alguno de tus descendientes, cuando lo juzgue preciso, las haga cumplir.
Merklin miró a su padre, preguntándose qué arcano ocultaba todavía. Pensaba que estaba al tanto de todos sus secretos, aunque en su fuero interno recordó que los verdaderos secretos jamás se daban a conocer.
—¿Qué debo saber, padre?
—Llevé un diario a lo largo de mi vida; para ser más concreto, un registro de los momentos más cruciales de mi existencia.
Muchos de ellos ocurrieron estando tú presente, pero otros tantos no.
Cuando yo muera, te pido que no te deshagas de él.
Escribe lo que acontezca en nuestra familia, solo aquello que consideres trascendente.
Custódialo y entrégaselo a tu hijo cuando sea un adulto, para que él a su vez lo otorgue a su descendiente.
—Muscho se detuvo unos instantes para recuperar el aliento antes de seguir—: En el último cajón de la fila derecha de la biblioteca hay un doble fondo.
Levántalo y encontrarás mi diario. No es demasiado grueso, como podrás notar en cuanto lo veas, y es que en la vida existen muy pocos momentos realmente dignos de ser anotados .
—Así lo haré, padre —prometió Merklin con solemnidad.
Al día siguiente, Muscho yacía inerte en su lecho.
La primera en ingresar a la alcoba fue la esposa de Merklin quien, como todas las mañanas, aseaba al anciano y lo asistía.
Las pupilas de su querido suegro, enmarcadas por ese maravilloso arco senil que siempre la había deslumbrado, apuntaban directamente al cielo raso, como si al morir hubiera estado buscando la mirada del Altísimo.
Cerró sus ojos con cuidado y se apresuró a llamar a su esposo.
Días después de la Shivá [34] , Merklin finalmente descubrió los espejos que habían permanecido cubiertos para que todos en la casa se concentrasen únicamente en el dolor y en el tránsito del alma del patriarca.
Su ausencia se sentía presente en cada rincón.
Eran muchos los años que habían compartido bajo el mismo techo, eso y los negocios los habían unido de manera indisoluble.
Siguiendo las instrucciones de su progenitor, abrió el último cajón del lado derecho de la biblioteca y halló el cuaderno en el doble fondo.
Lo abrió e inspeccionó las páginas. Reconoció la caligrafía que narraba la penosa caminata que recorrió desde la Baja Silesia hasta España, los encuentros con el barón von Krossen, los guardias del Tirol y la memoria de la Santa Espina.
Más adelante, varios años después de aquellas fechas, en la página correspondiente al año 1356, su padre había dejado escrito:
El monarca me traicionó. Desató el horror sobre mi pueblo para sepultar su deuda; misma que le permitió ceñirse la corona como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, creyendo neciamente que con nuestra muerte su bastardo en Italia y sus herederos quedarían libres de toda obligación.
Pero la gema que me otorgó en guisa de aval, el zafiro que encierra la Santa Espina, ha quedado impregnado con las lágrimas y el clamor de los míos.
He tenido una visión terrible anoche: la deuda no fenecerá.
Está escrita con fuego en la sangre de su estirpe italiana.
Llegará el día, en los siglos venideros, en que la ciencia del hombre se aliará con la oscuridad y uno de los descendientes de ese hijo ilegítimo que ha nacido hoy vulnerará las leyes de la Creación y será condenado a no morir.
Ese conde inmortal llevará la marca de la traición de Carlos IV grabada en su propia carne, viviendo para siempre, atrapado en los confines de la Tierra.
Solo cuando el zafiro con la Espina de Cristo regrese a manos de la línea de los Contini-Massera para salvar el precio de la sangre derramada en 1348, aquel descendiente desahuciado podrá quebrar su maldición, recuperar su mortalidad y descansar en paz.
Si no lo hiciere, su eternidad constituirá su propio infierno.
** *
Las páginas que seguían en el diario confirmaban que la profecía ya rugía en las sombras.
Merklin, custodio de la fortuna de su padre y guardián de sus silencios, cumplió sin flaquear el pacto sellado ante el anciano Samuel ha-Leví.
Recuperó el zafiro. A partir de esa noche, la Espina de Cristo comenzó su viaje clandestino, saltando de mano en mano entre linajes condenados a esconderse de la historia, porque las Hispanias dejaron pronto de ser tierras de paz para los suyos; sobre su raza pesaba ya un fado implacable de destierros y persecuciones.
Cuando el primer Muscho pisó el suelo de Castilla, el rey don Alfonso el Onceno aún contenía la codicia de los nobles feudales bajo el puño indómito de sus leyes, otorgando un respiro efímero a los financieros de la aljama.
Pero aquel orden no tardó en ahogarse en sangre.
El monarca se enfrió en su tumba, devorado por la misma pestilencia, y una cruel contienda fratricida partió el reino en dos.
La estirpe de Muscho vio cómo el rey don Pedro —el mismo que los había sentado a su mesa y confiado sus tesoros— caía atravesado por la daga de su propio hermano, Enrique de Trastámara, en los campos de Montiel.
Con el nuevo monarca llegó la hoguera. La victoria de la dinastía bastarda en 1369 encendió una mecha de odio popular que estallaría décadas más tarde en las trágicas matanzas de las aljamas, siendo el preludio gótico del horror institucionalizado por la Inquisición .
Durante generaciones, los Muscho sobrevivieron convirtiendo su oro en su único escudo.
Sabían bien que la Corona castellana aborrecía sus rezos, pero precisaba de su liquidez para financiar sus guerras dinásticas.
Hasta que ellos llegaron. En aquel fatídico año de 1492, la corte de los Reyes Católicos susurraba el mito piadoso de que la reina Isabel había empeñado sus propias alhajas para sufragar el viaje de un navegante visionario.
Mentira. Aquello constituía una absoluta falacia.
Fueron los propios financieros de sangre hebrea quienes costearon las carabelas de Cristóbal Colón, comprando con oro una protección desesperada para que el Santo Oficio no los entregara al fuego de los cadahalsos.
No sirvió de nada. Como siempre, los católicos incumplieron su palabra.
El 31 de marzo, en los salones de la Alhambra recién conquistada, los monjes y los reyes estamparon sus rúbricas en el Edicto de Granada: bautismo o destierro.
Pena de muerte para todo judío que osara pisar el suelo de las Hispanias al amanecer de agosto.
Los Muscho abandonaron Toledo llevando consigo únicamente lo que podían cargar sobre sus espaldas, contemplando con el corazón roto cómo sus casonas solariegas se malvendían por un asno raquítico o dos retales de tela burda.
Los caminos hacia Portugal se transformaron al punto en un calvario de polvo, sol y llanto.
Mientras Colón alistaba sus velas en el puerto de Palos para buscar un nuevo mundo y financiar, con misticismo ciego, una futura cruzada hacia Jerusalén, las playas de la península se colmaban de naves atestadas de familias hebreas aterrorizadas.
Los Muscho avanzaban hacia la frontera portuguesa con los pies llagados y la mirada fija en el oeste, jurando en absoluto silencio que las aguas de la conversión jamás profanarían la pureza de su fe.