Capítulo 30
El Ingreso a Toledo
E l olor a pescado salado, cuero curtido y orujo impregnaba las estrechas y empinadas callejuelas de la aljama de Valencia.
A lomos de dos caballos andaluces de paso firme, adquiridos en las caballerizas de la judería costera, Muscho y Merklin avanzaban flanqueados por los cuatro hombres de armas que el banquero Di Negro les había procurado.
Cruzaron el arco de piedra que separaba el bullicio cristiano del Grao de la judería valenciana; ante la mirada perezosa de cualquier centinela de la puerta, semejaban únicamente dos viajeros acaudalados regresando de ultramar.
Pronto, el salitre del Mediterráneo quedó atrás, reemplazado por el polvo blanquecino del camino real.
El viaje desde la costa de Valencia hacia el corazón de la península exigía una extrema templanza.
Dejaron atrás las fértiles huertas del Turia y comenzaron el duro ascenso hacia la fortaleza de Requena, el imponente bastión de piedra que marcaba la frontera con el Reino de Castilla.
Gracias a la prestancia de la escolta y al porte señorial que el silesiano lucía de nuevo, los oficiales castellanos de la aduana real ni se atrevieron a registrar sus fardos: un par de dineros de plata bastaron para que les franquearan los portalones hacia el reino .
Ya en tierras castellanas, la ruta se volvió abrupta al cruzar la serranía de Cuenca.
Los caballos andaluces demostraron su bravura ascendiendo entre los desfiladeros de roca gris y los densos pinares, donde el eco cerrado de los cascos ahuyentaba a los salteadores que acechaban en las sombras de los canchales.
Tras jornadas de extenuante cabalgata, el relieve montañoso pasó finalmente ante la inmensidad de la meseta manchega.
El aire se tornó seco, caluroso y perfumado por el aroma del tomillo silvestre.
Cabalgando a buen paso bajo el inclemente sol de Castilla, la comitiva siguió el curso natural de las tierras que descendían hacia el valle del Tajo.
Fue al cabo de una semana cuando, tras coronar una última colina, las copas de los olivos se abrieron para revelar la visión largamente esperada: la silueta fortificada de Toledo, alzándose majestuosa sobre los riscos de la roca viva. El término de su largo calvario.
Al cruzar el imponente puente de San Martín, bajo la sombra de las almenas, Muscho contempló desde lo alto de su montura el perfil de la ciudad recortado contra el cielo encendido de Castilla.
Extrañado de encontrar tanta normalidad en mitad de la furia antisemita desatada por toda Europa, el silesiano constató que la vida no parecía haber mudado para los hebreos en Toledo.
A su lado, Merklin, con los ojos fijos en el bullir de los mercaderes moros, cristianos y judíos que abarrotaban las cuestas del mercado, sintió que finalmente respiraba en un territorio donde su fe no los convertía en presas de caza .
La escolta los guio directamente hacia la residencia de Don Samuel ha-Leví, una suntuosa mansión de estilo mudéjar en el corazón de la judería toledana.
Tras cruzar un patio interior donde el agua susurraba en una fuente de mármol entre plantas de azahar, Muscho y su hijo fueron conducidos al gran salón de audiencias.
Samuel ha-Leví los aguardaba de pie. Era un hombre en la plenitud de su juventud, de mirada felina y penetrante, ataviado con una túnica de seda damasquinada con hilos de oro que reflejaba la opulencia de la corte castellana.
A diferencia de las cortes del norte, rústicas y frías, la atmósfera allí exudaba una sofisticación que mezclaba la ciencia árabe con la mística hebrea.
—Sea bienvenido a Sefarad [31] , Don Muscho de Silesia —saludó Samuel en un hebreo cortesano y pausado, inclinando levemente la cabeza—.
Las noticias de vuestra desgracia en Praga y la vileza del rey Carlos arribaron a mis oídos a través de los cambiadores de Génova.
El mundo se ha sumido en la locura en las tierras del norte, pero en Castilla el libro de cuentas continúa teniendo mayor peso que la histeria de los gentiles.
Muscho avanzó con paso firme, mientras Merklin permanecía en absoluto silencio a sus espaldas.
—Os agradezco el generoso recibimiento, Don Samuel —respondió Muscho, clavando sus ojos oscuros en el anfitrión—.
Si las nuevas han volado con tanta presteza, sabréis entonces que las Casas de Banca de Florencia exigen la liquidación de los treinta mil florines que el rey de Bohemia ha decidido borrar con sangre.
Carlos IV cree que al desvalijar mi morada ha destruido mi crédito.
Yo he venido aquí a demostrarle que se equivoca.
Pagaré cada dinero que mi firma empeñó en las plazas imperiales.
Samuel ha-Leví esbozó una sonrisa sutil, tiñendo sus facciones con una mueca de escepticismo mientras cruzaba las manos enjoyadas sobre el pecho:
—Admiro vuestro honor, don Muscho —declaró Samuel—.
Pero treinta mil florines constituyen una fortuna colosal, capaz de levantar un ejército de mercenarios o comprar una tregua perpetua con los moros de Granada.
¿Con qué garantía pretendéis que la aljama de Toledo absorba deuda semejante ante los cambistas florentinos?
Vuestro nombre es grande, sin duda, pero las redes crediticias no subsisten de la nostalgia.
¿Traéis acaso oro físico capaz de inclinar la balanza a vuestro favor?
Muscho no pestañeó. Con un movimiento pausado y solemne se llevó la mano al pecho, apartó la pesada capa de lana y desabrochó la fina camisa de lino. Ante las pupilas atónitas de Samuel ha-Leví, extrajo el gran zafiro azul.
Al quedar expuesto en la calidez del salón mudéjar, la gema no reaccionó con la condensación de vapor de los Alpes, sino de una forma infinitamente más sutil y perturbadora.
Los candelabros de cera de abeja pura que iluminaban la estancia comenzaron a parpadear; las llamas, desafiando las corrientes de la sala, se inclinaron magnéticamente hacia el zafiro, como si adoraran su presencia.
De pronto, un aroma intensísimo a ramas de olivo fresco y resina de mirra —una fragancia purísima que evocaba de inmediato las tierras de Jerusalén— inundó el salón, disipando el rastro rancio de la cera.
A través del cristal azul, la oscura astilla de madera comenzó a emitir un pulso de luz dorada e intermitente, semejando un latido atrapado en el núcleo de la piedra.
Samuel dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca.
No constituía una mera sugestión: la temperatura del salón ascendió varios grados en un instante, y la pequeña pieza azul resplandeció con la viveza del mediodía por unos breves segundos.
Merklin, quien observaba desde su rincón, cayó de rodillas de forma instintiva.
Don Samuel ha-Leví, el altivo almojarife mayor del Reino de Castilla, sintió un vuelco en el corazón.
Sus profundos conocimientos de la Cábala y de los misterios divinos le advirtieron al punto que no se hallaba ante un simple trozo de arto bendecido por los clérigos de Roma.
Aquel objeto custodiaba una emanación directa de la Shejiná , la presencia divina terrestre.
Hashem [32] había tocado aquella materia.
—Esto... esto no es un ídolo de los gentiles, Don Muscho —susurró Samuel con la voz quebrada, sin atreverse a rozar la gema, sintiendo cómo un temor sagrado le invadía el pecho—. Esto posee el hálito sagrado del monte Sinaí. Es energía pura de la Creación.
—El rey Carlos IV sabía bien que me entregaba una reliquia que su Iglesia considera sagrada, Don Samuel —sentenció Muscho con gravedad—.
Pero la tierra misma sabe lo que custodia.
Para nuestro pueblo, esta Espina posee otra significación; sin embargo, para los cristianos, constituye una alegría milagrosa e inestimable.
Ahí radica su verdadero poder. El monarca cree ciegamente en su divinidad y se ha convertido en su peor obsesión; os aseguro que hará lo imposible por recuperarla.
Muscho dio un paso más hacia la mesa, fijando sus ojos oscuros en el almojarife.
Samuel contempló el pulso dorado de la gema que poco a poco iba atenuándose, regresando a su estado de calma, dejando en el aire el persistente aroma a mirra sagrada.
Sintió la obligación moral, mística y política de ceder.
—Acepto la reliquia como vuestro aval, Don Muscho —declaró Samuel, asintiendo lentamente—.
¡Qué suprema ironía! Carlos IV le debe su corona de Rey de los Romanos al Papa.
Por lo tanto, cuando consciente los pogromos para borrar sus deudas, está traicionando directamente las bulas de su protector y maestro, quien exige bajo excomunión el amparo de las aljamas.
—Si su amigo el Pontífice se enterase de que su protegido ha comerciado con semejante reliquia…
—esbozó Muscho una sonrisa gélida—. Carlos debe de encontrarse desesperado rastreando la Santa Espina.
Pero es te artefacto cumplirá su función en el destino, mi estimado Don Samuel.
Lo entrego a la custodia de la aljama de Toledo como el aval supremo y geopolítico que respaldará la refinanciación de mis deudas.
El rey de Bohemia sabrá que los pleitos con nosotros siempre se cobran, por mucho que intente saldarlos con el fuego de sus turbas.
Su codicia no conoce límites, Don Samuel.
El silesiano cavilaba en voz alta, apretando los puños: