Capítulo 29
E mbargados por la apasionante lectura que llevaban a cabo, no habían querido detenerse para hacer alguna que otra observación, sin embargo, después de enterarse de la procedencia del zafiro y del nombre del hijo de Muscho de Środa, el prestamista, Nicholas no pudo reprimirse.
—¡Merklin es el hijo de Muscho! Cuando llegó la época de adopción obligatoria de apellidos en el siglo XVIII, esa rama familiar en lugar de aceptar un apellido impuesto por las autoridades, probablemente insistió en registrar legalmente el nombre de sus antepasados: Muscho Merklin, convirtiéndolo en su nombre y apellido oficial hasta el siglo XXI —razonó tomando en cuenta más la parte histórica que la que realmente interesaba a Dante.
—El zafiro original que contiene la Espina de Cristo… debe de tenerlo Muscho Merklin. ¡Es lo que hemos estado buscando! El hombre nos espera en Roma y nosotros aquí encerrados… ¡Santo cielo !
—Tienes razón, Dante, mira aquí —señaló un párrafo en el capítulo que correspondía al barón von Krossen—: Lentamente, el noble extendió su mano derecha, grande y callosa por el acero.
Muscho la estrechó con firmeza. En la penumbra del castillo en ruinas, el pacto quedó sellado: la espada de un barón proscrito ampararía la espina de la inmortalidad a cambio de la riqueza invisible de un banquero sin patria.
—Y lo dice el manuscrito. Esa sí es una pista definitiva. Ya nos lo había advertido antes: El que quiere azul celeste que le cueste , se refería sin lugar a dudas a ese zafiro —afirmó Dante al tiempo que miraba en derredor en busca de alguien que los liberara.
Según el reloj de pie del estudio del barón, empezaba a amanecer, aunque la luz se negaba a entrar a través de los vitrales. En el exterior todavía a oscuras, sin embargo, empezaban a escucharse algunos ruidos anunciando que el castillo empezaba a despertar de su letargo.
Al poco rato se escucharon unos pasos que provenían de una de las puertas que daban al recinto. El mayordomo que los había recibido el día anterior los miró con cierto asomo de desconfianza.
—Señores… buenos días —saludó mirándolos a uno y otro al tiempo que se fijaba en sus ropas bastante ajadas y cubiertas de polvo. Trató de pasar por alto su desgreñado aspecto y fue directamente a dar cuerda al reloj.
—Buenos días, ¿podría decirle a lord Cleveland que deseamos verle ?
—Se encuentra descansando en estos momentos, señores. ¿Puedo ofrecerles algo para desayunar? —propuso impertérrito el mayordomo.
—No, gracias, ¿podría comunicarnos con el director general?, debo hacer una transferencia a nombre de lord Thomas de Cleveland.
—Acompáñenme señores —invitó el mayordomo. Abrió una puerta lateral después de elegir una llave del manojo que tenía en la mano.
—Tenga, estas son las que nos dio el barón —aprovechó Dante para devolverle el pesado manojo que abría las ciento doce habitaciones del castillo.
Después de caminar por una galería en la que se exhibían cuadros al óleo de diferentes personajes probablemente pertenecientes a la genealogía de los barones de Cleveland, entraron a una pequeña oficina.
—Tomen asiento, por favor, iré a buscar al director.
Una vez hecha la transferencia por la cantidad estipulada según los datos que suministró el director, Dante creyó oportuno dejar una nota al dueño del castillo.
Estimado lord Thomas de Cleveland:
Estamos muy agradecidos por colaborar con nuestra investigación arqueológica, la cual, por desgracia, no tuvo efectos positivos. Efectué con los datos bancarios que me proporcionó su director, la cantidad acordada.
Le deseamos un buen día,
Suyo, afectísimo,
Conde Dante Contini-Massera .
Mientras ellos estuvieron descifrando el enigma en el laberinto del Castillo de Raby, el Gulfstream había despegado desde Stansted en un breve vuelo de reposicionamiento hacia el norte.
Cuando Dante y Nicholas salieron del castillo solo tuvieron que conducir treinta minutos hasta el Aeropuerto de Teesside, donde la tripulación los esperaba con los motores listos para emprender el regreso directo a Roma .
Dante se ocupó de comunicarse con el piloto para que estuvieran atentos a su llegada.
Al entrar al aeropuerto se dirigieron directamente a la Terminal Ejecutiva.
Estacionaron el automóvil de alquiler a pocos metros de la aeronave y presentaron sus pasaportes a los oficiales de aduana a pie de pista.
La compañía arrendadora se encargaría de retirar el vehículo más tarde.
Todo ocurrió escasamente en unos diez minutos, tiempo precioso para Dante quien, ansioso por despegar, deseaba seguir leyendo el manuscrito.
—Estaremos en el aeropuerto de Ciampino aproximadamente a las 9:40 horas —anunció el piloto.
—Lee tú, Nicholas, yo estoy demasiado nervioso. Espera, antes debo llamar al chófer para que nos espere en el aeropuerto. Richard debió llevarse la camioneta.
Nicholas se miró a sí mismo y también a Dante.
—Ya me estoy acostumbrando a estar en estas fachas —comentó Nicholas con un inútil esfuerzo de quitarse el polvo de la ropa. Se pasó la mano por los cabellos sin mayor efecto y meneó la cabeza—. Supongo que Muscho y su hijo debieron estar en peores condiciones —dijo y siguió leyendo.