El trato (El manuscrito 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Llegada a Génova

E l descenso de los Alpes hacia la llanura de Lombardía fue un viaje entre fantasmas; gentes que cerraban sus portones a cal y canto por pragmática de su señor, Luchino Visconti.

Atrás quedaba el frío riguroso del Tirol, reemplazado por la densa humedad del valle del río Po.

Muscho sospechaba con acierto que las grandes ciudades del norte de Italia constituían trampas mortales.

Urbes como Verona y Milán habrían blindado sus murallas, y los guardias de las puertas tendrían órdenes estrictas de ejecutar en el acto a cualquier caminante sospechoso de portar la pestilencia.

Para esquivar la muerte, los contrabandistas guiaron a Muscho y sus acémilas a través de las rutas secundarias del valle del Ticino.

Viajaban estrictamente de noche, ocultándose entre los viñedos y los canales de riego, permitiendo que los animales descansaran y pastaran durante las horas de mayor luz.

Su objetivo no era ninguna aljama local, sino la costa; precisaban cruzar los Apeninos ligures, la última cadena montañosa que los separaba del gran puerto de la cristiandad.

Ascendieron por un sendero empinado, rocoso y tortuoso donde los cascos de las mulas demostraron su verdadero valor, avanzando con paso firme por desfiladeros donde un corcel habría resbalado hacia el abismo.

Al coronar la cima, el viento helado de la cordillera fue sustituido por una brisa salina y templada.

Abajo, encajonada entre el mar y los acantilados, brillaba Génova, la amurallada república de los mercaderes.

Entrar a la ciudad portuaria con las bestias resultó sencillo; los muelles se encontraban atestados de arrieros, mercancías coloniales, refugiados y cargadores.

Los proscritos de la Bocchetta se despidieron deseándoles parabienes, y Muscho y Merklin se mezclaron entre la multitud, semejando dos viajeros rurales exhaustos.

Dejaron las mulas al cuidado de un establo humilde en las afueras de las dársenas y Muscho, arrastrando sus hábitos de romeros pero con la espalda recta, caminó con paso firme hacia el corazón financiero de la república: la Plaza de San Giorgio.

Frente a un imponente palacio de piedra blanca, Muscho se detuvo.

Era la sede de la banca de los Doria y los Grimaldi, corresponsales de la banca toscana y socios de sus propias redes crediticias en Silesia.

Al intentar cruzar el umbral, dos guardias armados con ballestas le cortaron el paso, asqueados por su aspecto andrajoso.

—Atrás. Aquí solo se mueve plata, no oraciones —bramó el centinela, cubriéndose la nariz y la boca con el antebrazo.

Muscho no se encogió. Se enderezó, recuperando la prestancia del hombre que parlamentaba de igual a igual con los reyes.

Metió la mano en el forro rasgado de su sayo y extrajo un pergamino pequeño, arrugado y manchado de lodo, sellado con una marca de cera verde y una firma en tinta invisible que solo los cambistas sabían revelar al calor del fuego.

—Llevad esto a vuestro maestro, messer Di Negro —ordenó Muscho con una autoridad que hizo titubear a los soldados—. Decidle que Muscho de Środa está en su portón, y que las deudas de Flandes han venido a cobrarse.

Diez minutos después, las puertas del palacio se abrieron de par en par. El banquero genovés en persona salió a recibir al prófugo.

La transformación radical se obró en la penumbra del aposento privado que el banquero italiano había dispuesto para ellos en su palacio de la Plaza de San Giorgio.

El sastre genovés había trabajado a contrarreloj, intimidado por las monedas de oro que Paolo Di Negro había puesto sobre la mesa en nombre del misterioso extranjero de Silesia.

Merklin, ya limpio de la mugre de los Alpes, observaba la escena desde un rincón de la estancia.

Su corazón, que durante semanas había latido con el temor constante a ser descubiertos y linchados, comenzó a aquietarse, reemplazado el miedo por una fascinación que le cortaba el aliento.

Vio a su padre despojarse del sayo de arpillera deshilachado, esa piel de mendigo que los había salvado en los desfiladeros del Tirol.

En su lugar, lo contempló enderezar la espalda y permitir que el artesano le vistiera con una túnica de paño fino de Flandes de un azul tan oscuro como la noche, ceñida con un cinturón de cuero flexible y una hebilla de plata labrada.

Sobre sus hombros, el sastre colocó una pesada capa de lana forrada en marta que le devolvió instantáneamente el empaque de los días de gloria en Środa .

Cuando Muscho se calzó las nuevas botas de montar y se colocó el anillo con el sello de su casa —que Di Negro había mandado limpiar del lodo del camino—, el padre al que Merklin había intentado proteger con su propio cuerpo desapareció por completo.

Merklin se miró a sí mismo, vistiendo ropas similares, sintiendo el tacto de la lana limpia sobre su piel. Se aproximó a su padre a paso lento, con un nudo de profunda admiración en la garganta.

—Padre… —susurró el joven, con una voz en la que ya no quedaba rastro de las lágrimas de los Sudetes, sino un respeto que rayaba en la devoción—.

Hace solo unas horas tiritábamos bajo la lluvia fina en una zanja de drenaje, escondiéndonos de hombres con guadañas.

Y ahora… los hombres más poderosos de esta república se inclinan ante ti como si fueras el propio Dogo de Génova.

Muscho se giró hacia su heredero. El rostro del banquero, surcado por las líneas del cansancio, se suavizó al contemplar el orgullo que brillaba en los ojos del muchacho. Le asentó una mano callosa sobre el hombro.

—Te lo dije en la montaña, Merklin, pero hoy lo has constatado con tus propios ojos —respondió Muscho con voz pausada—.

Los reyes gobiernan con el miedo a sus espadas, pero las espadas se oxidan y los reinos caen cuando se quedan sin dinero.

Nuestra fuerza no reside en los muros de un castillo que un monarca te puede arrebatar con una cédula real.

Nuestra fuerza viaja aquí dentro —dijo, tocándose la frente— y en la confianza mutua de nuestra gente.

Mientras tu mente mantenga la frialdad de las matemáticas y la firmeza de tu palabra, nunca serás un mendigo, aunque vistas con harapos.

Merklin asentía con gravedad, grabando cada palabra en su memoria como si fuera un mandamiento sagrado.

En ese instante, en la majestuosa habitación de Génova, cesó el miedo de la infancia.

El joven Merklin comprendió el verdadero oficio de su estirpe: ellos no eran simples prestamistas; eran los arquitectos invisibles que movían los hilos del mundo.

Un respeto sin límites hacia su padre selló su carácter para siempre; ya no era solo su progenitor, era el maestro al que imitaría el resto de sus días.

Al amanecer del día siguiente, la comitiva estaba lista en el patio de armas del palacio.

Paolo Di Negro no solo había liquidado parte de la deuda acumulada en oro físico para los gastos del viaje, sino que había provisto a Muscho con dos soberbios caballos andaluces, de pelaje brillante y nervio firme, traídos a Génova por los mercaderes del mar; las fieles mulas de la montaña quedarían en los establos de la banca.

A su lado, cuatro experimentados hombres de armas a caballo, contratados por la firma genovesa, aguardaban con las cotas de malla relucientes bajo el sol de Liguria.

Di Negro había dispuesto para ellos dos pasajes en una galera mercante de tres palos armada con treinta ballesteros para repeler a los piratas aragoneses.

El bajel zarparía de inmediato, aprovechando el viento de tramontana; cruzaría el mar de Liguria y rodearía la costa del sur de Francia sin tocar puerto para evitar el contagio de la plaga, desembarcándolos en catorce días de navegación en el próspero puerto de Valencia.

Desde allí, la escolta a caballo emprendería el tramo final a través de la Meseta.

Al momento de la despedida, Di Negro estrechó la mano de Muscho con solemnidad y le entregó un pliego de pergaminos sellados con su escudo de armas.

—Estas cartas os abrirán las postas de los caminos y os garantizarán paso libre en las fronteras de Hispania, don Muscho —declaró el noble italiano—.

Mis cambiadores ya han enviado una misiva urgente por vía marítima hacia Toledo.

Don Samuel ha-Leví sabrá de vuestra llegada antes de que vuestros caballos pisen el Reino de Castilla.

Muscho guardó los salvoconductos en su jubón, justo al lado del zafiro que descansaba oculto y silencioso contra su pecho.

Montó en su caballo con una agilidad que Merklin había echado en falta durante las penurias de la montaña, tomó las riendas y miró por última vez las altas torres de la amurallada república.

—Vuestra casa recibirá sus dividendos en las plazas de Flandes, messer Di Negro. Mi palabra es ley —sentenció el silesiano.

Y, con un firme gesto de la mano, dio la orden de partida.