El trato (El manuscrito 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

El paso a Lombardía

L as estribaciones meridionales de los Alpes se abrieron finalmente ante ellos, desvelando la inmensidad de la llanura padana envuelta en una calina otoñal.

Tras dejar atrás el riguroso portazgo del Tirol, el descenso hacia Lombardía supuso un alivio para los cuerpos maltrechos de los romeros, pero un redoble de tambores para su constante estado de alerta.

Aquella llanura no era un territorio pacificado; constituía un tablero de ajedrez donde los Visconti de Milán extendían sus garras frente a las comunas rivales y las huestes mercenarias que se vendían al mejor postor.

Guiando a sus cansadas acémilas, Muscho y Merklin avanzaban por los senderos secundarios que bordeaban el río Po, evitando las calzadas principales donde los capitanes de ventura apostaban a sus ballesteros.

El paisaje silesiano de bosques densos y llanuras frías había quedado sepultado en el norte; en su lugar, Lombardía los recibía con tierras de labranza agostadas, viñedos descuidados y el humo distante de alquerías incendiadas por las escaramuzas feudales.

Bajo la saya de lana de Muscho, el zafiro de la Santa Espina continuaba ejerciendo su presión constante.

El calor que desprendía la gema, lejos de mitigarse con el cambio de clima, parecía haberse estabilizado, latiendo al compás de los pulsos del propio banquero.

Muscho ya no intentaba buscarle una explicación puramente física en la intimidad de sus pensamientos; comenzaba a aceptar que el artefacto poseía una naturaleza singular, un peso que trascendía la tasación de cualquier orfebre veneciano.

Al caer la tarde de la tercera jornada en suelo lombardo, las altas torres de ladrillo rojo de una villa fortificada se recortaron contra el horizonte ensangrentado.

Al aproximarse al foso, advirtieron que las puertas no estaban custodiadas por villanos armados con guadañas como en Silesia, sino por infantes profesionales que portaban el escudo de la serpiente devorando a un hombre: las armas de los Visconti.

—Mantén la cabeza baja, Merklin —susurró Muscho, afianzando los dedos en su tosco bordón de caminante—.

En estas tierras, los hombres de armas no temen a los milagros; temen únicamente al acero de sus rivales o al oro de sus amos.

Muestra vuestra concha de Santiago y camina con el paso vacilante de quien solo anhela un jergón de paja.

El capitán de la guardia, un piamontés de rostro surcado por una vieja cicatriz de lanza, interceptó a los viajeros en el puente levadizo. Su mirada analítica barrió los hábitos sucios de los romeros con un desprecio rutinario.

—Dos penitentes del norte —escupió el oficial, barajando un dado de hueso entre sus dedos de hierro—. Venís de las tierras del Imperio, donde dicen que la pestilencia está barriendo los feudos del Rin. ¿Traéis el mal en vuestras sayas, mendigos?

—Solo traemos fe y polvo del camino, mi señor —declaró Muscho, modulando su voz con una mansedumbre perfecta mientras inclinaba el torso—. Viajamos al extremo de Hispania a cumplir un voto sagrado. Rogamos que nos permitáis pasar la noche al abrigo de vuestros muros.

El capitán se aproximó, extendiendo el pomo de su daga para alzar el ala del sombrero de Muscho. El banquero contuvo el aliento, temiendo que la agudeza del militar descubriera el forro reforzado de su jubón donde custodiaba las letras de cambio que valían un imperio.

El hombre los examinó como si fuesen unas hormigas cuidándose de no tocarlos con las manos y después de un momento que a Muscho le pareció una eternidad los conminó a seguir adelante.

—Tengo orden de no recibir peregrinos, romero. Seguid vuestros pasos y rezad por nosotros, para que esta horrible peste termine.

—Así lo haremos, mi señor, que Dios sea con vos.

Padre e hijo siguieron su camino, esta vez apartándose lo más posible de las zonas pobladas.

Horas después, con pasos vacilantes llegaron a un terreno escarpado.

El viento del norte, que hasta entonces había sido un silbido distante entre los desfiladeros, se convirtió en un rugido pesado al alcanzar la cresta de la Bocchetta .

El aire se volvió blanco, denso, impregnado con ese olor a piedra mojada y azufre que precede a las tormentas de los Apeninos.

Muscho tiró de la brida de su mula, obligando a su hijo a pegarse contra la pared de roca caliza.

El muchacho tiritaba bajo la esclavina de peregrino, con las manos entumecidas aferradas al rústico bordón.

—Padre... —susurró el chico, señalando hacia el fondo del valle.

A menos de medio tiro de ballesta, descendiendo por el sendero principal, el tintineo de las herraduras contra la roca rompió el ritmo del viento.

Tres jinetes emergieron de la penumbra. Llevaban los capuces de cuero calados hasta las cejas, pero las sobrevestes de lana gris revelaban el destello metálico de las cotas de malla y, pintada en los pechos, la silueta sinuosa del Biscione , la víbora de los Visconti.

Era una patrulla de aduanas. No serían tan benévolos como el guardia del puente.

Si los registraban, el engaño de los hábitos de romero caería al primer examen: se trataba de hombres sin salvoconducto, con acémilas y rasgos ajenos a las parroquias de Lombardía.

Muscho llevó la mano diestra al pecho de manera instintiva.

Bajo la lana basta, sus dedos tropezaron con la dureza de la gema, que esta vez se sentía extrañamente fría, casi gélida.

La piedra parecía congelar la punta de sus dedos.

«Solo es un mineral» , se repitió en un destello de terquedad racional.

«Cuarzo o cristal de roca. No piensa, no juzga, no altera las leyes de la materia» .

Entonces, el cielo pareció desplomarse. No fue una lluvia gradual; constituyó un estallido sordo en las cumbres que desató una cortina de granizo salvaje, tan densa que el sendero desapareció en un parpadeo.

Las piedras de hielo, del tamaño de nueces, golpeaban los canchales con una fuerza inusitada, levantando una neblina blanca que redujo la visibilidad a apenas dos codos.

Los caballos de la patrulla relincharon, espantados por el dolor del granizo en los hocicos.

Muscho vio, a través de la masa de aire blanco, cómo el jinete principal tiraba de las riendas con furia, maldiciendo en el dialecto cerrado del Po.

Los soldados, cegados y cubriendo los rostros con los escudos, espolearon a sus monturas para buscar el refugio de los pinos ladera abajo.

Pasaron a escasos metros de donde Muscho y su hijo permanecían inmóviles, como dos estatuas de piedra adosadas a la montaña.

El estrépito de la tormenta ahogó incluso la respiración agitada de las mulas.

En menos de dos minutos, la patrulla había desaparecido, dejando el paso libre.

El muchacho miró a Muscho con los ojos desorbitados por el asombro, buscando una respuesta que solo encontró el silencio de su padre.

El banquero soltó el cabujón bajo su ropa.

Su mente, rápida y analítica, ya calculaba las variables geográficas: las corrientes de aire cálido del mar de Liguria chocando contra el frente frío del norte al alcanzar la altitud de la Bocchetta .

Una condensación súbita; un fenómeno térmico perfectamente explicable.

Sin embargo, mientras tiraba de nuevo de la mula para reanudar la marcha bajo el granizo que empezaba a amainar, un pensamiento molesto anidó en su cabeza: la física explicaba la tormenta, pero no por qué el cielo había decidido romperse exactamente en ese segundo, y no un minuto después.

El tránsito por las tierras de los Visconti era imposible para cualquiera que no fuese nativo del lugar.

Luchino Visconti, el señor de Milán y vicario imperial, gobernaba con firmeza implacable, brutalidad y una soberbia capacidad administrativa.

Era célebre por aplastar conspiraciones con mano de hierro y valerse de una red de espías sumamente eficiente, más aún en una época en la que el fantasma de la Peste Negra rondaba sus dominios.

Muscho y su hijo precisaban hallar una ruta hacia Génova lejos de las zonas pobladas.

Huyendo del granizo y de la hipotermia tras la tormenta, encontraron refugio en una pequeña cueva oculta por la maleza.

El abrigo era poco más que una grieta en la roca viva, camuflada tras una cortina de hiedras empapadas.

Al entrar, el acre olor del sebo rancio, el sudor humano y el vino agrio golpeó su nariz, y Muscho sintió de inmediato el frío metal de una daga contra su garganta.

Se topó rodeado por tres hombres de rostros curtidos y ropas de cuero reforzado con remaches de hierro.

El que parecía el líder, un tipo con una cicatriz que le partía una ceja, presionó el acero a un palmo de su gaznate.

—Los peregrinos no viajan de noche tras una granizada, anciano —gruñó el de la cicatriz, con un dialecto ligur cerrado, áspero como las piedras del río—. Los espías de los Visconti, sí. Decid qué buscáis en la Bocchetta antes de que os abra las fauces .

Muscho no pestañeó. Su mirada se desvió hacia el fondo de la gruta.

Allí, tendido sobre unos fardos de tela basta, un cuarto hombre se retorcía entre gemidos ahogados.

Tenía la pierna izquierda desnuda; la pantorrilla mostraba una hinchazón negruzca y deforme, marcada por dos puntos purulentos de los que manaba un hilo de sangre oscura.

Uno de los hombres le aplicaba sobre la carne una pasta de estiércol y ceniza mientras murmuraba oraciones a San Jorge.

—Buscamos llegar al mar, messer —respondió Muscho, manteniendo la voz firme y usando el pronombre de respeto—. Y vuestro hombre morirá antes de que la luna alcance el cenit si seguís untando la herida con suciedad. El veneno de la víbora cornuda no teme a vuestros santos, pero sí a la gangrena.

El líder frunció el ceño, apretando el pomo de la daga con evidente recelo.

—¿Quién os dice que se trata de una víbora? El hombre está maldito; una sombra maligna lo sopló al cruzar el matorral.

—Es una víbora —intervino el hijo de Muscho con un hilo de voz, aunque se llamó a silencio de inmediato tras recibir una severa mirada de su padre.

—He contemplado esa misma marca en las laderas de Bohemia y en los escarpados valles del Tirol —declaró Muscho, dando un paso al frente a pesar del acero que rozaba su piel—.

He estudiado las artes de Galeno y los textos de la escuela de Salerno.

Soy físico. Si me dejáis actuar, vuestro compañero volverá a caminar; si me matáis, tendréis que cavar una fosa para él antes del amanecer.

Los contrabandistas se miraron entre sí con evidente titubeo. La palabra de un físico —incluso de uno proscrito bajo el sayo de un romero— poseía una autoridad casi mística en aquellos tiempos. El líder retiró apenas la punta de la daga de su garganta.

—Si el hombre muere, vuestro hijo y vos iréis al fondo del barranco con él. Haced vuestro oficio.

Muscho se despojó de la empapada esclavina de peregrino y se arrodilló junto al moribundo. La lógica de su mente comenzó a ordenar los pasos, sopesando las variables materiales con una frialdad que asombró a los proscritos.

—Traedme vino puro o el aguardiente más fuerte que custodiéis —ordenó Muscho con firmeza—. Y poned la hoja de esa daga al fuego hasta que el acero brille como el sol.

Con un trozo de tela arrancado de su propio hábito, Muscho improvisó un torniquete cuatro dedos por encima de la rodilla del paciente. Lo apretó con fuerza valiéndose de un trozo de rama seca.

—Esto detendrá el viaje de la ponzoña hacia el corazón —explicó, más para sí mismo que para los hombres que lo observaban con sospecha—, pero es preciso aflojar el nudo cada tiempo que toma rezar un credo, o la carne perecerá por falta de espíritu vital.

Cuando le entregaron la daga al rojo vivo, el aire de la gruta se inundó con el olor acre de la carne chamuscada.

Muscho realizó una incisión limpia en forma de cruz sobre las marcas de los colmillos.

El herido soltó un alarido salvaje antes de perder el conocimiento, lo que el banquero agradeció internamente; un cuerpo inmóvil resultaba mucho más fácil de tratar.

Con una caña hueca que guardaba prevenida en su bolsa de viaje, succionó la sangre envenenada, escupiéndola de inmediato al suelo y enjuagándose las fauces con el vino agrio que le habían tendido.

—Muchacho —dijo Muscho a su hijo, sin levantar la vista—, sal fuera. Busca entre las rocas donde golpeó el granizo; cerca de las raíces húmedas brota la aristoloquia, la hierba de la víbora. Trae las hojas de inmediato.

Mientras el chico salía corriendo hacia la tormenta, Muscho lavó la herida con el vino.

El calor del fuego y la acidez del líquido limpiarían los humores corruptos de la carne.

Sentía el sudor corriéndole por la frente.

En el esfuerzo, su mano rozó el cabujón oculto bajo su túnica, que ahora volvía a pulsar con un calor intenso debido a la atmósfera confinada de la cueva.

«Es solo medicina empírica» , se recordó de forma estricta mientras machacaba las hojas que su hijo acababa de traer para aplicarlas como cataplasma.

«Causa y efecto. Las plantas contrarrestan la ponzoña; el fuego destruye la infección.

No hay milagro alguno en que un hombre sane si se emplean las herramientas correctas» .

Dos horas más tarde, la respiración del contrabandista se había vuelto pausada y la fiebre comenzaba a remitir. El líder de los bandidos se aproximó, observando el semblante ahora pacífico de su hermano. Miró a Muscho con una mezcla de temor reverencial y profunda gratitud.

—Habéis salvado a mi sangre, maese —declaró el hombre, guardando definitivamente la daga en su vaina—. Ningún infante de los Visconti conoce los senderos que pisaremos mañana. Os pondremos en los muelles de Génova antes de que termine el día, os lo juro por mi alma.

Muscho asintió en silencio, limpiándose las manos ensangrentadas.

La física y la botánica habían funcionado a la perfección.

Sin embargo, mientras miraba hacia la entrada de la gruta, donde la tormenta finalmente se disipaba para desvelar la fría luz de las estrellas, una pregunta matemática continuaba molestando su intelecto: ¿cuántas probabilidades reales había de que un físico judío prófugo se topara, en mitad de la noche y en una cordillera de miles de leguas, exactamente con el único grupo de hombres capaces de burlar las aduanas de Milán, justo en el instante en que más necesitaban un médico?

La probabilidad era casi cero. Y eso, para la mente analítica del cabalista, constituía el misterio más aterrador de todos.