Capítulo 33
D espués de escuchar el último párrafo en el manuscrito, Nicholas quedó en silencio. Una quietud acompañada por Dante que no acertaba a emitir palabra. ¿Realmente él era descendiente de aquel soberano medieval, el emperador Carlos IV?
Nicholas lo miró con renovada admiración. Su amigo no solo era inmortal. También era el heredero de Carlos IV. A miles de pies de altura solo se escuchaba el murmullo de los motores mientras los cerebros de ambos entretejían, ordenaban y trataban de asimilar todo lo que habían leído.
—Muscho Merklin está en Roma esperando para reclamar la deuda —se atrevió a señalar Nicholas.
—A cambio de mi mortalidad. Es la única manera que tengo de ser normal, Nicholas, ¿sabes qué significa eso? Seré mortal como cualquier hijo de vecino, y tan pobre que ni tú querrás seguir siendo mi amigo.
Se sintió el leve cabeceo del avión cuando comenzó a perder altitud.
—Dentro de unos minutos estaremos aterrizando en Ciampino —anunció el capitán por el intercomunicador.
La luz de abrocharse los cinturones los devolvió a la cotidianidad.
—Creo que tengo mucho en qué pensar antes de reunirme con Muscho Merklin —afirmó Dante. Lo último lo había dejado en estado de conmoción .
Ya en tierra, Dante y Nicholas iban en dirección a Villa Contini en un silencio cargado de preguntas que no se atrevían a hacerse. Dante tenía grabada a fuego la frase que el manuscrito había escrito en el castillo de Raby:
Buscáis el truco del mago, pero el rey pagó con la moneda del comerciante judío.
Volved al hogar, deudores.
En ese momento comprendía la tragedia a la que estaba atada su vida.
¿Acaso era él responsable de lo que había hecho o dejado de hacer Carlos IV?
¿Con qué derecho venía Muscho Merklin a reclamarle algo que había sucedido hacía más de seiscientos años?
Sin embargo, al mismo tiempo, sabía que indefectiblemente tendría que enfrentar esa realidad. ¿Deseaba dejar de ser inmortal?
La pregunta quedó en el aire en su mente sin que se atreviera a responderla. De pronto notó que estaban entrando a Villa Contini. ¿El tiempo había volado o eran ideas suyas?
Cuando el anciano Quentin los vio entrar se fijó en el aspecto desgastado y cansado que presentaban.
Al ver la gestualidad de Dante no se atrevió a preguntarle qué sucedía.
Solo los saludó y se retiró sin esperar respuesta.
Cada uno se dirigió a su habitación. Dante se sentó en uno de los sillones del salón de su alcoba y se cubrió el rostro con las manos, las pasó por los cabellos alisándolos y se quedó mirando el cielo raso. ¿Qué hacer?
Nicholas entró a su cuarto y fue directo al baño quitándose la ropa en el camino.
Se sentía sucio y pegajoso con el polvo del castillo de Raby.
Y confundido. Pensó que tal vez una buena ducha aclararía sus ideas.
Estuvo un buen rato disfrutando del agua sobre su rostro hasta que consideró que era el momento de encarar la situación.
Salió del baño mientras secaba su cuerpo y su mente empezaba a trabajar.
¿Quién era realmente Muscho? ¿Era real? Podría ser un estafador.
Pero de inmediato desechó la idea al recordar el manuscrito con la última frase en el castillo de Raby.
Después de vestirse fue a la alcoba de Dante con el infaltable manuscrito, tocó y entró. Lo encontró todavía en el sillón, inerme, mirando hacia arriba.
—Escucha, Dante. Desde que el hijo de Isabella y Carlos nació en Italia en 1356 hasta tu nacimiento en 1974, tu estirpe avanzó en las sombras, de primogénito en primogénito, a lo largo de veintiuna generaciones de hombres mortales...
hasta que llegó tu padre. Tú eres el heredero número veintidós, Dante.
El número veintidós de la profecía de Muscho.
Solo tenemos que averiguar por qué tardaron tanto en reclamar la fortuna.
¿Acaso no pudieron hacérselo a tu padre?
Dante lo miró como si viera a un extraterrestre.
—¿Y acaso no te das cuenta de que el inmortal soy yo? ¡Es a mí a quien cobrará la deuda porque soy yo el que recibió la maldición!
De repente, Nicholas encendió la pantalla de su teléfono. Sus dedos se movieron con rapidez sobre la aplicación de la calculadora, y luego se quedó mirando fijamente la pantalla, atónito .
—Dante… mira esto —dijo Nicholas, rompiendo la densa atmósfera.
—¿Qué pasa? —preguntó Dante con la mente todavía abrumada.
—Acabo de hacer la cuenta exacta. El manuscrito dice que el hijo secreto de Carlos IV nació en 1356. Y tú naciste en 1974. ¿Sabes cuántos años exactos pasaron entre un nacimiento y el otro?
Dante encogió los hombros, sumido en su estupor.
—Seiscientos dieciocho años —sentenció Nicholas, volteando la pantalla hacia él—. Seiscientos dieciocho. Para cualquier persona normal sería una cifra al azar, pero tu padre era un científico obsesionado con las leyes de la naturaleza, y Muscho era un cabalista que medía el universo con números.
—¿Qué estás queriendo decir, Nicholas?
—Que el seiscientos dieciocho es la clave de todo.
En las matemáticas del universo, el número 0.
618 es la proporción divina, el número áureo que dicta la forma de las galaxias y la estructura de la vida misma.
Los antiguos místicos creían que es el código que Dios usó para crear la materia.
Pero hay algo más: en la mística hebrea, la gematría [36] del número seiscientos dieciocho es el número del asam , el almacén celestial donde el Altísimo guarda las deudas de sangre que no han sido saldadas a través de los siglos.
—Nicholas guardó el teléfono, mirando a su amigo con una mezcla de fascinación y temor reverente—.
Tu nacimiento no fue una casualidad temporal, Dante.
Tu padre creía que estaba haciendo un experimento de laboratorio, pero en realidad estaba activando un engranaje cósmico.
Te volviste inmortal exactamente a los seiscientos dieciocho años del inicio de la deuda.
El destino cerró la proporción matemática de la profecía en ti.
—Ahora comprendo muchas cosas, Nicholas.
El chino al que conocí en el Palacio Borghese que, según dijo, iba en representación de Muscho Merklin porque él no podía asistir, me entregó las credenciales del judío.
—Dante fue hacia su escritorio y abrió una de las carpetas que estaban sobre el tapete—.
Lee esto: Es un banquero que tiene una firma de gestión de activos digitales en Zúrich; una multi-family office en Ginebra; una empresa de capital de riesgo en Tel Aviv y una financiera de comercio marítimo en Londres, además de otros negocios no menos importantes.
—No entiendo cómo pudiste pasar por alto ese detalle.
—Porque en ese momento yo pensaba que simplemente el judío quería comprar alguna de mis empresas.
No estaba preparado para todo esto —señaló el manuscrito—.
Esa oficina maneja —señaló Dante a la multi-family office — la vida financiera de tres o cuatro de las familias más ricas del mundo.
El judío controla sus herencias, compra sus mansiones, sus aviones privados y sus obras de arte.
Esto le da un poder inmenso: sabe los secretos más oscuros de la élite mundial. Y ahora me tiene en el punto de mira.
Sentado en el sofá, sucio y desaliñado, Dante no parecía tener intenciones de tomar una decisión. Aquella maldita gematría lo había descolocado. Se sintió el ser más infeliz.
Nicholas levantó la mirada del papel, tratando de asimilar lo que acababa de descubrir. Muscho, la Espina de Cristo dentro de un zafiro, los 618 años transcurridos a partir del nacimiento del descendiente de Carlos IV… Algo se le escapaba y no sabía qué.
Pasó a la siguiente página del manuscrito y estaba en blanco. Parecía que había dicho todo lo que tenía que decir.
Y así fue.
Salió de la habitación de Dante, comprendía que su amigo deseaba estar solo.