Capítulo 23 #3
E para que esto sea firme e non venga en duda ni contradicción alguna, mandamos facer esta carta sellada con el Nuestro Sello de plomo e cera colgada, e firmada por la Nuestra mano e por el Nuestro Canciller .
Fecho e otorgado en el Nuestro Palacio Real, a los doce días del mes de mayo, del año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil e trescientos e cuarenta e ocho años.
Carolus quartus divina favente clementia Romanorum rex semper augustus
et Boemie rex
Johannes de Novoforo, Cancellarius
Muscho de Środa, manu propia
El pergamino ya había sido firmado. El escribano, el canciller y los guardias se habían retirado de la cámara.
—Acepto los intereses y la exención de tributos para vuestra gente —declaró el rey—.
Carlos se levantó, caminó hacia un pesado cofre de hierro reforzado en la esquina de la habitación y lo abrió con una llave que llevaba colgada al cuello.
De su interior extrajo un estuche de cuero forrado en terciopelo rojo.
En la intimidad del despacho, solo iluminado por el fuego de la chimenea, el monarca tomó la hermosa pieza y se la entregó a Muscho.
—Aquí tenéis el aval—. Al abrir el estuche, la tenue luz de las velas se reflejó en docenas de piedras preciosas.
Era una corona de oro macizo, adornada con zafiros, rubíes y perlas orientales: la diadema nupcial de Blanca de Valois, la amada esposa del rey.
Muscho se puso en pie por respeto y observó la joya. Como experto en tasación, se acercó y, con la venia del soberano, examinó la pureza del metal y el engaste de las gemas. Luego, se la devolvió con parsimonia.
—Es una obra de arte digna de un césar, mi Señor —admitió Muscho, con un tono en el que se mezclaba la admiración artística y el frío cálculo comercial—.
Su valor político podría cubrir los treinta mil florines, mas no así su valor material.
Con todo, mis socios quedarán satisfechos.
La corona descansará en un lugar secreto y seguro en Środa hasta que la última moneda del préstamo, junto con los intereses, regrese a mis manos.
Carlos alargó la mano y Muscho se la estrechó, sellando el trato más importante y peligroso de su vida.
—En la gema principal —susurró el monarca, señalando el gran zafiro que coronaba el centro de la joya— está engastada la verdadera Espina de Cristo.
Si yo cumplo lo pactado, la diadema vuelve a Praga.
Si yo muero o mi reino quiebra, la corona es vuestra para fundirla o venderla a los príncipes de Europa.
Aquí tenéis vuestra garantía, Muscho. Treinta mil florines de oro valen una corona.
Muscho recibió el estuche, sosteniendo con orgullo la mirada del monarca y, con una voz que pareció emerger de tiempos antiguos, sentenció :
—Mi señor, un rey puede engañar a sus príncipes y comprar a sus obispos con diplomacia.
Pero la palabra empeñada a un judío no es un asunto entre hombres; es un pacto ante el Altísimo.
—Carlos IV frunció el ceño, molesto por la osadía, pero el hebreo continuó con una calma que helaba la sangre, estrechando el estuche contra su pecho—: Vos me llamáis «médico» para ocultar vuestras deudas.
Pues escuchad el diagnóstico de este médico: esta corona con la Espina de Cristo es el alma de vuestro reino.
Si rompéis vuestra palabra, si decidís traicionar el pleito para no pagar vuestra deuda, no seré yo quien os busque.
La tierra misma se pudrirá bajo vuestros pies.
Una enfermedad que ningún físico podrá curar barrerá vuestras ciudades y el llanto de vuestro pueblo os recordará el precio de una promesa rota.
El rey se quedó helado, creyendo atisbar una amenaza física, pero solo encontró en las pupilas de Muscho una terrible profecía.
La tensión se rompió cuando el prestamista guardó el cofre dentro de su escarcela de terciopelo e hizo una reverencia impecable.
Dio la vuelta y abandonó el gabinete. A partir de ese día, Carlos no pudo apartar aquellas palabras de su mente.
Aunque las leyes de la fe hebrea prohibían estrictamente la realización de rituales mágicos, el derecho medieval amparaba el concepto de la garantía personal extendida.
Si el deudor de la Corona quebrantaba el plazo fijado en la cédula real, el acreedor adquiría un derecho implícito sobre los bienes e incluso sobre la descendencia del deudor mediante la subrogación de las arras.
Aquella prerrogativa otorgaba a Muscho un aval doble, pues se llevaba consigo el objeto que custodiaba la Santa Espina.
En realidad, poco le importaba a Muscho la veracidad de la reliquia cristiana; su fe era otra.
Sabía, con el pragmatismo inherente a su oficio, que el verdadero valor de aquella joya no residía en los milagros del madero, sino en el terror reverencial que inspiraba en el corazón del propio rey la sola idea de perderla.
Y no se equivocaba. Carlos había depositado en esa corona toda la fe que su educación religiosa le había infundido: creía firmemente que la Santa Espina protegería por siempre la salud de su esposa.
Y acababa de comerciar con ella.