Capítulo 24
El Regreso a Silesia
T ras despedirse del canciller Jan de Streda en los límites del ducado, Muscho completó el último tramo del viaje de regreso a Silesia sin la escolta de Praga, ansioso por no levantar sospechas en su villa.
En el camino, al cruzar los desfiladeros de los Sudetes, volvió a toparse con el barón von Krossen, ya convertido en un viejo conocido.
Al avistar al viajero, el terrateniente espoleó su montura para ponerse a la altura de su caballo.
—¿Habéis podido sanar a vuestro enfermo, físico? —preguntó de buen grado el noble.
—Así es, mi señor. Por ese motivo emprendo el regreso a mi hogar.
—Veo que cabalgáis sin escolta alguna.
—Un humilde físico como yo no puede permitirse sufragar una guardia armada —respondió el hebreo con adusta cortesía—; con todo, si me lo permitís, me complacería compartir con vos una parte de mis honorarios.
Muscho extrajo un florín de oro de una pequeña escarcela de arpillera que ya portaba prevenida en el cinto. Al igual que en la ida, su mente financiera ya planeaba anotar aquella pieza en la cuenta de la deuda del monarca.
—Mis gracias, mi estimado amigo. Que el Altísimo os guarde en el sendero. Si alguna vez volvéis a transitar por estos suelos, contad con mi amparo .
—Lo tendré muy en cuenta, barón.
El banquero inclinó la cabeza en un cortés saludo desde la silla de montar, midiendo con la mirada a aquel noble venido a menos.
Sin más contratiempos, Muscho arribó a Środa tras varias jornadas de marcha, habiendo exhibido el salvoconducto provisto del sello del rey en dos o tres portazgos fronterizos para que los guardias le franquearan el paso sin demoras.
Una vez en su residencia, tras descalzarse las pesadas botas de cuero, ordenó a un sirviente que le aparejara un baño caliente.
Anhelaba limpiar su cuerpo de la densa tierra del camino y, sobre todo, purificar su alma del trato vinculante que acababa de contraer con Carlos IV.
Ocultó el estuche de la joya real en el doble fondo de un arcón de roble y, tras tomar el baño y sus frugales alimentos, se encerró en su cámara privada.
Junto a él aguardaba su hijo Merklin, quien, maravillado por el brillo que emergía de la madera, inquirió en un susurro:
—¿De quién es esa corona, padre?
—Es la diadema nupcial de la esposa del rey, Doña Blanca de Valois —sentenció Muscho con gravedad—. Debo realizar ciertas alteraciones antes de ponerla a buen recaudo. ¡Echa el cerrojo a la puerta!
El grueso pasador de hierro de la habitación se deslizó hasta encajar con un golpe sordo.
Afuera, el gélido viento silesiano sacudía las contraventanas de madera; adentro, el único sonido era la respiración agitada y superficial del banquero.
Sobre la mesa reposaba la corona. Bajo el tenue resplandor de la lámpara de aceite, las siete águilas doradas parecían mirarlo fijamente con ojos acusadores.
Muscho contempló sus manos ligeramente temblorosas, no por el frío, sino por la extrema gravedad de lo que estaba a punto de ejecutar.
Era un hombre de finanzas, un calculador que vivía de libros de contabilidad, contratos y una confianza matemáticamente absoluta.
Alterar una prenda de la Corona constituía un delito de alta traición; profanar una reliquia del Salvador cristiano equivalía a firmar su propia sentencia a la horca.
Perdóname, Adonai , suplicó en la intimidad de la alcoba, mientras abría un estuche de terciopelo que custodiaba herramientas de orfebrería especializadas de las factorías alemanas: un fino cincel, unas delicadas pinzas de latón y una lupa de aumento.
Pero la promesa de un rey se escribe con tinta que se desvanece, y la fe de un cristiano solo arde con fuerza cuando el agua le llega al cuello.
Preciso de una garantía real que no pueda ser confiscada por un ejército .
Se inclinó sobre la diadema, concentrando toda su atención en el gran zafiro en cabujón incrustado en la unión floral central, justo debajo del águila imperial.
Muscho dominaba el arte de los metales y conocía el secreto de su peso.
Sabía que las garras de oro que sujetaban aquella gema en particular eran excepcionalmente profundas, ocultando en un núcleo hueco y hermético el artefacto más codiciado de la cristiandad: la Santa Espina .
Con una lentitud minuciosa y agonizante, Muscho presionó la punta del cincel contra la primera garra de oro.
El leve crujido del metal resonó como un trueno en su conciencia.
Se quedó inmóvil, aguzando el oído ante cualquier presencia ajena en los corredores, pero solo percibió el latido acelerado de su propio pulso y la respiración entrecortada de Merklin.
Uno a uno, enderezó con sumo cuidado los engastes de oro puro de veinticuatro quilates.
Finalmente, con las pinzas de latón, extrajo el zafiro azul profundo de su pedestal y lo elevó para inspeccionarlo a contraluz ante la llama.
En la diminuta cavidad oculta yacía la frágil, oscura y calcificada astilla de madera.
La verdadera y única Espina de Cristo, tal y como había jurado el monarca.
Muscho tragó saliva con dificultad. Abrió un pequeño cofre de caudales y eligió, entre un centenar de piedras preciosas, otro zafiro de idéntico peso y destello, adquirido a un mercader veneciano un año atrás sin sospechar que acabaría engastado en una pieza real.
Con una rapidez y destreza asombrosas, encajó la nueva gema en el pedestal de la corona.
Tomó sus alicates y, con pulso firme, volvió a doblar las garras de oro en su sitio, alisando el metal con el bruñidor hasta que, a simple vista, el conjunto luciera impecable.
La corona seguía brillando con idéntica majestuosidad. La falsificación era perfecta.
Tomó el zafiro original que contenía la Espina y lo deslizó en una bolsa oculta de doble costura, cosida directamente al forro interior de su túnica de lino, justo contra su pecho.
Extrañamente, sintió la gema caliente; dedujo de inmediato que aquel calor inusual debía de ser consecuencia de la prolongada manipulación a la que la había sometido bajo el cincel.
Al contemplar la corona modificada sobre la mesa, Muscho experimentó un sombrío alivio.
Si los campesinos se rebelaban o si Carlos IV se revolvía contra sus acreedores, el oro y las joyas de la diadema podrían enterrarse bajo el suelo para satisfacer la codicia de futuros saqueadores; pero el verdadero poder —el control absoluto sobre el soberano— ahora residía pegado a su propio corazón.
Guardó las herramientas de orfebre en su estuche de terciopelo con el mismo cuidado metódico con el que las había extraído.
El zafiro verdadero, encajado contra su pecho, parecía pulsar con un calor insólito a través del lino de su túnica.
Cogió el cofre que custodiaba la pesada corona alterada entre sus manos y se dirigió hacia la esquina más apartada de su estudio.
Allí, un denso tapiz de lana flamenca colgaba hasta el suelo, cumpliendo la doble función de aislar la estancia del gélido viento silesiano y ocultar el mayor secreto de la casa.
Con un movimiento fluido, apartó el tejido.
La luz de la lámpara de aceite recortó las sombras sobre el pavimento, revestido con costosas losetas de terracota rojiza.
Aquella arcilla cocida, traída expresamente de los hornos del sur, constituía un lujo que solo un banquero de su posición podía sufragar.
En Silesia, el vulgo caminaba en sus hogares sobre simples tablas o tierra batida, mientras que aquellas piezas cerámicas hacían de su suelo una declaración de estatus y, al mismo tiempo, el camuflaje perfecto.
Se arrodilló, permitiendo que sus dedos recorrieran las juntas de mortero con una familiaridad ciega.
El dibujo geométrico del pavimento parecía continuo e ininterrumpido a simple vista, pero Muscho conocía cada imperfección del relieve.
Sus yemas se detuvieron en una pequeña muesca, un defecto apenas perceptible en el borde de una de las baldosas que simulaba el desgaste natural del tiempo.
Desenvainó el fino estilete de hierro que siempre portaba al cinto.
Introdujo la punta en la hendidura y, aplicando una presión firme y vertical, accionó el resorte oculto.
Un chasquido sordo, un golpe metálico y limpio, resonó en la penumbra de la habitación.
Las finísimas líneas de unión —que Muscho mantenía siempre cubiertas con una imperceptible capa de ceniza y polvo para sellar los cortes— se separaron.
Ayudándose del propio estilete, tiró hacia arriba.
Una sección perfectamente ensamblada de seis losetas, montada sobre un bastidor de hierro forjado por un herrero de confianza que ya descansaba bajo tierra, se elevó en un ángulo exacto.
Las bisagras, meticulosamente engrasadas con manteca, no emitieron el menor quejido.
Una bocanada de aire denso, helado y cargado con el olor rancio de la humedad y el encierro le golpeó el rostro.
Era la boca de la cripta que descendía hacia las entrañas de la propiedad.
Muscho depositó con firmeza el estuche de la corona en la negrura, justo al lado de los cofres de reserva.
Al salir, dejó caer la pesada trampilla, cuyo bastidor volvió a sellar las losetas con un sordo suspiro de vacío, y con la punta de la bota esparció ceniza y polvo sobre las rendijas.
El suelo volvía a ser perfecto. La corona esperaría en aquella cripta, bajo la terracota, el curso de los siglos.
En el instante en que Muscho estampó su rúbrica en la cédula real, aquel pergamino redactado en presencia del rey Carlos IV y del canciller Jan de Streda se transformó legalmente en los treinta mil florines de oro.
Bajo los estrictos códigos del derecho financiero medieval, el instrumento operaba con la fuerza de una letra de cambio.
El banquero asumía la responsabilidad incondicional de que sus corresponsales y socios comerciales —desde los influyentes financieros de la Judenstadt de Praga hasta las casas de banca de Toledo, Venecia, Breslavia y Brno— comenzaran a transferir los fondos a las arcas reales en los plazos acordados.
Para Carlos IV, poseer aquel documento firmado por el hebreo equivalía a custodiar el oro físico en su tesorería; sabía bien que la red transnacional de aquel hombre respondería sin la menor dilación.
Y, en efecto, así ocurrió. La palabra y la firma de Muscho eran oro puro.