Capítulo 23
El trato
E l amanecer en Środa apenas logró disipar la densa niebla matutina cuando las herraduras de los caballos comenzaron a resonar contra el pavimento de piedra de la plaza del mercado.
Desde las ventanas de las casas con entramado de madera, algunos vecinos curiosos observaban la escena con una mezcla de recelo y asombro.
No era un día cualquiera: la comitiva real estaba apostada frente a la residencia del banquero.
Era justamente lo que Muscho había intentado evitar, aunque en su fuero interno admitía que habría sido una tarea casi imposible.
Al frente de la escolta aguardaba el canciller Jan de Streda, un hombre de porte severo y mirada calculadora, envuelto en un lujoso manto de paño flamenco. A su alrededor, sus hombres controlaban a sus nerviosos corceles, listos para emprender el regreso a Praga.
La pesada puerta de roble de la residencia se abrió y Muscho emergió a la fría luz de la mañana.
Vestía una sobria pero costosa túnica de lana gris oscuro, ribeteada en los puños con fina piel de marta que delataba su fortuna.
Sobre la cabeza lucía con dignidad el judenhut de fieltro rígido; aquella marca obligatoria de su fe, en su caso, parecía más una corona que un símbolo de sumisión.
De su cinturón de cuero con herrajes de bronce no colgaba una espada, sino una escarcela de terciopelo que custodiaba las cartas de crédito y los pergaminos que sellarían el destino financiero del Imperio.
Un criado aproximó las riendas de su montura, un espléndido palafrén de capa torda, de crines perfectamente cepilladas y ojos inteligentes.
El animal piafó suavemente, agitando las gruesas mantas de viaje que lo protegerían del viento de Silesia.
Muscho, a pesar de sus años y de la rigidez de su profesión, montó con la destreza de quien ha recorrido muchas rutas comerciales.
—Estamos a tiempo, maese Muscho —dijo Jan de Streda, espoleando ligeramente a su montura para colocarse a su lado—. El camino hacia el sur por los pasos de los Sudetes es traicionero y el rey Carlos IV no es un hombre propenso a la paciencia cuando las arcas de Praga están vacías.
—Marchamos al ritmo que dictan los caminos, señor canciller —respondió Muscho con voz calmada, ajustándose los guantes de cuero flexible—. Pero descuidad; mi palafrén es firme y el acero de vuestros hombres mantendrá alejados a los salteadores.
A una señal del canciller, los jinetes se pusieron en marcha.
La comitiva avanzó dejando atrás los muros fortificados de Środa y atravesó la puerta sur de la ciudad.
Ante ellos se abría el gran camino de Silesia, una ruta flanqueada por densos bosques que comenzaba a ascender suavemente hacia las imponentes y brumosas montañas que custodiaban la frontera con el Reino de Bohemia.
Al tercer día de viaje, el grupo avanzaba por un sendero estrecho rodeado de densos pinos.
De repente, los caballos se frenaron en seco: un gran tronco cortaba el paso.
Antes de que los soldados pudieran dar la vuelta, seis hombres armados con ballestas pesadas y lanzas cortas salieron de la maleza.
De inmediato apareció su líder a caballo: el barón von Krossen, un noble menor revestido con una armadura oxidada y descuidada.
Sus tierras eran pobres y sobrevivía cobrando peajes ilegales a los viajeros.
El hombre bloqueó el paso y los observó con desconfianza.
Vio a aquellos viajeros vestidos como mercaderes comunes, pero reparó en que sus caballos eran de demasiada calidad para ser simples comerciantes; tampoco pasaba desapercibida la prestancia del canciller, quien, a pesar de vestir ropas corrientes, no lograba ocultar su rango.
Finalmente, fijó su vista en el hebreo, sobresaliente por su judenhut .
—Los caminos del barón no son gratuitos, forasteros —dijo el caballero ladrón, con una sonrisa burlona—.
Mostrad vuestras mercancías o pagad diez monedas de plata por cabeza para cruzar mi bosque.
Si no tenéis plata, las mazmorras de mi castillo son muy cómodas para aguardar a que vuestras familias paguen un rescate.
Ante la amenaza del barón, Muscho descabalgó y dio un paso al frente con absoluta calma. Ajustó su capa de viajero y habló con voz firme pero sumisa, haciendo gala de un profundo conocimiento de la naturaleza humana:
—Mi señor barón, ruego que disculpéis nuestra premura —dijo Muscho, inclinando respetuosamente la cabeza—.
Soy un médico de Środa y viajo de urgencia hacia Bohemia para atender a un paciente aquejado de una gravedad extrema.
La enfermedad no aguarda. A estos buenos hombres los encontré en el camino de los Sudetes; me permitieron unirme a su comitiva por seguridad contra los lobos y los peligros del bosque.
El barón von Krossen entornó los ojos, visiblemente halagado. Los médicos judíos eran sumamente respetados y codiciados por la nobleza debido a sus avanzados conocimientos científicos.
Aprovechando la distracción, el capitán de la escolta dio un paso adelante y extrajo el pergamino provisto del sello imperial. Lo desplegó ante el barón, asegurándose de que la cera roja con las armas de Carlos IV quedara perfectamente a la vista.
—Nuestra misión responde a un encargo directo de la corte de Praga —declaró con severidad—.
Como podéis ver en este salvoconducto real, el rey Carlos IV ordena libre paso para nosotros y para cualquiera que viaje en nuestra compañía por los senderos del Imperio.
No portamos mercancías, solo despachos reales.
El barón se encontraba atrapado en un dilema.
Sabía que, si arrestaba a los mensajeros oficiales del rey Carlos IV —un gobernante célebre por ser un maestro de la diplomacia y las leyes—, el monarca utilizaría los tribunales imperiales para confiscar sus tierras y terminar de arruinarlo por completo.
Sin embargo, permitir que los viajeros se marcharan sin pagar un solo portazgo lo haría claudicar y quedar como un débil ante sus propios hombres de armas.
Muscho, leyendo la duda y el orgullo herido en el rostro del noble, extrajo una pequeña bolsa de cuero de su cinturón. Se aproximó con cautela y se la ofreció con parsimonia.
—Sé que mantener estos senderos a salvo de los verdaderos bandidos constituye una labor costosa para un noble de vuestro rango, mi señor.
Por favor, aceptad estas diez monedas de plata como una humilde contribución para la manutención de vuestros corceles, en agradecimiento por vuestra hospitalidad y amparo.
El nítido tintineo del metal selló el trato. El barón tomó la bolsa, recuperando la dignidad ante sus siervos al haber obtenido su ansiado peaje.
—El camino adelante está despejado, médico. Que vuestro paciente se recupere y que el rey reciba sus despachos en Praga —dictaminó, haciendo una señal inequívoca a sus subordinados.
Los hombres retiraron el tronco del sendero y la comitiva del canciller reanudó la marcha a galope.
Tras dos jornadas adicionales de viaje sin contratiempos, el grupo cruzó las imponentes murallas de la ciudad y ascendió la colina hasta el Castillo de Praga.
El rey Carlos IV los recibió de inmediato en una pequeña cámara privada, a resguardo de los ojos inquisitivos de la corte.
Tras las reverencias de rigor, el canciller rindió su informe y manifestó al monarca, con todo lujo de detalles, cómo el ingenio de Muscho los había salvado de terminar encadenados en las mazmorras del caballero ladrón.
Carlos IV, quien valoraba la inteligencia y la sutileza política por encima de la fuerza bruta, escuchó el relato con una sonrisa y miró al banquero con renovado respeto.
—Así que un médico de urgencias, ¿eh? —comentó el rey, riendo con suavidad—. Habéis demostrado una astucia singular, Muscho de Środa . El Imperio precisa de hombres capaces de disolver conflictos sin verter una sola gota de sangre.
El prestamista inclinó la cabeza con deferencia y, aprovechando el buen semblante del soberano, decidió poner las cartas sobre la mesa de inmediato, manteniendo una sonrisa impecable.
—Agradezco las generosas palabras de Vuestra Gracia —respondió Muscho con gélida calma—.
Como bien sabéis, la salud es lo primero, y debíamos asegurar que este humilde físico arribara a tiempo para sanar las maltrechas finanzas de la Corona.
Sin embargo, para salvaguardar el honor de vuestro barón y proteger el pellejo de vuestros valientes emisarios, me vi en la necesidad de recetar un remedio que costó diez monedas de plata de mi propio peculio.
—El hebreo hizo una breve pausa y juntó las manos antes de proseguir—.
Sé que el rey de Bohemia es un hombre justo y fiel a su palabra.
Por lo tanto, confío plenamente en que esas diez monedas, junto con el coste del forraje de mis monturas durante el trayecto, se añadirán como un pequeño saldo al contrato principal del préstamo que estamos a punto de concertar...
con su debido interés por el transporte, por descontado.
Carlos soltó una carcajada, encantado de que el banquero fuese tan directo y no temiera cobrarle al hombre más poderoso del reino.
—Justo lo que esperaba de un hombre de finanzas —dijo el monarca, haciendo una señal inequívoca a su escribano—. Anota eso en el borrador: que sean doce monedas, incluyendo las molestias de los caballos. Ahora, sentémonos, Muscho. Hablemos de los cofres de oro que preciso.