Capítulo 18
El Pacto en las Sombras
L a noche en Aviñón era sofocante, pero los muros de piedra del Palacio de los Papas retenían un frío sepulcral.
Carlos avanzaba en silencio por la galería privada, guiado únicamente por el parpadeo de las antorchas.
Se había despojado de los emblemas oficiales; en territorio pontificio, las intrigas se vestían de seda civil y discreción.
Al cruzar el umbral del estudio papal, el aroma a cera de abejas, pergamino viejo y costosas especias de Oriente, una vez más lo envolvió.
Sentado frente a una mesa atestada de bulas e informes financieros, se encontraba su antiguo mentor, el abad Pierre Roger, ahora coronado como el papa Clemente VI.
Su vestidura blanca resplandecía bajo la luz de los candelabros, pero sus ojos oscuros, tan agudos como en los días de París, no habían perdido un ápice de ambición terrenal.
—Entra, Carlos —dijo el pontífice con voz pausada, extendiendo una mano enjoyada—. No es necesario que te arrodilles. Los muros de Aviñón tienen oídos, pero esta noche solo somos el maestro y el alumno recordando viejas lecciones.
Carlos se acercó y tomó asiento en la silla de madera tallada frente a él.
—Santidad —respondió Carlos, manteniendo un tono de profundo respeto—.
Las lecciones de París nos enseñaron que el tiempo es el recurso más escaso de un gobernante.
El Bávaro ha cruzado una línea que ni la Iglesia ni mi dinastía pueden ignorar.
El ultraje a mi hermano Juan Enrique en el Tirol es intolerable.
Clemente VI entrelazó sus dedos, apoyando los codos sobre la mesa. Su rostro se tornó severo.
—Luis de Baviera se cree un dios en la tierra.
Humillar a tu hermano menor para casar a Margarita de Tirol con su hijo Luis, usando un decreto imperial inventado por él mismo...
Es una burla directa al sacramento del matrimonio y a la autoridad de esta Santa Sede.
El Bávaro no es un emperador, es un hereje cismático que se autocoronó emperador y desangra a la cristiandad.
—Y por eso mismo, los príncipes electores alemanes comienzan a titubear —añadió Carlos, inclinándose hacia adelante desvelando el mapa político que guardaba en su mente —.
La nobleza está escandalizada por su arrogancia.
Pero la indignación moral no basta para derrocar a un emperador, Su Santidad. Necesitamos legitimidad. Y oro.
El Papa soltó una leve risa, complacido por la fría lucidez de su pupilo.
—La legitimidad la proveeré yo. En pocas semanas, emitiré una bula fulminante.
Excomulgaré de nuevo a Luis de Baviera con una maldición tan terrible que hará temblar los cimientos de Múnich.
Ordenaré formalmente a los príncipes que su trono está vacante y que deben elegir un nuevo Rey de los Romanos.
—¿Y a quién propondrá la Iglesia? —preguntó Carlos, aunque ambos sabían perfectamente la respuesta .
—A ti, mi querido Carlos. Eres el candidato perfecto.
Tienes la sangre real de los Přemyslidas, el respaldo de la Casa de Luxemburgo, la educación de París y, lo más importante: la sensatez de un hombre que sabe cuándo usar las leyes en lugar de la espada.
Tu padre, Juan, es un gran guerrero, pero la ceguera lo ha vuelto imprudente.
El imperio necesita un arquitecto, no un caballero andante.
Carlos asintió lentamente. El peso de la corona imperial ya se perfilaba en su horizonte, pero conocía el precio de los favores papales.
—Aceptaré el llamado, Santidad. Pero comprar los votos de los arzobispos de Colonia y Maguncia costará miles de florines. Las arcas de Bohemia están recuperándose, pero no son infinitas.
—El tesoro de Aviñón financiará parte de la campaña —concedió Clemente VI, señalando un cofre de hierro en la esquina de la habitación—.
Además, te otorgaré el derecho de recaudar ciertos diezmos eclesiásticos en tus tierras para sellar esas lealtades.
Pero a cambio, Carlos... cuando vistas la púrpura imperial, la Iglesia espera obediencia.
Los derechos de Aviñón sobre los territorios italianos no se tocarán.
Carlos sostuvo la mirada de su antiguo tutor.
Sabía que sus enemigos lo acusarían en el futuro de ser el rey de los sacerdotes , un títere del Papa.
Sin embargo, en su fuero interno, ya planificaba cómo usar la autonomía que Clemente había concedido a la archidiócesis de Praga dos años antes para blindar a Bohemia frente al propio poder de Roma.
La política era un juego de ajedrez a largo plazo .
—Nuestra alianza está sellada en piedra, Santo Padre —declaró Carlos, sellando el pacto con una leve inclinación de cabeza—. Dejemos que el Bávaro siga celebrando su boda en el Tirol. Mientras él se embriaga de soberbia, nosotros prepararemos su caída desde las sombras de Aviñón.
Clemente VI sonrió levantando una copa de vino para brindar en la intimidad del estudio.
La trampa estaba armada. En pocos meses, el papa lanzaría sus rayos espirituales y Carlos desplegaría su oro, cambiando para siempre el destino del Sacro Imperio.
Aquel pacto sellado entre las sombras de Aviñón daría sus frutos definitivos.
La maquinaria de la fe y el oro resultó implacable.
Valiéndose de la inquebrantable amistad con su antiguo mentor, Carlos orquestó lo impensable desde su bastión en Bohemia.
La bula fulminante de Clemente barrió la escasa legitimidad de Luis de Baviera, abriendo el camino para que el 26 de noviembre de 1346, bajo el frío cielo de Bonn, la corona de Rey de los Romanos se posara finalmente sobre las sienes del joven rey de Bohemia.