Capítulo 19
L a disputa por el ducado de Gascuña, ese rincón del suroeste de Francia que el rey inglés Eduardo III se negaba a someter al vasallaje de Felipe VI de Valois, había arrastrado a Europa a un torbellino de sangre.
Para Juan de Luxemburgo, sin embargo, el conflicto no era una simple disputa feudal por tierras lejanas; era una cuestión de honor.
A unos pasos, Carlos contemplaba los mapas sobre la mesa con gesto sombrío.
Ya no era el niño indefenso despojado de sus derechos, ni el joven margrave que mendigaba la aprobación de su progenitor.
Hacía apenas un mes, gracias a su astucia y a su alianza con el Papa, los príncipes electores lo habían elegido Rey de los Romanos.
Afuera, los mensajeros traían noticias desastrosas: las ballestas francesas se habían empapado por la tormenta y los arqueros ingleses avanzaban destrozando las líneas de vanguardia.
—Padre, el rey Felipe está cometiendo un error suicida —dijo Carlos.
Mantenía la voz firme a pesar del dolor de las primeras heridas que ya surcaban su cuerpo tras los primeros lances del combate, pero hablaba con la autoridad que le confería su nuevo rango—.
Las cargas de caballería no podrán romper las líneas inglesas bajo esta lluvia de flechas.
Como Rey de los Romanos, os ordeno replegar a nuestras tropas.
Reorganizar las fuerzas es la única opción cuerda.
Juan soltó una carcajada ronca, un sonido desprovisto de alegría que hizo eco en las paredes de lona.
—¿Reorganizar? ¿Me ordenas tú? —El rey ciego se puso en pie, infundiendo un respeto imponente a pesar de su invalidez—.
Hablas como el emperador que pretendes ser, Carlos.
Pasaste demasiados años entre libros y diplomáticos.
Pero el honor no se negocia en un despacho papal; se defiende o se pierde.
He vivido cincuenta años con la espada en la mano, gobernando Bohemia desde la silla de mi caballo mientras tú reconstruías sus finanzas.
¿Crees que permitiré que el mundo diga que un Luxemburgo huyó del campo de batalla por temor a unos arqueros plebeyos?
—No es temor, es el futuro de Europa —replicó Carlos, dando un paso al frente.
Sus ojos brillaban con la frialdad de quien calcula el destino de todo un continente—.
Bohemia os necesita. Vuestro pueblo os necesita.
Morir aquí por el orgullo de la corona francesa no salvará a nuestro reino de las ruinas que yo mismo tuve que levantar.
Juan giró la cabeza hacia la voz de su hijo.
Por un segundo, la dureza de sus rasgos pareció suavizarse, no por arrepentimiento, sino por una mezcla de lástima y orgullo distante.
Sabía que Carlos tenía razón: el equilibrio del poder había cambiado.
Su hijo ya gobernaba Bohemia en la práctica y estaba hecho para liderar un nuevo mundo donde la pluma y la ley pesaban más que el acero.
Juan se daba cuenta de que su propia era había terminado; la ceguera lo había dejado a merced de la brillantez de su heredero.
—Tú reconstruirás el Imperio, Carlos. Tienes la astucia que a mí siempre me faltó. Pero mi lugar está allá afuera. —Juan extendió la mano y llamó a sus caballeros de confianza—. ¡Enrique! ¡Cynkin! Venid aquí.
Los caballeros entraron de inmediato, con los rostros pálidos por la gravedad de la situación.
—Señor, el caos es total —advirtió uno de ellos—. Debemos sacaros de aquí.
—No —ordenó Juan con voz de trueno—. Atad las riendas de vuestros caballos a las del mío. Llevadme lo suficientemente adelante como para que pueda dar un golpe con mi espada.
Carlos contempló la escena en silencio, con el corazón encogido por una mezcla de rabia y admiración.
Vio cómo los hombres unían los frenos de las monturas mediante correas de cuero, formando una muralla viviente guiada por un ciego.
Comprendió, con una dolorosa lucidez, que el hombre que había destrozado la vida de su madre Isabel e impuesto su voluntad por la fuerza iba a morir buscando el único refugio que le quedaba frente al poder de su propio hijo: una gloria trágica e inalcanzable.
Antes de subir a su montura, Juan detuvo su caballo un instante cerca de Carlos.
—Vete, Wenceslao —dijo, usando deliberadamente el nombre de su infancia, como reconociendo que la estirpe Přemyslida finalmente había ganado la partida—. Sobrevive. Gobierna tu imperio. Déjame a mí la última carga.
Con un grito de guerra, el grupo de caballos atados se espoleó hacia el corazón de la tormenta de flechas, dejando atrás a Carlos, quien se quedó observando cómo el viejo mundo de la caballería andante se hundía para siempre en el barro de Crécy, abriendo paso a su propia era.
El joven monarca no se quedó a morir en el fango de Francia.
Con el corazón ensombrecido por la pérdida, pero con la mente fija en el destino de su estirpe, regresó a sus tierras para reclamar la herencia de sus antepasados.
Un año más tarde, el 2 de septiembre de 1347, los ecos de la tragedia de Crécy finalmente se disiparon bajo las altas bóvedas de la catedral de San Vito.
En una solemne ceremonia en Praga, Carlos fue coronado formalmente como rey de Bohemia, ciñendo sobre sus sienes una joya que él mismo había mandado confeccionar para inaugurar su tiempo: la legendaria corona de San Wenceslao.