El trato (El manuscrito 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Recuerdos de París

E l viento de noviembre silbaba con saña a través de las ventanas desprovistas de cristales del Castillo de Praga.

Sentado en un rústico taburete, envuelto en una capa de lana gruesa que apenas contenía el frío de Bohemia, Carlos contemplaba el brasero parpadeante.

La madera húmeda chisporroteaba con un humo denso que le recordaba la precariedad de su nueva existencia.

Había pasado el día entero discutiendo con los maestros de obras sobre los presupuestos para techar el ala norte del palacio, el lugar que planeaba destinar a Blanca.

Todo en Praga requería oro, y sus bolsillos, bajo la sombra fiscal de su padre, estaban exhaustos.

Sintiéndose un extraño atrapado entre muros desvencijados y ciertos nobles que lo miraban con recelo, Carlos cerró los ojos.

El cansancio lo arrastró de inmediato hacia el pasado, hacia el recuerdo de un mundo donde el suelo era firme bajo sus pies.

***

El aire del scriptorium en la abadía de Saint-Denis olía a los familiares aromas del pergamino, la cera de abejas y la tinta de agallas.

A sus ocho años, el príncipe Carlos permanecía encorvado sobre un códice de San Agustín, tratando de descifrar los intrincados caracteres en latín.

A su lado, la imponente silueta del abad Pierre Roger, envuelta en el pulcro hábito benedictino, supervisaba su lectura con una paciencia paternal que el niño jamás había recibido de su propia sangre.

De pronto, la paz del monasterio saltó por los aires.

Por los ventanales que daban al patio de armas comenzó a colarse un estruendo de cascos de caballo, risas estentóreas y el chocar violento de las armaduras.

Era Juan de Luxemburgo, que regresaba victorioso de un torneo real.

El monarca —cuyos ojos ya empezaban a nublarse por la enfermedad— gritaba órdenes a sus escuderos, exigiendo vino de Borgoña a voz en cuello y mofándose de un barón francés al que acababa de descabalgar.

El pequeño Carlos se encogió en su asiento.

Sintió una punzada de vergüenza y temor en el pecho; aquel hombre ruidoso y temible, que lo había arrancado de los brazos de su madre, era su padre.

El niño intentó taparse los oídos, bajando la cabeza hacia el libro.

Pierre Roger no se inmutó. Con una lentitud ceremonial, el erudito colocó su mano pálida y firme sobre el hombro del niño, obligándolo a enderezar la espalda.

Luego, con su dedo de largas falanges, cerró con suavidad el pesado tomo de teología.

—No mires hacia el patio, Carlos —dijo el abad con aquella voz pausada y profunda—.

Tu padre conquista tierras con la espada y las pierde con la misma rapidez.

Él vive para la gloria de un día; tú debes vivir para la eternidad.

Juan de Luxemburgo gasta el oro de Bohemia en herraduras y banquetes, pero tú aprenderás a gobernar las mentes de los hombres con la pluma.

Construye tu mente, muchacho, y tu reino durará para siempre.

***

El crujido en el brasero devolvió a Carlos al presente.

El humo le escocía en los ojos. Se frotó las sienes y miró a su alrededor.

Estaba en Praga, la ciudad que su padre ignoraba y que Pierre Roger le había enseñado a idealizar a través de los mapas y las viejas crónicas.

Las palabras de su mentor, cuya influencia ya se extendía con fuerza hacia la corte papal de Aviñón, resonaban en su mente como una profecía.

Su padre seguía en el oeste, gastando fortunas a caballo.

Pero él estaba allí, en el suelo de sus antepasados, listo para usar la pluma, la ley y la diplomacia para levantar un imperio de las cenizas. Solo necesitaba tiempo .

Tenía que comunicarse con su esposa para avisarle que todavía no era la época propicia para que ella fuese a Bohemia. Y escribió una carta:

A mi amada Blanca, flor de Valois y luz de mis ojos en la distancia:

Te escribo estas líneas desde una Praga que apenas reconozco.

Las crónicas de mi infancia hablaban de una ciudad de reyes, pero mis ojos solo han encontrado cenizas y abandono.

El gran castillo de mis antepasados, donde debía coronarte y darte un hogar digno, no es más que un cascarón en ruinas, devorado por el fuego y desvalijado por las deudas.

Hoy duermo en una modesta casa en la ciudad baja, sintiendo el frío del invierno de Bohemia filtrarse por los muros.

Extraño el orden y el refugio de París, Blanca.

Extraño nuestros paseos por los jardines y las palabras amables que aquí nadie me ofrece.

Los barones locales me miran con recelo; soy un extraño que apenas recuerda las palabras de su propia lengua materna.

He tenido que aprender a hablar de nuevo como un niño para que los míos me entiendan.

Sin embargo, no hay flaqueza en mi corazón.

Hace solo unos días me arrodillé ante la tumba de mi madre, en el monasterio de Zbraslav.

Al tocar la piedra fría donde descansa en la pobreza a la que la condenaron, sentí el peso de toda mi estirpe sobre mis hombros.

Le he jurado a su memoria que levantaré este reino de su letargo.

Haré de Praga una joya que eclipse a cualquier otra ciudad de la cristiandad.

Y construiré murallas impenetrables y un palacio que sea digno de tu belleza.

Por eso te pido paciencia, mi amada. No puedo traerte a este nido de lobos y ruinas todavía.

Quédate un poco más bajo el amparo de la corte francesa, donde estás segura.

Déjame limpiar los caminos de salteadores, apaciguar el orgullo de los nobles y levantar al menos un techo firme donde guarecer tu séquito.

Trabajo día y noche impulsado por una sola visión: el día en que cruces las puertas de esta ciudad y la transformes con tu sonrisa. Aguarda mi llamada, pues cuando Praga esté lista, gobernarás a mi lado sobre un imperio.

Tuyo en la distancia y en el juramento,

Carlos, Margrave de Moravia.

Blanca viajó a Bohemia a finales del año siguiente, una vez que Carlos logró pacificar las rutas comerciales, someter a los barones levantiscos y habilitar una sección habitable en el palacio.

Cuando llegó con su fastuoso séquito francés, causó una enorme sensación en Praga por su gracia y elegancia; para ganarse el corazón de los checos, la joven aprendió el idioma con asombrosa rapidez, conquistando el eterno respeto del pueblo.

Sin embargo, a Juan de Luxemburgo no le agradó el fervoroso recibimiento que la nobleza brindaba a su hijo y a su nuera.

Mucho menos que Carlos, al sanear las finanzas, pusiera al descubierto el desastroso manejo al que había estado sometido el reino.

Aquello avivó los antiguos celos del monarca, quien regresó a Praga espoleado por una furia implacable.

Intoxicado por los rumores de nobles malintencionados y por el temor a verse eclipsado, Juan decidió despojar a su heredero de todo poder territorial y financiero.

El golpe más severo llegó en 1335, cuando el rey le arrebató los castillos recuperados y le prohibió tomar decisión alguna sobre el suelo de Bohemia.

Aquella confiscación desoló a Carlos, quien había encontrado las fortalezas reales de la corona empeñadas a prestamistas extranjeros debido a los excesos de su padre.

Con un esfuerzo titánico, rascando de sus propios bolsillos y asumiendo deudas personales, el joven había logrado rescatar más de dieciséis plazas fortificadas, incluyendo Křivoklát y el propio recinto de Praga.

Al usurpar el control de las plazas, Juan se apropió también de las rentas que generaban esas tierras, dejando a Carlos desamparado, sin fondos y con los préstamos aún por liquidar.

Le despojó de las finanzas y del cargo de Capitán General —el cual le otorgaba el derecho legal de administrar justicia y comandar los ejércitos en el núcleo del reino—, pero no pudo arrebatarle el título de Margrave de Moravia.

Dicha dignidad había sido ratificada por la dieta de los nobles moravos; revocar de raíz un feudo de marca tan fronterizo y crucial habría desatado una guerra civil.

Humillado, Carlos quedó relegado a gobernar estrictamente hasta los límites de Moravia, confinado en una suerte de exilio político.

Sin embargo, la inacción no duraría mucho.

Hacia el año 1336, apenas un año después de su caída en desgracia y a tres de su regreso del exilio francés, Carlos intervino militarmente en el condado del Tirol para defender los derechos dinásticos de su hermano menor, Juan Enrique.

En las montañas alpinas demostró ser un estratega militar brillante y un administrador excepcional.

Pero su padre, alarmado al ver que la influencia de Carlos amenazaba con extenderse en un eje continuo desde el Rin hasta Praga, volvió a interferir en sus misiones para recortar drásticamente su control sobre el territorio tirolés.

Para los checos, Juan era una calamidad de gobernante.

No hablaba su idioma, despreciaba sus costumbres y pasaba meses enteros fuera de las fronteras.

A sus ojos, la ruda y fría Bohemia no era más que un rincón atrasado y hostil, una caja de caudales particular que solo visitaba cuando se le agotaba el dinero.

Su verdadero hogar era la suntuosa corte de París, donde ejercía como el invitado de honor perpetuo, consejero íntimo del rey Felipe VI de Francia y alma de los torneos de caballería.

Su lazo con los Valois era tan estrecho que incluso casó a su hija Bona con el heredero al trono francés, el futuro rey Juan II.

Por ello, su regreso a Praga siempre era temido por los nobles locales: significaba que el monarca venía únicamente a exigir nuevos tributos, a exprimir las ricas minas de plata de Kutná Hora o a empeñar más propiedades reales para costear sus lujos y sus deudas de guerra en el oeste.

El pueblo contemplaba con profunda frustración cómo su rey desvalijaba el patrimonio, exprimía a los campesinos y abandonaba las rutas comerciales en manos de los salteadores, todo para financiar sus fastuosas aventuras militares en Italia, Francia o Polonia.

Fue, en el sentido más estricto, un rey ausente

Irónicamente, fuera de Bohemia, Juan de Luxemburgo encarnaba el ideal más puro de la caballería medieval.

En las cortes de París, el Rin y la sede papal de Aviñón, lo adoraban como a un guerrero formidable, valiente hasta la temeridad, generoso con sus caballeros y un diplomático astuto capaz de tejer alianzas por todo el continente; tanto así que el célebre poeta y compositor francés Guillaume de Machaut escribía obras enteras alabando su honor y su espíritu caballeresco.

Todo aquel misticismo actuaba en contra de su heredero.

El príncipe Carlos se veía imposibilitado de cumplir lo que deseaba para su pueblo mientras lidiaba con una dolorosa dualidad: por un lado, aborrecía la tiranía de su padre y el daño irreparable que le había infligido a su madre; por el otro, no podía evitar sentir un profundo respeto por la leyenda militar de su progenitor.

Sin embargo, el viejo guerrero cargaba con una debilidad irresoluble: la oscuridad total lo había devorado.

Tras quedar completamente ciego a causa de la oftalmía, Juan tuvo que claudicar finalmente ante la realidad política y el avance de los años.

En 1341, presentó formalmente a Carlos ante la asamblea de nobles como el sucesor legítimo al trono de Bohemia.

Dos años más tarde, el rey ciego cedió por completo y le otorgó de manera oficial el control administrativo total y absoluto del país.

Carlos ya no dependía de los caprichos paternos ni pedía permisos; por fin, gobernaba.