Capítulo 16
Reino de Bohemia, siglo XIV
La pareja que debía traer estabilidad a una Bohemia fragmentada, pronto se descubrió incapaz de pacificar su propio lecho.
Eran demasiado jóvenes y sus personalidades chocaban como el acero.
Juan, coronado con apenas catorce años, despreciaba la tosquedad de las tierras checas; añoraba la refinada vida cortesana, las campañas militares de Occidente y los lujos compartidos con sus parientes en la corte de Francia.
Isabel, en cambio, le aventajaba por cuatro años en edad y por mucho en orgullo.
De carácter indómito, se negaba a ser una reina decorativa y defendía con garras lo que consideraba su legítima herencia.
Nadie en aquella corte francesa sospechaba que ese niño exiliado, traumatizado por la oscuridad de los sótanos checos, cambiaría su nombre por el de Carlos y regresaría años más tarde para reclamar su imperio.
Tampoco imaginaban que, para sanar las heridas de su reino, mandaría forjar una de las coronas más imponentes de la cristiandad.
Una joya sagrada que un día compartiría el destino, el brillo y los secretos de un zafiro de leyenda: aquel que adornaría la frente de su primera esposa, la reina Blanca de Valois.
Mientras tanto, su madre embarazada por última vez, huyó del castillo de Mělník hacia Baviera buscando refugio. Allí dio a luz a las gemelas Ana e Isabel. Tiempo después regresó a Bohemia, donde terminó sus días sumida en el aislamiento y la pobreza.
El mismo año de su llegada a Francia, Wenceslao fue desposado con Blanca de Valois, quien era medio hermana del futuro rey francés Felipe VI y tenía también siete años el día de la boda.
Fue poco después, en el marco de su confirmación en la corte parisina, cuando el príncipe cambió su nombre original por el de Carlos, adoptado en honor a su tío político, el rey Carlos IV de Francia.
Desde un comienzo, el joven príncipe sintió fascinación por la magnificencia de la corte gala, en la que fue tratado como un miembro más de la familia real.
En ese entorno recibió una esmerada educación intelectual y teológica bajo la tutela del abad Pierre Roger.
Este erudito se convirtió en un mentor entrañable y, años más tarde, en un aliado político decisivo para el ascenso de Carlos en Europa.
Fue allí, en París, donde el futuro soberano no solo se formó como hombre de Estado y políglota; también comenzaría más tarde a tomar posiciones políticas estratégicas para el complejo reparto de poderes que definiría el futuro de la región.
Carlos contaba ya trece años. Junto a su preceptor Pierre Roger, caminaba por los jardines del Palais de la Cité —la residencia principal de los reyes de Francia— en dirección al scriptorium [29] .
La túnica de lana azul con sutiles bordados de Carlos contrastaba con el sobrio hábito benedictino de Pierre Roger que hacía juego con su mirada profunda y su voz cautivadora.
Una vez dentro, en una tarde de París en calma, con la luz que entraba de forma oblicua a través de los ventanales ojivales esparciéndose sobre los pergaminos entre el olor a cera de abejas y tinta de hulla, Carlos se sentía en su mundo; allí no había humedad de mazmorra.
Solo el crujido reconfortante de las páginas y la quietud solemne del estudio, que en nada se comparaba con el silencio lóbrego y oscuro de sus años de infancia en el castillo de Křivoklát .
El abad Roger observó de soslayo a su brillante pupilo, quien a veces se mostraba absorto, con la vista fija en la tinta negra o en las sombras que se proyectaban en los rincones de la sala.
El maestro sabía que, bajo los modales perfectos del heredero de Bohemia, aún habitaban los fantasmas del pasado.
—Tu pluma lleva demasiado tiempo suspendida sobre el pergamino, mon prince . [30] —dijo Roger con voz suave, rompiendo el silencio—. El latín exige fluidez, no vacilación. ¿Hay alguna palabra de San Agustín que perturbe tu entendimiento?
Carlos parpadeó mostrándose aturdido. Se sintió avergonzado.
—No, mi señor abad —respondió el joven príncipe hablando en un francés impecable—. El texto es claro. Es solo… la oscuridad de la tinta. A veces las sombras de este scriptorium me parecen demasiado densas. Me recuerdan a las piedras de Křivoklát , al frío del suelo.
Pierre Roger dejó a un lado el manuscrito que estaba revisando. Se inclinó hacia el muchacho y colocó una mano grande y cálida sobre su hombro .
—El miedo es un laberinto que la memoria construye, Carlos. Pero la memoria también puede ser gobernada. Tu padre, el rey Juan, encerró tu cuerpo en la piedra porque teme lo que representas, teme la sangre de los Přemyslidas que corre por tus venas, pero no pudo encerrar tu mente.
—A veces despierto por las noches —confesó Carlos en voz baja, revelando por primera vez la vulnerabilidad que ocultaba ante la corte— y creo escuchar el eco de las armaduras de los soldados de mi padre derribando la puerta.
Siento que sigo siendo el niño de tres años que no entendía por qué su propia sangre lo confinaba a las tinieblas.
Pierre Roger sonrió con una solemnidad profética mirando fijamente a los ojos de Carlos.
—Escúchame bien, muchacho. Dios no permite el sufrimiento de los príncipes por mero capricho.
Permite la oscuridad temporal de los futuros reyes para que, cuando asciendan al trono, aprecien la luz de la sabiduría con la que han de gobernar el mundo.
El sótano de Křivoklát no fue tu tumba, Carlos.
Fue el crisol donde templaste tu carácter.
Aprendiste allí lo que es la tiranía, aprende aquí, a través de las letras y la fe, lo que es la justicia.
Tu pluma será más poderosa que la espada de tu padre.
Carlos enderezó la espalda asumiendo la postura de un verdadero heredero, procesó las palabras de su maestro y su pecho pareció aliviarse.
—¿Y si las sombras regresan, mi señor abad?
—Entonces enciende una vela y abre un libro —respondió Pierre Roger, devolviéndole la pluma—. Escribe tu propio destino en latín. El latín es el idioma de los imperios, y tú naciste para construir uno. Preparémonos para el futuro.
A partir de ese día Carlos pasaba largas horas a solas en el scriptorium .
Se había acostumbrado al enorme salón de grandes ventanales ojivales orientados estratégicamente para aprovechar la luz del día, que dejaba pasar los haces de luz que se convertían en múltiples arco iris antes de tocar el suelo de cerámicas esmaltadas.
Observaba con avidez el salón del scriptorium que formaba parte de las ampliaciones de estilo gótico radiante que al rey francés Felipe V, hijo de Felipe el Hermoso —no el Habsburgo, sino el Capeto— le encantaba.
No existían paredes desnudas y grises, los palacios reales franceses estaban decorados con frescos, techos artesonados de madera noble pintada de azul y oro, o techos abovedados de piedra caliza, cuyas nervaduras góticas convergían en lo alto.
Todo aquello entusiasmaba a Carlos, quien ya desde muy joven ansiaba algún día hacer del reino de Bohemia un lugar lleno de luz, elegancia e intelectualidad como el de los Capetos.
En aquel tiempo, los libros eran objetos de un valor económico y cultural astronómico.
Se hacían a mano y se encuadernaban con pesadas tapas de madera forradas en cuero, a menudo con broches de bronce.
Por ello el mobiliario estaba adaptado para protegerlos.
Los libros no estaban expuestos, se guardaban acostados dentro de armarios de roble con puertas de madera reforzadas con herrajes de hierro y cerraduras con llave.
El único que tenía las llaves era su tutor Pierre Roger.
Carlos trabajaba frente a un pupitre de madera de plano inclinado; y para que los pesados volúmenes que estudiaba no se resbalasen, solían estar sujetos al mueble mediante cadenas de hierro.
Y mientras su cuerpo estaba rodeado del lujo, el orden y la opulencia de los franceses, la mente de Carlos seguía encadenada a los recuerdos de su infancia, que poco a poco se iban opacando gracias a su tutor, el sacerdote Pierre Roger.
No fue solo su maestro; a través de los años se forjó entre ellos un fuerte vínculo de amistad y de admiración mutua.
En el ámbito afectivo y cortesano, también llegó a desarrollar un tierno afecto con Blanca de Valois, con quien contrajo matrimonio al llegar a París y fueron criados en el mismo entorno cortesano.
Su matrimonio llegó a consumarse en años posteriores, pues vivían separados.
La educación que Carlos recibió en la corte de los reyes Capetos y Valois fue excepcional para la época, muy lejos del analfabetismo común entre muchos nobles medievales.
Bajo la tutela de Pierre Roger no solo aprendió a leer y escribir, también se instruyó en cinco idiomas: en latín, por ser el idioma de la Iglesia y de la alta diplomacia; francés, por ser el idioma de la corte; checo, su idioma materno y alemán e italiano, porque su ambición era dirigirse a los reyes y nobles en sus propios idiomas.
Su dominio del latín era tan perfecto que sorprendía a los eruditos de la época.
Como buen católico, estudió teología, filosofía escolástica, gramática, retórica, historia y derecho canónico.
Y lo que más le valdría a lo largo de su vida fue iniciarse en las sutiles artes de la diplomacia internacional y la administración de un Estado.
Pero no todo fueron libros. Como heredero al trono, fue adiestrado rigurosamente en las artes de la guerra, esgrima, equitación, táctica militar, el uso de la armadura y el código de honor de la caballería francesa.
Carlos vivió de forma continua en la corte francesa hasta los catorce años, edad en la que su padre se lo llevó de París a Luxemburgo y, al año siguiente, lo trasladó al norte de Italia para administrar y defender los intereses de la familia.
Tras su campaña en Italia, Carlos regresó finalmente a su tierra natal, Bohemia, en octubre de 1333.
El reino se encontraba en franco deterioro.
Su padre lo nombró margrave de Moravia y gobernador, con la intención de que reconstruyera el país.
Cuando Carlos regresó a Bohemia contaba diecisiete años y se le trataba como a un joven adulto sumamente capaz.
Encontró el reino sumido en el caos financiero, infestado de salteadores de caminos y con la nobleza local al borde de la rebelión.
Por otro lado, las estancias reales de Praga estaban inhabitables; el suntuoso palacio había sido destruido por un incendio previo, abandonado y desvalijado por orden de su propio padre.
Tuvo que hospedarse de manera temporal en casas de la ciudad porque la fortaleza no tenía ni un techo digno bajo el cual guarecerse.
No era un lugar para cobijar a su esposa, Blanca de Valois, acostumbrada al lujo y las comodidades de la corte de Francia.
Sin embargo, algunos nobles simpatizaban con él y alimentaban la esperanza de que los liberara de su padre, quien había convertido el reino en su caja de caudales particular.
Firmar la carta en la que su padre lo nombraba margrave de Moravia tenía un peso político brutal.
Aunque Carlos se encontraba en Praga —capital de Bohemia— y planeaba la reconstrucción de todo el reino para honrar a su madre muerta, legalmente solo poseía jurisdicción plena sobre Moravia.
Gobernaba Bohemia de facto porque su padre estaba ausente, pero lo hacía bajo la constante amenaza de su regreso.
Conociéndolo, sabía que al enterarse podría sentirse usurpado. Y, en efecto, así ocurrió.
Juan de Luxemburgo, enterado del rápido apoyo que la nobleza local prestaba a su hijo, lo citó a sus aposentos.
—Me dicen mis espías que los nobles de Praga te miran como a un salvador, Carlos —dijo Juan sin girarse, concentrado en afilar la punta de una daga contra una piedra embebida en aceite—.
Dicen que ven en tus ojos el brillo de los Přemyslidas.
El brillo de tu madre. Carlos se mantuvo firme en el centro de la sala.
Había aprendido en la corte de París que el miedo es el peor consejero ante un hombre de armas.
—Regresé a reconstruir lo que está roto, padre. Los castillos de la corona están en manos de los prestamistas y el pueblo maldice nuestro nombre. Bohemia necesita un gobernante, no un recaudador de impuestos que solo mire hacia el oeste.
Juan dejó caer la daga sobre la mesa de madera con un golpe seco. Se giró, clavando en su hijo una mirada severa, ya afectada por los primeros síntomas de la ceguera que lo devoraría años después.
—¿Este reino me pertenece! —bramó el rey, dando un paso al frente—.
¿Crees que he olvidado por qué te envié a Francia cuando solo eras un niño?
Tu madre quería mi corona para ti. Te encerré en Křivoklát para recordarle quién manda aquí, y puedo volver a hacerlo.
No toleraré que un cachorro educado por poetas intente disputarme el trono.
—No busco vuestra corona, padre —respondió Carlos, bajando la voz, manteniendo una calma que enfurecía aún más al viejo guerrero—.
Pero si seguís desangrando estas tierras para pagar vuestras guerras en Italia y el Rin, pronto no habrá corona que defender.
Dejadme administrar el reino. Dejadme recuperar las fortalezas.
Vos tendréis el oro que tanto necesitáis para vuestras campañas, y Bohemia mantendrá el orden.
Juan lo estudió en silencio, midiendo las palabras del joven. El orgullo y la sospecha luchaban en su pecho con la evidente realidad de que sus arcas estaban vacías.
—¿Y si me niego? ¿Y si te ordeno regresar a París mañana mismo?
Carlos dio un paso adelante, sosteniendo la mirada del rey .
—Si me marcho, los barones se rebelarán antes del invierno y no tendréis ni un solo florín checo para pagar a vuestros mercenarios.
No, yo no regresé como un conspirador, padre.
Regresé como vuestro hijo más útil. Pero no olvidéis que por mis venas corre la sangre de los que fundaron Praga.
No veré este reino convertirse en cenizas.
Su padre vio en él una vía rápida de obtener el dinero que necesitaba. Le daría rienda suelta. Después vería qué haría con ese hijo que parecía dispuesto a robarle la corona. Carlos hizo una pequeña reverencia con la cabeza y dio por terminado el encuentro.