El trato (El manuscrito 4) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Caminó hacia ellos con parsimonia, usando ese silencio inicial como un arma de evaluación.

Primero se detuvo en Dante. Recorrió con la mirada su elegancia innata y la sofisticación de su calzado italiano, buscando cualquier asomo de impostura.

La ligera inclinación de cabeza de Dante y su mirada serena parecieron satisfacer las exigencias de etiqueta del barón.

Nicholas supo descifrar en la mirada del barón hacia su persona una genuina indiferencia.

Tal vez un desprecio camuflado de condescendencia.

El barón volvió a observar a Dante con una mezcla de envidia y curiosidad aristocrática.

—Dicen sus credenciales que es usted un inversionista de Milán, conde Contini-Massera —dijo arrastrando las palabras con el acento afectado de la alta sociedad inglesa—.

Pero mírelo... Parece un estudiante de Oxford en su primer año de leyes.

Dígame el secreto de su cutis, por favor.

En este castillo, el frío de Durham te envejece diez años cada invierno.

Dante esbozó una sonrisa tensa. Sus ojos reflejaban una fatiga que el barón jamás comprendería.

—Genética, lord Cleveland. Solo buena genética. Mi socio, el señor Blohm y yo estamos dispuestos a hacer una donación muy generosa a la fundación de conservación del castillo.

—Cinco mil libras —intervino Nicholas—. A cambio de que nos permita pasar la noche en el ala oeste. Específicamente en los sótanos del antiguo servicio.

El barón soltó una risa seca que terminó en una tos leve.

—¡Cinco mil libras por ver habitaciones vacías y pasillos con corrientes de aire!

Los turistas ordinarios pagan doce libras por ver la colección de carruajes y se van a las cinco de la tarde.

Ustedes los americanos —miró a Nicholas— y los italianos —miró a Dante— tienen una forma muy extraña de gastar el dinero.

Pero no los juzgo. El tejado de la torre sur se está cayendo a pedazos y el gobierno me cobra impuestos hasta por respirar .

El viejo noble, apoyándose en un bastón de madera, sacó un manojo de llaves de hierro enormes de uno de los cajones de su escritorio.

—Buscamos el cuarto del siervo que no tiene nombre —arguyó Nicholas, pensando que tal vez aquello ayudaría a hacer la búsqueda más fácil.

Thomas negó con la cabeza mientras caminaba hacia una puerta oculta tras un tapiz.

—En este castillo hay exactamente ciento doce habitaciones, caballeros.

En el siglo XVIII, mi familia tenía cincuenta sirvientes viviendo en las buhardillas y los sótanos.

No tenían nombre; solo eran «el mozo de cuadra», «la lavandera», «el pinche de cocina».

Si buscan un fantasma, les advierto que los míos son muy aburridos.

Solo arrastran cadenas cuando baja la presión del gas.

—No buscamos fantasmas, barón. Buscamos un espejo. Un espejo roto que quizá perteneció a alguno de los criados en el siglo XIV.

Thomas se detuvo en seco y los miró sobre el borde de sus gafas.

—Un espejo... y roto. Hace setecientos años este lugar era una fortaleza militar, no un tocador de damas.

Olvídense de los pisos de arriba; si queda algo parecido a lo que buscan, estará abajo, en las cocinas medievales, detrás del pasillo de las cien celdas.

No se ha abierto desde que murió mi padre.

No sabía que buscaban algo específico. Ah…

algunas llaves abren varias puertas, otras solo las que corresponden. Y otras puertas quedaron sin cerrar.

El barón le entregó el pesado manojo de llaves a Dante. Al rozarse sus manos, la piel arrugada y temblorosa del anciano contrastó brutalmente con los dedos jóvenes, firmes y tibios de Dante. El hombre se estremeció levemente al sentir esa vitalidad sobrenatural.

—Tienen hasta el amanecer, conde Contini-Massera —dijo el barón, retrocediendo hacia el calor de su chimenea—.

Cierren la puerta al salir. Y si encuentran ese espejo...

háganme un favor: no me lo traigan. Ya sé exactamente qué aspecto tiene un hombre destruido por los años.

No necesito que un trozo de vidrio medieval me lo recuerde.

Dante apretó el aro de las llaves de hierro en su puño.

—Gracias, milord.

Nicholas le hizo una seña a Dante y ambos se internaron por el pasillo oscuro y helado del ala abandonada. El barón los vio desaparecer tras el tapiz que ocultaba la puerta. Sonrió burlonamente y fue hacia sus aposentos privados.

—Un espejo roto… Me gustaría tener la juventud y el dinero de esos dos. Hoy en día se inventan cada cosa…

Nicholas extrajo de su sempiterna mochila una linterna y después de caminar por un pasillo empezaron a bajar.

El calor de la chimenea del barón se evaporó al tercer peldaño.

Conforme descendían por la espiral de piedra, los muros parecieron cerrarse sobre ellos, atrapándolos en un frío sepulcral que les calaba los huesos.

Al llegar al fondo, Nicholas subió la linterna.

El haz de luz cortó la oscuridad estancada del sótano, revelando la colosal estructura de las cocinas medievales.

El techo de piedra, oscuro, ennegrecido por el hollín de fuegos extinguidos hace siglos.

El olor a cal húmeda y hierro viejo era casi asfixiante.

Las siluetas de las chimeneas monumentales se abrían en las paredes como grifos oscuros.

Cada exhalación de Dante se materializaba en una nube de vapor que flotaba un instante antes de desaparecer en la penumbra.

El silencio allí abajo era absoluto, roto únicamente por el eco metálico de las llaves del barón en el puño de Dante y el crujido de sus pasos sobre las losas irregulares.

Se encontraban en las tripas de Raby, un territorio congelado en el tiempo donde el peso de setecientos años de secretos parecía flotar en el aire.

—El manuscrito tenía razón. «Más de cien puertas cierran el paso al alma». Empecemos a abrir habitaciones. Tenemos que encontrar el cuarto del siervo sin nombre.

—Al parecer todos los cuartos son de siervos sin nombre —acotó Dante.

Nicholas caminaba unos pasos por delante, iluminando con la linterna las paredes de piedra húmeda y las vigas carcomidas por el moho.

El aire abajo era tan gélido que cada ráfaga se sentía como aguja en los pulmones.

Dante lo seguía mecánicamente. El peso de las llaves de hierro que le había dado el barón le recordaba la inutilidad de su fortuna.

Abría puerta tras puerta y al entrar en cada una de ellas lo único que encontraban eran habitaciones vaciadas hacía demasiado tiempo.

¿Cómo encontrar un espejo en medio de tanta desolación?

Estuvieron caminando entre sombras y puertas hasta perder el sentido del tiempo. De repente, la pantalla del móvil de Dante vibró bajo su abrigo. Lo sacó del bolsillo y se iluminó con un brillo azul en la penumbra. Era un mensaje de Richard.

Dante se detuvo en seco. Su corazón, que había latido al mismo ritmo imperturbable durante décadas, dio un vuelco. Con los dedos temblando por el frío y la ansiedad, presionó la pantalla para llamarlo de inmediato.

El teléfono empezó a sonar. El tono de llamada resonó en su oído en el sótano de piedra, largo, vacío, monótono.

Nadie respondió. Dante cortó la comunicación y volvió a marcar, desesperado. Nuevamente, el silencio del otro lado de la línea en Italia fue absoluto. Richard no iba a tomar la llamada. No quería escuchar su voz. Abrió el mensaje escrito que Richard le dejó:

No me llames, Dante. He empaquetado algunas cosas y me voy a la casa de la costa unos días.

Necesito mirar el mar sin ver mi reflejo junto al tuyo.

El mes que viene cumplo cuarenta años, Dante.

Cuarenta. Ya tengo las líneas de expresión de un hombre de mi edad y algunas canas en las sienes.

En cambio, tú estás a punto de cumplir cincuenta y un años, pero cuando la gente nos ve en la calle, piensan que soy un hombre maduro saliendo con un chico de veinticinco.

Es humillante, Dante. Siento que me estoy marchitando a tu lado mientras tú sigues atrapado en ese cuerpo de adolescente eterno.

Deberías ser el mayor de la relación, deberías ser mi refugio maduro, pero tu físico se burla de mis treinta y nueve años.

No puedo competir contra el experimento de tu padre.

Si no puedes encontrar la forma de dejar atrás los veinticinco años y asumir tus cincuenta y uno, déjame envejecer en paz.

Dante se apoyó contra el muro de piedra húmeda del sótano.

Sintió un dolor físico en el pecho, un desgarro tan real que por un segundo creyó que el experimento de su padre había fallado y que finalmente estaba sufriendo un ataque al corazón.

Pero no era así. Su rostro reflejado en la pantalla seguía siendo perfecto, liso, insultantemente joven.

Frente a ellos, apoyado en una viga de madera carcomida, había un viejo espejo del servicio, roto en una esquina y cubierto de polvo y moho. Era el espejo que decía el manuscrito. No había dudas para él.

—¿Dante? —Nicholas se giró, al notar que los pasos de su amigo se habían detenido. La luz de la linterna enfocó el rostro de Dante. Estaba pálido como el mármol—. ¿Pasó algo?

Dante guardó el teléfono en el bolsillo de su abrigo de cachemira. Su voz salió rota por el eco de las celdas vacías.

—Richard se fue, Nicholas. Se está alejando de mí porque el tiempo lo está arrastrando y yo me he quedado varado en la orilla.

Estamos en este sótano inmundo persiguiendo un mito celta mientras mi vida real se desmorona en Italia —dijo Dante, con una voz que no admitía discusión.

Dio media vuelta hacia las escaleras oscuras del sótano—.

Nos vamos. Llamaré al piloto ahora mismo.

Voy a regresar a Italia. Si tengo que perder toda mi fortuna para encontrar una solución, lo haré, pero no voy a dejar que Richard pase sus cuarenta años solo.