El trato (El manuscrito 4) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Nicholas ojeó el manuscrito para no perder la costumbre y se detuvo una vez más en la última línea de la frase.

En el cuarto del siervo que no tiene nombre, el espejo del tiempo mostrará vuestro verdadero rostro.

—¿Qué crees que signifique «el espejo del tiempo mostrará vuestro verdadero rostro»?

—Habla del tiempo, y yo lo traduzco a «eternidad». «Verdadero rostro» podría ser mi verdadera edad, ¿tú qué piensas ?

—Sin duda es la respuesta a nuestra búsqueda, Dante. Creo que esta vez encontraremos la respuesta. Dentro de poco serás un mortal como yo.

Dante miró el manuscrito y un suspiro se escapó de su pecho.

—Es lo que más deseo.

—Perdona que te haga esta pregunta, Dante, pero ¿sabes de dónde proviene toda tu fortuna? —preguntó Nicholas mientras daba el último sorbo al café con leche.

—No puedo negar que mi familia siempre fue bastante acaudalada, aunque el esposo de mi madre, derrochó mucho, aparte de que era un inútil para ocuparse de los negocios de la familia.

Fue mi padre Claudio quien consolidó la riqueza familiar; gracias a él recibí un imperio financiero que yo, siguiendo los consejos del difunto Caperotti, multipliqué.

—¿Y cómo llegó el título de conde a tu familia?

—La verdad, no lo sé. Solo sé que con la concesión del título a nuestro ancestro se le concedieron enormes cantidades de tierras valiosas.

En muchas de ellas se construyeron urbanizaciones, la mayoría están en Milán, también en Roma.

Podría decirse que podría vivir de mis rentas sin necesidad de trabajar, pero soy del tipo al que le gusta actuar, hacer crecer el patrimonio, tú me entiendes.

—Para ser sincero, no mucho, soy un pobre escritor que vive de su pluma.

No me imagino una riqueza de esa magnitud.

—Miró un cartel que anunciaba la posibilidad de recoger frambuesas y grosellas—.

Si tuviéramos tiempo, por mí iríamos a recoger frambuesas, pero es hora de ir al castillo —rio Nicholas.

—Disculpe usted por mis gustos tan pedestres.

Hizo una genuflexión y salieron del local.

Tras la pausa Nicholas prosiguió conduciendo, y en las últimas dos horas restantes notaron que gradualmente el paisaje se volvía más salvaje y escarpado.

El cielo se nubló amenazante, tiñendo de gris el hermoso paisaje otoñal.

Tomaron un desvío por la carrera A66 siguiendo los avisos hacia el castillo de Raby.

Fueron hacia el High Force Hotel, cercano al castillo.

Dante pidió hablar con el consierge , al tiempo que le entregó al recepcionista su tarjeta de visita con el escudo de armas de la familia Contini-Massera.

Poco después se presentó en la recepción un hombre vestido con elegante discreción.

Recibió la tarjeta de manos del recepcionista y se dirigió a Dante.

—¿Conde Contini-Massera?

—Dante Contini-Massera —se presentó él.

—Soy Tony Watson, ¿en qué puedo servirle, milord?

—Desearía hablar con Lord Thomas, barón de Cleveland.

—¿Podría acompañarme, milord? Haré una llamada desde mi oficina.

Ambos siguieron al consierge y entraron a una oficina no muy lejos de la recepción.

—Tomen asiento, por favor. ¿Podría decirme el motivo del encuentro ?

—Estamos realizando un viaje por el norte de Inglaterra para estudiar la arquitectura de las fortificaciones medievales británicas en comparación con los castillos italianos. Tal vez podría surgir alguna colaboración artística y cultural entre ambas familias.

El consierge marcó un número y se comunicó con el administrador principal de la finca.

—¿Sería tan amable de ponerme en contacto con Lord Thomas de Cleveland? El conde Dante Contini-Massera solicita hacerle una visita personal.

—Lord Cleveland en este momento está fuera de la finca. En cuanto regrese le daré su mensaje.

—El administrador de la finca me avisará cuando llegue. De inmediato me comunicaré con usted —informó el consierge.

—Muchas gracias, señor Watson, espero su llamada.

El hombre los instó a seguirlo.

—Me temo que sir Thomas tardará un poco en recibirlos —les informó en voz baja—. Si me permiten la sugerencia, milores, hay una tormenta considerable formándose en el páramo. Les recomiendo aguardar en el salón principal junto a la chimenea; allí estarán cómodos.

Dante esperó a que el hombre se alejase lo suficiente por el pasillo alfombrado. El crujido de la madera antigua del suelo del hotel era el único sonido que competía con el viento que ya golpeaba los cristales exteriores.

—Entremos al salón, Nicholas —dijo Dante en un murmullo bajo, acomodándose la chaqueta—. Pidamos un buen whisky escocés. Con este clima y las llamas de la chimenea, el ambiente será perfecto para repasar nuestra estrategia antes de que a ese administrador le devuelvan la llamada.

Nicholas se movió en silencio. Cruzaron el umbral hacia el acogedor bar, un elegante espacio repleto de maderas oscuras y sillones de cuero gastado.

Se ubicaron en un rincón apartado, lejos de los pocos huéspedes presentes para poder hablar sin ser escuchados.

Dejó allí a Dante y fue hacia la barra. Regresó sosteniendo dos copas.

Le tendió a Dante la suya en la que el hielo flotaba sobre un líquido de un rojo profundo. Vio a su amigo cómo llevaba el Negroni a la nariz, olía el aroma a naranja y Campari y bebía un sorbo largo mientras fijaba la mirada en el fuego de la chimenea y todo lo hacía con elegancia innata.

Una hora y media después, el señor Watson apareció en el salón. El timbre del teléfono en su oficina privada acababa de dejar de sonar.

—Milores, el administrador se ha comunicado. Lord Cleveland los recibirá en una hora. Les sugiero partir de inmediato; la carretera rural hacia Staindrop puede ponerse difícil con la niebla.

Dejando las copas vacías, salieron al estacionamiento del hotel, donde las ráfagas de viento helado ya golpeaban con fuerza.

Nicholas encendió el motor del coche. El viaje de treinta minutos se convirtió en cuarenta y los llevó a través de una carretera serpenteante que descendía desde la desolación de los páramos de Teesdale hasta los frondosos y ordenados bosques de la finca de Raby.

A través del parabrisas cubierto por las gotas de lluvia, la imponente masa de piedra medieval del castillo comenzó a recortarse contra el cielo oscuro.

Nicholas redujo la velocidad al divisar las North Lodges [27] a un costado de la carretera.

Viró hacia las enormes rejas de hierro forjado que permanecían cerradas bloqueando el acceso a la propiedad.

Antes de que pudiera tocar la bocina, la puerta de una de las torres de piedra gótica se abrió y un guardián, cubierto por un grueso impermeable, caminó con paso firme hacia el coche bajo la lluvia torrencial.

Nicholas bajó la ventanilla unos centímetros, permitiendo que el rugido del viento inundara el habitáculo.

—El conde Contini-Massera y el señor Nicholas Blohm. El administrador principal nos espera.

El hombre verificó una lista en una tablilla protegida del agua, y con rigidez británica retrocedió para accionar el paso.

—Siga de largo y cruce el puente.

Las pesadas rejas se abrieron lentamente.

El coche avanzó por el sendero privado, flanqueado por árboles centenarios cuyas hojas doradas eran arrancadas por el vendaval. A lo lejos, entre la bruma otoñal, la silueta colosal del castillo de Raby comenzó a perfilarse, rodeada por las aguas encrespadas de su foso.

En lugar de desviarse hacia las áreas comunes, Nicholas condujo según las instrucciones, cruzando el puente fortificado y enfiló directamente hacia el arco de la gran torre Nevill.

Las inmensas puertas de madera del castillo se abrieron ante ellos.

Sin detenerse cruzó el umbral y entró por completo al imponente salón de entrada.

Las llantas rodaron con un eco sordo bajo las bóvedas de piedra gótica, deteniéndose justo frente a una chimenea colosal donde ardían troncos enteros.

Un lacayo de librea ya los esperaba a un costado para abrirles las portezuelas del coche. Habían entrado al corazón de la fortaleza sin recibir una sola gota de lluvia.

Nicholas y Dante descendieron del vehículo bajo las inmensas bóvedas góticas del Salón de Entrada, donde el calor de la chimenea los envolvió de golpe. El mayordomo principal del castillo, un hombre de impecable postura y mirada analítica, los recibió con una reverencia formal.

—Buenas tardes, milores. Sean bienvenidos a Raby. Por favor, permítanme sus abrigos. Lord Thomas de Cleveland los recibirá en unos instantes.

Al mismo tiempo, como una sombra silenciosa, un joven lacayo vestido con chaqueta oscura rodeó el vehículo y se deslizó en el asiento del conductor que Nicholas acababa de desocupar.

Con una suavidad experta, el mozo puso el motor en marcha.

El coche no dio la vuelta; simplemente avanzó hacia adelante, perdiéndose por el túnel abovedado de estilo paladiano que se abría en el extremo opuesto del salón para dirigirse hacia el portón de salida trasero y las cocheras.

—Acompáñenme, por favor —indicó el mayordomo, guiándolos hacia la gran escalinata de piedra—. Les ruego que aguarden en el Salón de los Barones.

Nicholas intercambió una mirada rápida con Dante mientras subían los peldaños. Ambos sentían que caminaban entre los muros de la historia en aquella fortaleza medieval.

Las pesadas puertas dobles de roble del Salón de los Barones se abrieron con un chasquido seco.

El barón de Cleveland cruzó el umbral. Era un hombre de facciones duras, esculpidas por el viento del norte, vestido con un traje de tres piezas de lana local que delataba su estatus sin necesidad de ostentación.

Sus ojos, grises y penetrantes como el cielo que rugía afuera, se fijaron de inmediato en los dos visitantes.