Capítulo 15
El castillo de Raby
S entados a la mesa en The Bell Inn , donde anteriormente habían cenado, con los ánimos más calmados, Dante estudiaba el menú pintado con tiza en una pizarra.
Ambos decidieron comer lo mismo, cordero en salsa de champiñones, acompañado de puré y ensalada de vegetales.
La posada, un refugio de vigas de roble ennegrecidas por los siglos y un suelo de losas de piedras desgastadas, olía a leña quemada, cera para muebles y malta.
Acomodados en una mesa rústica en el rincón más apartado, lejos del calor de la chimenea principal donde charlaban unos lugareños, Nicholas auscultaba el rostro de su amigo tratando de encontrar algún signo que le indicase que todo iba bien.
Nunca había visto a Dante tan frágil. Lo había conmovido verlo así, solo en el mundo.
Como todos, caviló. ¿Acaso los adultos no estamos solos en algún momento de nuestras vidas?
Pero el caso de Dante era patético. El hombre a quien amaba lo había dejado, ¿sería el motivo por el que se encontraba en ese estado?
Tenía los ojos fijos en la pizarra del menú, aunque parecía que su mente estaba lejos, en Roma, o quizá en Gales, donde descubrió su amor por Richard .
El tabernero, un hombre robusto de barba canosa y delantal de lona, se acercó y limpió con un paño la superficie de madera, interrumpiendo los pensamientos de Nicholas.
—Buenas tardes, caballeros —dijo con el pausado acento de Essex al tiempo que examinaba su apariencia—. Bienvenidos a The Bell . Vienen del castillo, me imagino. Pocos bajan por este camino a estas horas si no es para mirar las viejas piedras de la torre. ¿Qué les pongo para combatir la humedad?
—Buenas tardes. Tiene toda la razón, venimos de caminar por los alrededores. Pónganos dos pintas de la cerveza local que tenga pinchada hoy, por favor.
—Excelente elección —asintió el tabernero con orgullo—.
Señor, una Adnams Southwolf fresca, directa del barril.
Nada de gas artificial, amarga en su punto justo.
—Miró a Dante y notó el corte de ropa italiano que vestía y su postura impecable a pesar de los rastros de polvo y la suciedad de su cara—.
¿Para el caballero también? Se sirve a temperatura de bodega, aviso.
A los extranjeros a veces les choca que no esté helada.
—El clima de Essex ya se ha encargado de enfriarme los huesos, amigo mío —dijo Dante con una sonrisa cortés, despertando de su ensimismamiento—. La temperatura de la bodega será más que adecuada.
El tabernero soltó una ronca carcajada.
—Así se habla, milord . No tardo nada .
En cuanto el hombre se dio la vuelta para bajar a la bodega, Dante se inclinó hacia Nicholas con una sonrisa pícara en los labios.
—Parece que por estos lados todo el mundo me conoce —susurró, arqueando una ceja. Nicholas ahogó una risa, mirando de reojo la desgastada barra de madera del pub.
—Es tu aura, conde. O tal vez tu abrigo de mil quinientas libras esterlinas te delata en una taberna de mala muerte. Cuida tu identidad, que los espías de la corona están en todas partes.
Nicholas notó con regocijo que parecía que su amigo había recuperado su estado de ánimo habitual.
—¿Te sientes mejor?
—Sí… y te agradezco por abrirme los ojos. No debemos dudar del manuscrito, que sepamos, siempre ha tenido una razón para guiarnos, no sé por qué esta vez pareciera que nos manda al desvío, pero su motivo tendrá y no pararé hasta encontrar la solución a mi vida.
El tabernero se acercó y apoyó las dos pintas de cerveza densa y sin espuma sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Desean algo más?
—Dos menús por favor. —indicó Dante.
Al retirarse el hombre, señaló el manuscrito que yacía sobre la mesa—. Bien, Nicholas. Mientras el buen hombre nos sirve, releamos la última frase. Por cierto, tienes un aspecto deplorable .
Nicholas evitó darle su apreciación respecto al suyo. Abrió el manuscrito y leyó en voz alta:
No todo lo que brilla es oro. No te desanimes, vas por buen camino.
Más de cien puertas cierran el paso al alma.
En el cuarto del siervo que no tiene nombre, el espejo del tiempo mostrará vuestro ver-dadero rostro.
Dante tamborileaba los dedos sobre la mesa.
—La torre del castillo de Hedingham es imponente, sí, pero es una fortaleza normanda. No tiene cien habitaciones ni de lejos. ¿No nos habremos equivocado de lugar?
Nicholas sopesó sus palabras con la mirada fija en el texto.
—Espera, Dante. «No todo lo que brilla es oro». El manuscrito juega con nosotros. Las cien puertas no corresponden a Hedingham.
—Tienes razón.
—¿Se referiría al castillo de Raby? —preguntó Dante después de pensar un momento. Según tengo entendido es un castillo famoso por la cantidad de cuartos que posee. Busca en Internet y verifica, puedo estar equivocado.
Nicholas fijó la vista en su móvil y después de leer con atención una serie de páginas que iba abriendo, dijo convencido.
—Es el castillo de Raby. No puede ser otro. Ese castillo tiene poco más de cien cuartos.
—No veo entonces cuáles son tus dudas .
—Tienes razón… es solo que el manuscrito me ha hecho dudar. Ya van dos lugares con este que no encontramos lo que supuestamente debemos encontrar. Lo siento. Pero me alegra saber que te has recuperado, entonces ¡vayamos a por Raby!
—Les sugiero que primero disfruten del excelente menú de hoy, caballeros —dijo el tabernero dejando los platos sobre la mesa y dio vuelta para atender a otro comensal.
—¡Por los cuartos de Raby! —brindó Nicholas.
—¡Por los siervos sin nombre! Salud, Nicholas —brindó Dante chocando su vaso con una sonrisa de complicidad.
Ya de noche regresaron a la posada. Dante se comunicó con el piloto para avisarle que saldrían al día siguiente.
—Saldremos a las nueve por carretera hacia el condado de Durham, Enrico. ¿Qué aeropuerto cercano al castillo de Raby hay para que usted nos espere allí?
— Ho capito, signor Dante [25] . Volaremos rumbo al aeropuerto de Teesside.
—El aeropuerto de Teesside…
—Está situado a unos treinta y cinco minutos por carretera desde el castillo, signor Dante .
—Perfecto. No sé exactamente cuánto tiempo estaremos en Durham, me comunicaré con usted cuando vaya camino al aeropuerto.
— Come da Lei comanda, signore [26] .
Al siguiente día, temprano, Nicholas al volante con el infaltable GPS, condujo el coche alquilado rumbo al norte por la histórica carretera A1.
Durante dos horas la conversación entre ellos se había reducido a monosílabos, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos.
Dante cavilaba acerca de su relación con Richard y se preguntaba si finalmente se convertía en un hombre normal, ¿él estaría dispuesto a vivir el resto de sus vidas juntos?
¿Acaso los sentimientos de Richard eran verdaderos?
Comprendía su reticencia a vivir con un hombre que lo vería envejecer indefectiblemente, mientras él conservaba su eterna lozanía.
En cambio, él, Dante, no tendría reparos en vivir con un anciano, siempre y cuando existiese amor.
Y Nicholas agradecía a Dante el hecho de estar enfrascado en esa aventura.
Desde que la habían empezado pudo dormir toda la noche de corrido.
Su mente exhausta de dolor había dado paso a poner toda su concentración y energía en resolver los mensajes del manuscrito, y cuanto más lo pensaba, más estaba seguro estaba de que él era la causa de que el manuscrito los tuviera de un lado a otro sin ningún significado concreto.
¿Acaso sabía que necesitaba dejar de pensar en Dolores?
¡Claro que lo sabía! Si hasta le había insinuado que podía hacerle olvidar sus recuerdos.
Profesó un profundo agradecimiento por el legajo que había regresado a sus manos.
Se sintió especial, el hombre elegido por un manuscrito que al final, estaba seguro, sería la solución de todos sus problemas, incluidos los de Dante, con mayor razón.
—Creo que deberíamos parar allí —señaló Dante hacia lo que parecía una granja. Un letrero anunciaba «Granja Yolk – Huevos frescos – Desayunos».
Y hacia allí enfilaron rodeados por el paisaje de tonos rojizos que bordeaba la zona.
Situado en lo alto de una colina suave, rodeado de campos de cultivo tradicionales y árboles frutales donde la gente iba a recolectar su propia fruta.
El café tenía un gran porche de madera y un patio de grava que miraba hacia un parque señorial.
Al entrar se encontraron en un ambiente relajado, una tienda que exhibía frutas y verduras frescas, huevos y todo tipo de comestibles.
El comedor situado al lado de las ventanas hacía que la luz entrase a raudales.
Eligieron una mesa cualquiera, eran los únicos en el lugar.
Nicholas llevaba el manuscrito bajo el brazo, como siempre.
Lo puso a un lado en la mesa y pidieron una ensalada de salmón ahumado y gambas, que era enorme.
Iba acompañada de pan negro de la casa, remolacha, tomates y berros.
Todo absolutamente fresco y delicioso. Un gran vaso con de café con leche espumoso acompañó el refrigerio que buena falta les hacía.
—No pensé que tuviera tanta hambre —dijo Dante dando el último mordisco al pan .
—Es el estado de ánimo. Yo estuve sin alimentarme de manera adecuada durante varios meses —dijo Nicholas con un dejo de tristeza—, últimamente ha regresado mi apetito.
—¿Qué haremos al llegar?
—Hay un hotel vinculado al castillo de Raby, el High Force Hotel. Esta vez no ocultaremos tu identidad, te presentarás como el noble que eres; eso nos abrirá las puertas del castillo y podremos tratar directamente con quien esté al mando allí.
—Todos estos castillos se han convertido en sitios turísticos para sufragar los gastos de mantenimiento.
Los dueños viven en una parte del castillo y el resto lo utilizan como lugares de visita previo pago de entrada.
Algunos nobles tienen grandes extensiones de tierras y las dedican a la agricultura.
Si no heredaron una gran fortuna deben ponerse a trabajar.