Capítulo 14 #3
Dante se levantó del suelo donde permanecía sentado, se sacudió el polvo del abrigo y Nicholas lo imitó. Al volver la cara hacia él se fijó en las lágrimas que rodaban por su rostro .
—No sé si vivo una bendición o una maldición.
¿Por qué tenía que pasarme esto a mí? Nunca hice daño a nadie.
Tuve una madre poco cariñosa que se enteró de que yo era hijo suyo después de haber sido indiferente conmigo.
[24] —Extrajo un pañuelo y se sonó la nariz—.
Un padre que dijo ser mi tío y me enteré casi al final de su vida que en realidad era mi padre, ¿sabes qué, Nicholas?
, mi vida es una tragedia. He sido utilizado como conejillo de indias con un resultado que odio.
Quiero vivir, pero deseo hacerlo como todos, saber que algún día moriré después de envejecer al lado de la persona que amo. ¿Acaso es mucho pedir?
—Sé por todo lo que has pasado, amigo —susurró Nicholas, justamente es por eso que me aferro a cualquier pista a donde nos lleve el manuscrito.
No pierdas la fe, creo que eso también tiene mucho ver con todo esto.
Tal vez exista una razón para que estemos en estas circunstancias, ¿no lo has pensado?
Dejemos esto como estaba —dijo empujando la pared de piedra hasta dejarla sellada.
Le pasó un brazo por los hombros y juntos se encaminaron hacia la escalera de piedra.
Todo el recorrido les había tomado cuatro horas con diecisiete minutos, según su reloj.
—¿Qué le diremos a Alistair? —inquirió Dante más calmado.
—Tendremos que transferirle un donativo, tal como hemos acordado. Déjalo por mi cuenta .
Salieron del sótano y cerraron la puerta.
El barón no estaba a la vista. Supusieron que había regresado a la feria y hacia allá se encaminaron.
Al llegar a la oficina lo encontraron de pie tras su amplio escritorio.
Se hallaba vestido con una armadura, con casco y todo.
Los miró con cierta reserva, ambos presentaban un aspecto lamentable.
Tenían las caras con manchas de tierra, el cabello blanqueado por el polvo y Nicholas daba la impresión de haber salido de una cueva debido a la marca de suciedad en las rodillas, los codos y en general en toda su estampa.
Seguía aferrando el manuscrito bajo el brazo y la mochila en la espalda.
Dante tenía los ojos rojos y los párpados hinchados.
—¿Cómo les fue con la inspección? —preguntó examinándolos con disimulo.
—Bastante bien, lord Alistair. Es un lugar histórico que merece conservarse tal cual está. No creo que requiera refacciones, pues perdería su calidad de interés histórico, pero estamos dispuestos a hacer una donación por haber permitido de manera tan amable que hagamos la visita.
—Vaya… pensé que…
—No, no, no piense que no estamos interesados.
Es un lugar realmente… interesante tal como está, le repito —miró a Dante—.
Comunícate con tu asistente y ordena que haga una transferencia de diez mil libras esterlinas a nombre de Eventos y Negocios de Castle Hedingham —dijo como si Dante fuese su secretario .
El barón los observó con extrañeza. Definitivamente el tipo era americano, se dijo. Los había más raros. El otro en definitiva era italiano, y de buena familia.
Dante llamó a su asistente y habló en italiano. Cuando empezaba a darle las indicaciones, Romano lo interrumpió.
— Signor Dante, el signor Muscho Merklin ha venido todos estos días para hablar con usted. Siempre llega a la misma hora y se queda un par de horas, a pesar de que le hemos dicho que usted está de viaje.
—Entiendo, pero esto es más importante, Romano.
Te voy a comunicar con lord Alistair Lindsay para que te de los datos para una transferencia.
En cuanto al señor Muscho Merklin, dile que tardaré uno días más en regresar a Roma.
—Le pasó el móvil al hombre detrás del escritorio—.
Por favor, dele los datos bancarios a mi asistente para la transferencia.
—Excúseme, todo esto me parece muy extraño, no puedo dar los datos bancarios a cualquier persona —objetó Alistair.
—Está bien, estimado amigo. Le diré la verdad —dijo Dante.
Perdone por no presentarme como es debido, soy el conde Dante Contini-Massera, italiano, naturalmente —le extendió su tarjeta de presentación—.
Mi amigo aquí, es escritor, Nicholas Blohm, por si lo ha oído nombrar.
Está escribiendo una novela relacionada con su castillo y deseaba visitar algunas partes que no figuran en los folletos turísticos, ¿me comprende?
, para dar más realismo a su historia. Le ruego me perdone .
—¿Es usted el conde Dante Contini-Massera?
, encantado de conocerlo, he oído hablar mucho de usted —dijo Alistair extendiendo el brazo y tratando de sujetar la tarjeta—.
Por favor, déjela sobre el escritorio. Estos guanteletes no están hechos para sujetar tarjetas. —Como le dije, he oído hablar de usted.
La preocupación de Nicholas iba en aumento.
—¿Bien o mal? —preguntó Dante con una sonrisa.
—Bastante bien, obviamente. Usted es hijo de Claudio, un gran amigo. Estuve en sus funerales, y creo haberlo visto allí. Aunque debo decir, conde, que los años parecen no tener ningún efecto sobre usted. Está idéntico a aquel día —afirmó mirándolo con curiosidad.
—Entonces todo está aclarado. Por favor, hable con Romano, mi asistente, y acabemos con este asunto, que a mí los números se me dan muy mal —acució Dante.
Esta vez Alistair no puso reparos. Se quitó los guanteletes, tomó el móvil de Dante y le dio los datos al asistente.
—Espero que le haya sido de utilidad la visita al sótano, señor Blohm.
—Muchísimas gracias, el ambiente es sobrecogedor, y el túnel de ventilación me inspiró mucho. Cuando publique la novela mencionaré el castillo y a su persona, si me autoriza.
—¡Por supuesto!, eso atraerá a los turistas, que es lo que actualmente nos proporciona los ingresos para mantener la propiedad .
—Me alegra que así sea, Lindsay —dijo Dante. Ahora debemos retirarnos, mi asistente dijo que debo resolver algunos asuntos urgentes. Pero por favor, verifique si la transferencia se hizo efectiva.
El hombre presionó algunas teclas, miró la pantalla del ordenador y sonrió satisfecho.
—Todo está conforme, muchas gracias por su colaboración, conde Contini-Massera.
—Para mí fue un verdadero privilegio, milord.
Se despidieron y una vez fuera Dante preguntó:
—¿Y ahora qué?
—Me alegra saber que estás de acuerdo en proseguir la búsqueda.
—No me queda otro camino. ¿No es así? Ya ves los problemas que acarrea mi apariencia. Es como si todo el mundo hubiera conocido a mi padre.
—Hagamos algo. Vayamos a algún lugar agradable para comer algo, asearnos, descansar y proseguir mañana con la búsqueda. Debo investigar lo que el manuscrito ha escrito, esta vez es bastante críptico.