Capítulo 14
El Castillo de Hedingham
N icholas detuvo la camioneta a un lado de la carretera al escuchar la exclamación de Dante. Le arrebató el manuscrito de las manos y leyó la frase como si en ello le fuese la vida.
—«La madera es blanda, el tiempo la corrompe. Buscad la fortaleza del revés, donde el León de Piedra guarda la sangre que no cambia». —Cerró los ojos y trató de concentrarse.
—¿A qué se refiere esta vez? —preguntó Dante con un rostro que denotaba gran expectación.
—El León de Piedra y la sangre que no cambia tiene claramente una asociación contigo.
¿No lo ves? La inmortalidad del linaje normando…
—Nicholas no levantó la vista. Pasó el dedo sobre la línea de trazos elegantes—.
El manuscrito es sutil, Dante. Juega con la historia, no con el presente.
«La madera es blanda, el tiempo la corrompe».
¿Qué fue lo primero que trajeron los normandos?
Castillos de madera que se pudrieron en décadas.
«Buscad la fortaleza del revés». Hedingham es famoso por su torre del ho menaje de piedra del siglo XII.
El lugar debe ser debajo de la torre. Es allí. Tiene que ser allí.
Dante soltó una risa seca, desprovista de humor. Miró hacia fuera ocultando la mirada de lo que Nicholas tanto intentaba descifrar.
—Estás forzando las palabras para que encajen en tu biblioteca cerebral.
«El León de Piedra guarda la sangre normanda que no cambia».
¿Sabes cuántos malditos leones de piedra he visto en los últimos cuarenta años?
Están en las fuentes, en las tumbas, en los escudos de cada noble engreído que quería sentirse eterno; inclusive están en la entrada de Villa Contini —arguyó con fastidio.
—¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Sentarnos a esperar a que el manuscrito nos consuma? —Nicholas finalmente lo miró y por un segundo, su fachada se agrietó, dejando ver su desesperación—. Estoy intentando salvarnos. Estoy intentando salvarte.
—¿A mí? —Dante se giró despacio. La mención de la salvación golpeó un nervio que Nicholas había intentado evitar toda la mañana—.
Quién sabe dónde está Richard, Nicholas—.
El nombre flotó en el espacio cerrado del coche, pesado y frío.
Nicholas se tensó, pero mantuvo la mirada.
—Richard se fue— continuó Dante, y esta vez su voz flaqueó—.
No me llamó al llegar. No ha contestado a mis mensajes.
Se ha ido porque no puede soportar un día más de esta locura.
Mientras tú desentierras fantasmas normandos en los avisos turísticos de Essex, mi vida se está desmoronando en el mundo real. Si esta pista es otra burla...
Nicholas tragó saliva, pero se obligó a aferrarse a la lógica. Era lo único que le quedaba.
—Creo que debes darle tiempo para serenarse. Aprovecha estos días lejos de él para serenarte tú también. Toma todo esto como una aventura si quieres, después de todo, seguimos las pistas que nos escribe un manuscrito que anteriormente nos ha guiado a la verdad.
—¿Cómo sabes que es el mismo manuscrito? Hasta su apariencia es diferente.
—Es su caligrafía… la reconocería entre cientos.
—¿Y crees que no es capaz de falsificarla?
Nicholas calló lo que iba a responder. ¿Sería posible? Empezó a dudar y bajó la mirada. Sus dedos tamborileaban su pecho como si tratase de encontrar una respuesta.
Dante pareció calmarse, miró la carretera y después de un largo rato lo instó a seguir. Se sintió desalmado. Su amigo solo deseaba ayudarlo y él se estaba comportando como un ingrato.
—Vayamos pues, a nuestra siguiente aventura. Hai ragione, amico mio, perdonami per il mio sfogo, so che vuoi solo aiutarmi [23] — se disculpó Dante. Sabía que no le quedaba otro camino.
Nicholas siguió conduciendo hasta el aeropuerto donde ya esperaba la tripulación.
Después de darle al piloto el nuevo destino, volaron unos veinticinco minutos hacia el este de Inglaterra, tiempo que aprovechó Nicholas para hacer una llamada a la administración privada del castillo de Hedingham.
No usó nombres falsos que pudieran levantar sospechas en un control de seguridad, sino una verdad a medias:
—Somos representantes de una fundación privada de conservación histórica interesada en estudiar la arquitectura normanda de Essex para una posible subvención o donación.
A su lado, Dante se regocijaba de la facilidad con la que su amigo resolvía algunas situaciones.
Después de escuchar la respuesta al extremo de la línea, Nicholas prosiguió:
—Nos complacería mucho si el barón Alistair Lindsay nos recibiera en persona mañana en privado, si fuera posible. Podemos ofrecer una generosa donación inicial por esa exclusividad.
Después de escuchar la respuesta, pareció satisfecho. Se despidió y dijo:
—Todo está arreglado. El mismo sir Alistar nos atenderá.
—El dinero abre todas las puertas —sentenció Dante.
El descenso del Gulfstream en el aeropuerto de Londres-Stansted fue rápido.
Tras dejar atrás el jet, subieron a una camioneta de alquiler llevando los consabidos aperos por si hacían falta.
Un trayecto de unos treinta minutos que fluía primero por la carretera A120 hacia el Este, para luego desviarse hacia el Norte adentrándose en el corazón rural de Essex.
A medida que se acercaban al pueblo de Castle Hedingham, las vías rodeadas de setos se estrecharon.
La campiña de colinas suaves y casas con tejados de paja que parecían hechas de suave terciopelo marrón congeladas en el tiempo, regalaban un idílico paisaje de otoño.
—Tienes razón amigo, esto es como un alto en mi rutina, un paseo para el alma. Veamos que encontraremos en ese castillo, y que sea lo que Dios quiera.
El cielo estaba oscureciendo y las nubes amenazaban lluvia.
—Debemos hallar un lugar donde quedarnos —dijo Nicholas y detuvo el vehículo a un lado de la carretera.
Buscó con la agilidad de sus dedos acostumbrados a obtener información y sonrió satisfecho—.
Listo. Logré encontrar una cabaña, es Walnut Tree Cottage Barn , Se alquila completa por temporadas y también por noche, por suerte estaba libre.
Está a unos tres kilómetros y medio del castillo.
Tendremos que buscar un restaurante, porque es únicamente alojamiento y no hemos comido sino bocadillos en todo el día.
Siguió con la camioneta por la misma vía hasta llegar a un pub que tenía una campana pintada en un letrero.
Rezaba: The Bell Inn . Estaba a rebosar de gente.
Lograron ser atendidos y después de una cena ligera fueron a la cabaña y cayeron rendidos en las camas de sus respectivos cuartos hasta el día siguiente .
Temprano, al cruzar las puertas de la propiedad de los terrenos que pertenecían al castillo de Hedingham, el contraste fue inmediato y brutal.
Aunque era muy temprano, no estaban solos.
Se encontraron de frente con el bullicio de un mercado medieval turístico.
Había banderolas de colores, puestos de madera que vendían artesanías e imanes para la nevera y familias con niños correteando con espadas de plástico.
Sin embargo, al levantar la vista, a los ojos de Nicholas la atmósfera festiva se desvanecía bajo el peso de la historia.
Allí, erigiéndose sobre una colina verde de forma imponente, se alzaba el torreón del castillo.
Para él, la primera impresión era la de haber descifrado el acertijo con maestría exacta.
El torreón normando, construido alrededor del año 1140, un bloque de piedra calcárea de casi treinta metros de altura de muros descomunales, simétricos y severos; una fortaleza que había sobrevivido a asedios, reyes y al propio paso del tiempo.
Dante contemplaba esas piedras húmedas, de un gris pálido y gastado, y veía la confirmación de la teoría de Nicholas: aquella era la fortaleza que no se corrompía, el monumento de piedra que se reía de la madera blanda que decía el manuscrito.
La majestuosidad de la torre alimentó en Nicholas la fe ciega de que estaban a punto de tocar el secreto de la inmortalidad.
Para Dante, en cambio, la impresión era diferente.
Mientras su amigo admiraba la arquitectura, él se ajustaba la gorra y se colocaba las gafas oscuras sintiendo que no pertenecía a ese mundo en el que todos nacían, vivían, envejecían y morían.
—Solo se vive una vez, Dante, disfruta de todo esto —dijo Nicholas, señalando alrededor, donde en efecto, la vida parecía bullir.
—No, querido amigo, se vive muchas veces y de muchas formas. Se muere solo una vez.
Nicholas cayó en la cuenta de que había hablado sin pensar.
Palabras hechas, que justo en ese caso no tenían razón de ser.
Localizó la edificación donde se hallaba el despacho de Alistair Lindsay, según las instrucciones que recibió por el móvil.
Un hombre de pie frente a una casa de estuco de techo a dos aguas se destacó entre la multitud de turistas por su aspecto imponente y sus botas embarradas.
Nicholas supuso que el hombre hablaba con alguno de los dueños de los puestos de chucherías.
Se adelantó con una sonrisa educada y esperó a que terminara de conversar, mientras Dante se mantenía un paso por detrás, con la visera de la gorra baja y las manos en los bolsillos de su abrigo, esta vez de diseñador.
—¿Lord Lindsay? Buenos días. Soy Nicholas Blohm —se presentó estrechando la mano curtida del aristócrata, sin inmutarse por el agarre rudo—. Hablamos por teléfono desde el aeropuerto. Este es mi socio, el señor Dante Contini. Estamos muy agradecidos de que nos reciba en un día tan concurrido .
El hombre miró a Dante de pies a cabeza, tomando nota de su ropa cara y su juventud impecable. La mención del dinero y la llamada previa disiparon cualquier duda.