El trato (El manuscrito 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

La capilla de Santa María

D ante y Nicholas regresaron a la cabaña para tomar un merecido descanso después de comer algunos tentempiés, antes de dirigirse al castillo.

—¿Crees que de veras lady Margaret conoció a tu padre?

—No lo dudo. Y eso me preocupa. Podría sacar cuentas y deducir… lo que ya sabes.

—En todo caso, si eso ocurriera, ¿qué podría hacer? No existe una ley que te obligue a envejecer —dijo Nicholas.

—Me pregunto qué sucederá conmigo si recupero la facultad de hacerlo. ¿Proseguiré envejeciendo a partir de como soy ahora o me convertiré de golpe y porrazo en un hombre de cincuenta y un años?

—No lo sabremos hasta que suceda, Dante. Cualquiera de los dos casos es mejor que lo que tienes ahora, ¿no crees?

—Tienes razón.

Ya en camino hacia la gran portalada del castillo, el vigilante nocturno, avisado por Arthur, les abrió la verja.

A esa hora el sol empezaba a ocultarse rozando las colinas de los Cotswolds.

El cielo, de un tono azul cobalto profundo, acompañó los pasos crujientes de Dante y Nicholas sobre la alfombra de hojas secas y húmedas.

Un paseo de unos diez minutos en absoluta soledad por los senderos del jardín de la reina los llevó a la puerta oeste de la capilla.

Se encontraron cara a cara con dos tallas de piedra medievales que flanqueaban el arco.

Justo encima de la puerta, unas estatuas victorianas de estilo gótico los observaban desde sus hornacinas.

Dante se subió el cuello del gabán. El frío era intenso, una humedad gélida que el viento arrastraba al igual que sus frondosos cabellos.

Nicholas buscó la llave del bolsillo derecho de su cazadora.

Era pesada, de unos quince centímetros de largo, con un diseño calado en la empuñadura.

La introdujo en la enorme bocallave de hierro y se escuchó el chasquido metálico del pestillo.

Empujó la hoja de roble que emitió un sordo crujido debido a la humedad y el peso de la madera, y se internaron en la negrura del interior.

Al extender la mano, Nicholas se topó con una gruesa cortina de terciopelo, colocada allí para evitar que las corrientes de aire del campo de Gloucestershire entrasen al templo.

La apartó de un manotazo sin saber de qué se trataba; el movimiento brusco alertó a Dante, quien, armado con una linterna, iluminó el tejido polvoriento.

Apartaron el pesado cortinaje y pisaron el suelo de mármol de la nave.

Provistos de cepillos para quitar el polvo y un par de linternas LED —aprovisionadas por el siempre comedido Nicholas—, cerraron la puerta y se adentraron en la penumbra.

La nave y el presbiterio estaban en una sola línea contigua; era un pasillo despejado hasta el altar.

El aire denso, quieto, atrapado, se confundía con el olor de la cera fría, la piedra húmeda que no ha visto el sol y la madera antigua.

Los haces de las linternas cruzaban el espacio, haciendo destellar los colores de los altos vitrales proyectando sombras alargadas sobre las baldosas de piedra.

El silencio solo era roto por el eco apagado de sus suelas de goma.

Al fondo, resaltaba la tumba de mármol de Catalina Parr, coronada por un intrincado dosel de piedra de estilo gótico. Dante extrajo el manuscrito de la mochila y lo abrió. Iluminó el texto con la linterna:

La inmortalidad es un peso que no se entierra,

si buscas el final de tu hilo,

búscame donde los reyes de Escocia desafiaron al destino

y la reina Catalina la encontró.

Nicholas razonó en voz alta:

—«Donde los reyes de Escocia desafiaron al destino».

El rey Jacobo VI de Escocia y los descendientes de la línea escocesa desafiaron y alteraron el destino de la sucesión de la corona inglesa, ligando indirectamente su historia al devenir de propiedades como Sudeley.

Y «la reina Catalina la encontró» se refiere a su propia inmortalidad; cuando descubrieron su tumba por primera vez, lucía como un cadáver vivo.

El texto sigue insistiendo en la tumba. Si nos enfocamos en el mensaje anterior: «Buscad donde la última esposa duerme bajo el dosel de piedra.

El secreto está en el corazón de la reina de madera que mira al Norte», creo que daremos con algo.

Dante se acercó a la tumba y la barrió con el haz de la linterna.

—Reina de madera que mira al Norte —murmuró.

Nicholas escudriñó la iconografía sacra con su propia linterna y enfocó los detalles ornamentales de la esquina.

Después de un tiempo examinando con minuciosidad las tallas de madera, descubrió una pequeña e intrincada, el relieve en madera de una reina coronada que apuntaba exactamente hacia el norte.

Se colocó unos guantes quirúrgicos para no dejar huellas y presionó sutilmente la figura.

El corazón tallado de la madera cedió con un crujido seco, revelando un compartimento oculto en la estructura.

Dante se adelantó con el corazón acelerado, seguro de que estaban a punto de descifrar un misterio de siglos.

Introdujo los dedos antes de que Nicholas tuviera tiempo de advertirle que se pusiera los guantes.

Esperaba encontrar un pergamino, una llave, una caja metálica, una pócima...

algo que le sirviera para dejar de ser un anormal.

Pero no había nada. Sus yemas solo palparon polvo y telarañas.

Nicholas iluminó cada rincón del hueco. El compartimento estaba completamente vacío, limpio de cualquier rastro moderno o antiguo que sugiriera que alguna vez resguardó un objeto.

—El manuscrito nos ha engañado.

—O alguien se nos adelantó —murmuró Dante con rabia, mientras se sacudía los dedos. Su rostro, recortado por la cruda luz de la linterna de Nicholas, reflejaba una mezcla de incredulidad y furia contenida.

—El manuscrito fue específico, Dante —dijo Nicholas, manteniendo una fría calma profesional, aunque con un deje de decepción en la voz—.

«Buscad donde duerme la última esposa...

». La ubicación es exacta. Si la pista es falsa, significa que el texto nos arrastró hasta aquí a propósito.

Un cabo suelto para hacernos perder el tiempo.

No lo entiendo. ¿Por qué? Creo que alguien encontró lo que allí había y lo debe tener en su poder.

Dante miró hacia el dosel de la tumba de la reina y luego consultó su reloj de pulsera.

Faltaban apenas cinco minutos para que se cumpliera la hora pactada con Arthur.

En ese instante, creyó escuchar el eco sutil de unos pasos acercándose por el sendero exterior del jardín.

—Nos ha tomado el pelo, Nicholas —dijo Dante, dándole la espalda al monumento con profunda frustración—.

Cinco mil libras tiradas a la basura para mirar un agujero polvoriento.

Vámonos de aquí antes de que el joven lord venga a saborear su victoria.

—¿Tú crees que él tenga algo que ver con esto? Es imposible.

—Su reticencia…

—Era una impostación, amigo. La vergüenza de recibir ayuda, eso era. ¿Cómo iba a saber qué era lo que buscábamos?

—Tienes razón. Pero eso no quiere decir que encontró algo sin saber el valor que tenía para mí .

Salieron de la capilla justo cuando Arthur llegaba a la puerta. Le entregaron la llave, y le agradecieron.

—Espero que hayan tomados muchas fotos.

—Las suficientes, milord.

—Me llamó la atención que no encendieran las luces.

—Me gusta el misterio, milord, la atmósfera de la capilla en penumbra es incomparable.

Arthur verificó que la puerta estuviera cerrada con doble vuelta y los acompañó hasta la salida del complejo.

—Que tengan buenas noches, señores.

De pronto, Dante retrocedió unos pasos.

—Disculpe, milord. ¿Podría decirme si en alguna ocasión usted inspeccionó la tumba de la reina Catalina?

—¿Se refiere a si encontré algún objeto mágico o un Santo Grial?

—No precisamente… milord, solo…

—¿Un arrugado papel con una escritura sin sentido?

Las miradas de Dante y Nicholas se cruzaron. Arthur, con una sonrisa malévola los miró a ambos.

—¿Dice que encontró un papel?

—Sí. Un papel viejo escrito en italiano, dejado allí con alguna petición a una santa, supongo que el que lo dejó allí, un católico —los miró con cierto desprecio— pensó que ella lo era, pero todos sabemos que Catalina fue una ferviente protestante. Así que lo eliminé.

—¿Qué decía el papel?

—La verdad, no hablo italiano, fue hace ya algún tiempo, de vez en cuando limpiamos hasta el último rincón, no se imaginan cuánta gente deja objetos extraños y notas con peticiones.

Derrotados, ambos amigos se fueron directamente a la cabaña. Empacaron sus cosas y fueron en busca de la camioneta. En el camino Dante se comunicó con el piloto.

—Partiremos hoy mismo —le notificó—. Estamos en camino al aeropuerto, los espero allá.

—Ahora sí que estamos en problemas. El desgraciado botó el mensaje que estaba destinado a mí.

—¿Y si en realidad era una de las tantas notas que dijo Arthur que dejan los creyentes?

—Entonces quiere decir que el manuscrito está jugando con nosotros.

Al cabo de un rato Nicholas preguntó:

—¿Tú sabías que se podían encender las luces de la capilla?

—Ni idea.

—«La atmósfera de la capilla en penumbra es incomparable» —remedó Nicholas, y lanzó una carcajada que fue acompañada por la de Dante quien, por suerte, empezaba a recuperar la calma.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Dante.

El manuscrito yacía sobre sus piernas. Lo abrió con desgana, y sus ojos se clavaron en una frase corta:

La madera es blanda, el tiempo la corrompe. Buscad la fortaleza del revés, donde el León de Piedra guarda la sangre normanda que no cambia.