Capítulo 12
Richard Raising
R ichard arrastró los pies por el mármol de la villa sosteniendo el vaso de cristal con una fijeza casi hipnótica.
Catorce años. Habían transcurrido catorce años desde que conoció a Dante Contini-Massera.
Richard tenía veinticinco entonces; una edad en la que el futuro parecía infinito.
Ahora, a sus treinta y nueve, el espejo del baño principal le devolvía las primeras líneas finas alrededor de los ojos y una sombra de cansancio que ningún tratamiento de lujo podía borrar.
Mientras tanto, Dante seguía congelado en la perfección de sus veinticuatro años. La misma piel tersa, la misma energía insultante de quien ignora el tic-tac del reloj.
Salió a la terraza. El atardecer de Fregene sangraba un color púrpura sobre el Tirreno, pero la belleza del paisaje solo aumentaba su melancolía.
Se apoyó en la barandilla de teca, mirando la piscina infinita.
En esa misma piscina, veranos atrás, se habían reído del mundo.
Hoy, la casa se sentía como un mausoleo de cristal.
El malentendido que lo había empujado a huir de Gales seguía ardiendo en su pecho.
Se arrepentía de no haber ofrecido disculpas a Dante, porque sabía el daño que le estaba causando.
Él ya estaría en Inglaterra buscando su Santo Grial.
Richard sabía perfectamente qué buscaba su pareja entre la niebla británica: una pista, un hilo conductor que El Manuscrito le había revelado.
Lo entendía perfectamente, pero era una ironía cruel.
Mientras Dante cruzaba Europa persiguiendo un mito, Richard sentía que había quedado atrás, atrapado en las leyes de la biología humana.
Miró sus propias manos. ¿Qué pasaría en diez años? ¿En veinte? Se imaginó a sí mismo como un viejo decrépito, un anciano de cabello cano y andar tembloroso, sostenido por el brazo de un Dante eternamente joven e inmutable. Sería un objeto de lástima, una reliquia perecedera.
El viento del mar arreció, agitando las cortinas de lino con un sonido similar a un suspiro.
Richard bebió el último trago de su Negroni, sintiendo el amargor en la garganta.
Estaba solo en la mansión de la playa, rodeado de un lujo que no podía comprarle lo único que necesitaba: la certeza de que el amor de su vida no lo vería marchar hasta convertirse en ceniza.
Cerró los ojos y oró por que el manuscrito los condujera hacia la respuesta correcta.
Lo había hecho con él, ¿entonces por qué dudaba?
Algo le decía que el tal Muscho Merklin tenía la respuesta, pero Dante no había querido escucharlo.