Capítulo 11 #2
Nicholas lo miró tratando de ocultar su asombro. ¿De cuándo a esta parte él tomaba la iniciativa?, se preguntó, pero se alegró del cambio de humor de su amigo.
—¿Qué propones?
—Vayamos directamente al castillo. Este atuendo no me sirve —dijo observándose a sí mismo; esperemos que no influya demasiado en los señores Dent-Brocken.
—Y yo me pondré mis gafas —arguyó Nicholas sin saber aún de qué se trataba—. Al menos me hará ver intelectual.
Con el aire magnánimo que lo caracterizaba, Dante se acercó al guía turístico que en ese momento se dirigió a él y al resto de visitantes :
—Síganme, señores. Como pueden observar, todo lo que concierne a este castillo es absolutamente genuino en esta capilla…
—Perdón por interrumpir, señor…
—Soy Frances Harper, para servirle.
—Señor Harper, solicito hablar con lady Dent-Brocken.
—Ella no recibe visitantes, señor…
—Conde Dante Contini-Massera.
—¡Ah!, lo siento, disculpe, señor conde, lo comunicaré con su hijo. —Hizo uso de su móvil y le explicó que un señor deseaba hablar con su madre—. Pueden dirigirse al castillo, lord Dent-Brocken los estará esperando en la puerta —les dijo, y siguió su alocución a los visitantes.
Al aproximarse al castillo, vieron a un individuo de mediana edad de pie ante la puerta.
Su aspecto contrastaba con la nobleza de su título.
Su vista estaba fija en Dante, como si lo hubiera reconocido a pesar de su aspecto.
Nicholas notó la deferencia y supuso que, si alguien buscaba a un conde, jamás lo confundirían con uno.
Tal como previó, el hombre se dirigió a Dante.
—¿Conde Contini-Massera?
—El mismo. ¿Con quién tengo el gusto?
—Lord Arthur Dent-Brocken.
—Encantado de conocerlo, ¿me permitiría conversar con su madre, lady Dent-Brocken? Es un asunto particular que puede ser beneficioso para ambos.
—Sígame, por favor .
—Vengo con mi asesor. Vayamos, Nicholas.
Lord Arthur examinó a Nicholas de pies a cabeza levantando las cejas ligeramente y asintió.
El hombre caminó por un largo pasillo hasta una enorme puerta tallada de doble hoja.
Abrió una de ellas y los invitó a pasar.
La inmensa estancia tenía el aspecto de una biblioteca y oficina al mismo tiempo.
Dante supo que era la Private Wing [21] del castillo.
Lady Margaret se hallaba sentada en un sofá desgastado, con una taza de té en la mano.
Su hijo los presentó:
—Madre, es el conde Contini-Massera y su asesor, el señor…
—Nicholas Blohm —se apresuró a decir Nicholas, inclinando levemente la cabeza.
—Buenos días, lady Margaret —saludó Dante con una elegante inclinación de su testa—.
Para mí es un enorme placer visitar su legado familiar.
He leído bastante sobre Sudeley y la magnífica conservación que han logrado de estos muros a lo largo de los siglos.
Un verdadero santuario para los amantes de la era Tudor.
Lady Margaret sonrojada y visiblemente complacida por el conocimiento que mostraba Dante, señaló los muebles con un gesto aristocrático de la mano.
—Sean bienvenidos, por favor, tomen asiento —dijo acomodándose en su sillón mientras extendía la mano hacia una pesada tetera de plata que descansaba sobre la mesa—. Justo a tiempo para el té. ¿Leche o limón, conde?
—Unas gotas de limón serían perfectas, milady. Si no me equivoco, estas molduras de madera del techo datan de la misma época en que Thomas Seymour residió aquí tras su matrimonio con la reina Catalina. Es fascinante cómo han resistido el paso del tiempo.
Al escuchar la precisión del dato histórico, Nicholas desvió por un segundo la mirada para observar a su amigo.
A pesar de los años que se llevaban conociendo, no pudo evitar una sutil expresión de asombro.
Sabía que Dante era un hombre culto, pero la naturalidad y el nivel de detalle con el que dominaba los entresijos de la Inglaterra del siglo XVI frente a la mismísima dueña del castillo era algo que no se esperaba.
Lady Margaret detuvo el movimiento de la tetera en el aire. Sus ojos nublados por la edad, pero aún agudos, se fijaron con renovado interés en las facciones del conde.
—Sorprendente… —murmuró ella, entregándole la taza de porcelana fina con una sonrisa nostálgica—.
Contini-Massera… Sabía que ese apellido me resultaba familiar desde que Arthur me anunció su visita, pero ahora que lo escucho hablar con tanta pasión por la historia, no me cabe duda.
¿Por casualidad es usted hijo del conde Claudio Contini-Massera?
Dante asintió, sorprendido. Una nube de temor se posó en sus ojos. Su juventud, su maldita juventud esperaba que no lo pusiera en aprietos .
—Así es, Lady Margaret. El conde Claudio era mi padre. Falleció hace ya algunos años.
—Oh, lo lamento mucho —dijo la condesa, cruzando las manos sobre el regazo—.
Tuve el placer de conocer a Claudio en los años setenta, durante una recepción benéfica en la embajada italiana en Londres.
Recuerdo que su padre pasó casi toda la velada debatiendo con mi difunto esposo sobre manuscritos antiguos y heráldica.
Tenía exactamente ese mismo brillo en los ojos cuando hablaba del pasado.
Es un verdadero honor tener a su hijo hoy bajo este techo.
—Dio una mirada a su entorno y, como si quisiera justificar el deterioro, adujo—: El mantenimiento de una propiedad del siglo XV en pleno siglo XXI es un desafío constante, conde.
El Estado exige rigor histórico, pero las subvenciones nunca son suficientes.
Nicholas Blohm, sentado al lado de Dante, se ajustó sus gafas y consultó discretamente una tableta electrónica antes de intervenir con voz pausada y técnica, mientras la dama le servía una taza té.
—De hecho, Lady Margaret, nuestra firma de asesoría legal y patrimonial en el continente trabaja de cerca con varias fundaciones de preservación histórica.
Estábamos revisando el estatus de The Friends of Saint Mary's Chapel .
Es encomiable el esfuerzo que hacen, pero estimamos que la restauración del vitral oriental requerirá una inyección de capital inmediata antes de que entre el invierno.
Arthur se movió sutilmente, cruzando los brazos. Su mirada recorrió a los dos extranjeros con abierta suspicacia .
—Agradecemos su interés profesional, señor Blohm —intervino, aguantando la voz—. Pero los asuntos de la capilla los gestionamos de manera interna. No estamos buscando socios inversores para el patrimonio familiar.
—No se confunda, lord Dent-Brocken —replicó Dante, suavizando el ambiente con un gesto elegante de la mano—.
Mi estimado Nicholas solo habla de números.
Yo prefiero hablar de devoción por la historia.
La reina Catalina Parr merece que su última morada esté impecable.
Por ello, me gustaría realizar una donación directa y privada al fondo de la capilla.
Digamos... cinco mil libras. Ahora mismo.
El silencio se instaló en la habitación. Lady Margaret miró el reflejo del té en su taza. Cinco mil libras no solucionaban la vida, pero pagaban la factura de la luz del castillo y cubrían la reparación urgente de las canaletas de la iglesia.