Capítulo 11
Viaje a Inglaterra
U na vez el avión en tierra, Dante se dirigió a Richard.
—Estamos en Edimburgo, hasta aquí llegó tu aventura.
La auxiliar de vuelos abrió la puerta de la cabina de pasajeros, la escalera se desplegó de manera automática, el copiloto bajó y esperó a Richard. Él miró a Dante y a Nicholas y bajó en silencio.
Nicholas quiso hablar, defensor de la búsqueda, pero empezaba a hartarse de la actitud negativa de Richard y se contuvo. Tal vez les iría mejor a Dante y a él solos, como en los viejos tiempos.
Dante reprimió el deseo de decirle que no se fuera, sin embargo, se sentía herido. Preferiría que Richard se hubiese retractado de manera voluntaria, pero no había sido así. Un velo de tristeza cubrió su rostro y bajó los ojos para evitar que Nicholas advirtiera su desencanto.
El copiloto subió, accionó el mecanismo de cierre y se dirigió a la cabina de vuelo. Poco después, el piloto anunciaba el despegue rumbo al aeropuerto de Oxford en Inglaterra. La asistente de vuelo indicó que deberían ajustar sus cinturones y al parecer fue un gesto que ayudó a calmar los ánimos .
Despegaron de Edimburgo y ascendieron rápidamente hacia el espacio aéreo escocés y llegar al oeste de Inglaterra. El piloto anunció que el vuelo tardaría cuarenta y cinco minutos aproximadamente y el aviso de desabrocharse los cinturones apareció en la pequeña pantalla del frente.
Nicholas encontró una página en Internet que ofrecía alojamiento cerca del castillo.
Ya era tarde y empezaba a oscurecer, pensó que sería bueno consultar con ellos.
Una serie de cabañas encantadoras esparcidas en las cercanías del castillo se alquilaba a grupos o individuos.
Reservó la que decía ser la antigua Casa de Huéspedes de Sudeley, una cabaña para seis personas con tres dormitorios y dos baños.
Le pareció la más conveniente, y por ciento ochenta y nueve libras la noche, no estaba nada mal.
Dante dio indicaciones a la tripulación para que se alojasen en algún hotel cercano al aeropuerto. Todos los gastos correrían por cuenta de Dante, como siempre.
—El Ramada de Cheltenham nos queda cerca —dijo el piloto.
—Me comunicaré con ustedes cuando estemos de regreso para partir —dijo Dante y se despidió.
Nicholas y él cargaron con sus respectivos aperos en las mochilas y fueron a una agencia para alquilar una camioneta. Veinticinco minutos después, por la carretera A40 llegaron a Winchcombe, el lugar de alojamiento.
Se registraron y con llave en mano fueron caminando hacia la cabaña de nombre «Casa de Huéspedes de Sudeley».
En el camino Nicholas le explicó a Dante que para entrar al castillo o a cualquier otra dependencia solo tenían que presentar la llave de la cabaña o el comprobante de reserva en el Centro de Visitantes, en donde les emitirían un pase que les permitiría entrar tantas veces como deseasen, mientras permanecieran hospedados en el lugar.
—Solo tenemos un lugar al que nos interesa ir y lo haremos mañana temprano. La capilla de Santa María —aseguró Dante.
—Así es. Aunque estoy viendo que no es sino hasta las diez de la mañana cuando la abren al público —dijo Nicholas al tiempo que hojeaba el horario en el móvil.
—Tenemos que ser los primeros para no toparnos con mucha gente.
—Es lo mejor. Ahora pienso darme un baño y salir para comer algo. Te dejo el dormitorio principal.
Dante sonrió.
—No era necesario, pero te lo agradezco, y tienes razón, no hemos comido algo decente desde que salimos de Roma. Haré lo mismo.
Ya duchados y dispuestos ambos salieron de la cabaña y se enfrentaron al frío de la noche en Sudeley, rumbo al estacionamiento.
—Tenemos el tiempo justo, parece que por aquí todo cierra muy temprano.
—¿Adónde iremos ?
—Al León Rojo Inn en el pueblo, está cerca.
—Espero que tengan un menú decente —murmuró Dante, acostumbrado a la buena comida italiana. Con Nicholas al volante recorrieron el corto trecho hasta el pueblo.
El León Rojo Inn era la típica posada inglesa de pueblo. Con la estrecha fachada de piedra, dos pequeñas ventanas al frente y su techo a dos aguas de tejas de madera no daba la impresión ser demasiado grande. Al cruzar la puerta el ambiente acogedor hizo que ambos se sintieran confortables.
Después de examinar la carta, Dante reparó en que se trataba del menú del día.
Pidieron lo que figuraba allí y pronto les llevaron los entremeses que consistía en ensalada de brócoli a la parrilla, stracciatella [20] , rúcula, vinagreta de tomate y almendras tostadas y, de plato fuerte, un filete de ternera, chimichurri de pimientos asados, patatas fritas con piel y ensalada de berros y rábanos.
En realidad, no había mucho de dónde elegir, aparte de una serie de cocteles exóticos que Dante consideró como poco recomendables.
—La comida es una delicia, retiro mis reparos —adujo Dante, al terminar de deglutir un trozo de ternera—. La carne es suave y jugosa, y este vino la acompaña de maravilla.
—Absolutamente de acuerdo. —Nicholas paseó la mirada por el pequeño restaurante y notó que aparte de ellos solo había una pareja de jóvenes norteamericanos.
Su acento era inconfundible. El restaurante estaba preparándose para cerrar y apenas eran las veintiuna horas.
Recordó el horario y supo que era hora de retirarse.
—Dante hizo un gesto y el mesonero, solícito, les llevó la cuenta.
Después de pagar y dejar una propina apropiada, salieron del local, mientras el otro de los mesoneros se acercaba a la pareja norteamericana, probablemente para invitarlos a terminar con su colación.
—Pudimos haber venido caminando —dijo Nicholas—. Pero nunca se sabe qué se puede encontrar en el camino.
—¿Cuál es el plan para mañana?
—Nos vestiremos como turistas.
—¿Cómo es eso?
—Algo así como suéteres gruesos, pantalones cargo, tenis, llevaremos paraguas porque sin duda lloverá. En este país llueve cuando menos lo esperas.
—No tengo pantalones cargo.
—Los tienes, Quentin los puso en tu maleta.
—Yo llevaré una mochila pequeña para resguardar el manuscrito y tener las manos libres, dado el caso.
—A veces ese manuscrito me produce escalofríos.
—No voy a negar que es intimidante.
—Me llama la atención que no lo hayas traído.
—Iba a traerlo, pero creo que merece un descanso .
—Como si se tratara de una persona —dijo Dante con escepticismo.
—A veces pienso que es así. Si no, ¿cómo te explicas que nos hable?
Dante sacudió su cabeza como liberándose de pensamientos nefastos.
Tenía una envidiable cabellera castaña, propia de un joven de la edad que representaba, y a los ojos de Nicholas, sin duda era un hombre muy bien parecido, su perfil patricio, sus modales, su postura, todo en él parecía un personaje de novela.
Sonrió al pensarlo. Un personaje de novela.
Y él era un escritor. ¿Sería esta aventura apropiada para verterla en un libro?
Hizo una mueca con los labios. No le haría eso a Dante.
Al llegar a la cabaña cada uno subió a su dormitorio.
Lo primero que hizo Nicholas fue abrir el manuscrito con la esperanza de encontrar alguna pista, algo que le dijera qué es exactamente lo que tenía que buscar, pero aparte de lo ya escrito, no había nada más.
Lo cerró, se desnudó y se puso el pijama.
Estaba exhausto, se quedó dormido de inmediato.
Dante, por su lado, no tenía sueño. Se sentía agotado emocionalmente, pero no sentía el cansancio de un día tan ajetreado.
Abrió la ventana y el frío lo golpeó en plena cara, respiró profundo, llenó sus pulmones con el aire fresco cargado de aromas a vegetación y a humedad de lluvia y pensó en Richard.
¿Cómo pudo estar tan equivocado con él? Catorce años viviendo juntos y jamás hubo un atisbo, una señal o una sospecha de que sus sentimientos fuesen falsos.
¿Acaso era tan horrenda para él la idea de envejecer a su lado?
¿Le interesaría únicamente su fortuna? Aquello estaba descartado, porque había asegurado una serie de bienes para él.
Y Richard lo sabía. Maldijo a su padre por haberlo hecho partícipe de sus experimentos y, lo que era peor, no fueron para que él, Dante, fuese eternamente joven, sino para que su padre lo fuese.
Aquellas transfusiones… ¿Por qué a la mayoría de la gente le parecía que ser inmortal era maravilloso?
Pudo conciliar el sueño cerca de las tres de la madrugada, y no despertó hasta pasadas las nueve, cuando Nicholas tocó a la puerta, entró y removió sus hombros.
—Despierta, Dante. El manuscrito volvió a hablar.
Estas cinco palabras hicieron que Dante se despejara por completo. Miró lo que Nicholas señalaba:
Buscad donde la última esposa duerme bajo el dosel de piedra. El secreto está en el corazón de la reina de madera que mira al Norte.
—¿Y qué puede significar esto?
—La reina Catalina Parr fue la última esposa de Enrique VIII y está enterrada aquí. Ella es «la última esposa». Creo que «la reina de madera» puede ser una estatua oculta o un relicario, algo que tal vez esconda alguna pócima que te devuelva la mortalidad.
—Eso no tiene ningún sentido. Esta capilla fue prácticamente demolida en varias ocasiones durante las guerras civiles de Inglaterra, según dijiste .
—Pero recuerda que el manuscrito, no sé cómo lo hace, tiene acceso a información, ¿quién te dice que a lo mejor sabe lo que sucedió después de que fue enterrada definitivamente en la capilla de Santa María?
—Bueno, probemos a ver qué encontramos.
Después de vestirse conforme habían planeado, ambos amigos se apersonaron caminando hacia el castillo.
Mostraron sus reservas de alojamiento y tuvieron libre entrada a todos los lugares accesibles a los visitantes, incluyendo la capilla.
Al llegar se encontraron con una fila de personas que deseaban entrar. Y otra fila que iba saliendo.
—Así no podremos encontrar nada.
—Tendremos que hacer uso de la astucia —opinó Dante.