El trato (El manuscrito 4) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—¿Crees que valga la pena? —preguntó Richard—. El rictus de sus labios indicaba que la situación lo tenía al límite.

—¿Deseas encontrar la solución de tus problemas?

—El problema es de Dante.

Dante arrugó el ceño y sus ojos se volvieron dos rayas. No dijo nada, solo lo miró y después a Nicholas, quien se había quedado de piedra al escuchar esa respuesta.

—Sé que esta vez el manuscrito nos ha enviado a un lugar equivocado, pero al menos tenemos otra pista, Richard, no es momento para desanimarse. Recuerda que siempre se ha portado bien con nosotros —dijo Nicholas

—Lo sé, pero esta vez pareciera que está jugando con nosotros.

—Y si así fuera, ¿qué?

—No parecías tan alegre después de encontrar la nota.

—Estaba furioso. Pero de todos modos tenemos una nueva pista, no perdemos nada con seguirla.

—¡No me importa, Nicholas! Ese libro se está burlando de nosotros.

Nos lleva dando vueltas como idiotas. Hemos debido hablar primero con Muscho Merklin para descartarlo.

Y Dante, estás arriesgando tu seguridad por un mapa digital y un acertijo que no lleva a ninguna parte.

Yo los dejo. Llévame al aeropuerto. Me vuelvo a Roma en el primer vuelo comercial que encuentre.

No pienso seguir perdiendo el tiempo en esta pantomima.

Para no perder los estribos con Richard, Dante fue a hablar con el piloto .

—¿Cuál es el aeropuerto internacional más cercano?

—El de Edimburgo, Escocia.

—¿Cuánto tiempo nos llevará llegar allí?

—Unos cuarenta minutos con buen tiempo, tal como está ahora, tal vez unos cinco o siete minutos más.

—Perfecto. Uno de nosotros se quedará en Edimburgo.

—El aeropuerto de Edimburgo cuenta con una terminal privada excelente. Y tenemos los tanques casi llenos, no habrá que repostar.

Dante regresó a la cabina de pasajeros.

—Puedes irte cuando lleguemos al aeropuerto de Edimburgo, desde allí podrás coger algún vuelo internacional —le indicó a Richard.

Él lo miró dudoso. Como vio que el asunto iba en serio, asintió lentamente. Dante le dio la espalda y ocupó su asiento. Nicholas lo miró de reojo. Se fijó en Richard, quien aparentaba una especie de satisfacción en su rostro, pero sabía que era impostado.

—Decías que debíamos ir a Inglaterra, ¿a qué parte? —comentó Dante en voz baja prosiguiendo la conversación con Nicholas.

—A Gloucestershire. Al castillo de Sudeley.

—¿Por qué allí precisamente?

—La hoja menciona a la reina Catalina; hay una reina Catalina que yace enterrada en ese castillo es ella.

Al parecer, en el verano de 1782 un residente local de nombre John Lucas descubrió por accidente el féretro de Catalina Parr.

Al abrir el ataúd se sorprendió al encontrar el cuerpo de la reina en un estado de conservación casi perfecto, con la piel aún blanca y flexible después de más de doscientos años de su muerte. ¿Te dice algo eso?

—¿Cómo fue eso posible?

—El trabajo que hicieron para preservar sus restos fue la clave.

El cuerpo estaba envuelto en telas enceradas y su cara fue objeto de un cuidadoso trabajo de embalsamamiento, lo que podría equipararse a algo así como «juventud eterna», ya que ella tenía treinta y seis años.

Aunque para esa época no se diría que era muy joven, debió de ser una mujer hermosa.

—¿Quién fue esa reina? —La curiosidad de Dante era obvia. Era evidente que el manuscrito los estaba dirigiendo hacia su tumba.

—Catalina fue esposa de Enrique VIII, al morir este, se casó con Thomas, señor de Sudeley.

Estaba esperando a su primer hijo y al dar a luz murió por fiebre puerperal cinco días después.

Fue enterrada en la capilla de Santa María, dentro de los terrenos de Sudeley.

Durante las guerras civiles en el siglo XVII, la capilla fue asaltada, y el lugar de descanso exacto de la reina se mantuvo olvidado por completo.

—Hasta que el tal Lucas lo encontró.

—Y el desgraciado le cortó un mechón de pelo para tenerlo como recuerdo.

—¿Cómo supieron que se trataba de la reina Catalina Parr ?

—En el féretro de plomo estaba grabado: «Aquí yace la reina Catherine, esposa del rey Enrique VIII y última esposa de Thomas lord Sudeley gran almirante de Inglaterra y tío del rey Eduardo VI, muerta en septiembre de 1548» —leyó Nicholas en el móvil—.

Veinticinco años después de su descubrimiento, tras haber sido abierto y la reina desmembrada y profanada por diferentes descubridores de objetos piadosos, el féretro fue trasladado a una cripta más segura, que es donde se encuentra ahora, en la capilla de Santa María, como al principio.

—Qué vida y muerte tan terribles. Ser la última esposa de enrique VIII no debió ser un paraíso, precisamente. Esperemos a ver qué encontramos en esa capilla.

—Algo que esté en la propia tumba o al menos cerca de ella, digo yo.

Dante lo miró con cierto escepticismo y no dijo nada. Nicholas se sumió en silencio a la vez que manipulaba el manuscrito tratando de encontrar alguna nueva pista mientras Richard aposentaba su humanidad en uno de los asientos con aparente tranquilidad.