Capítulo 10 #2
Nicholas avanzaba con el móvil en la mano esquivando las gotas que caían de las hojas.
De pronto, se detuvo en seco frente a una silueta colosal.
Era un tejo milenario. Un monstruo vegetal de tronco retorcido cubierto de musgo oscuro y hiedra.
Su corteza arrugada se parecía a la del cuero viejo, pero lo más impresionante era su centro: se había partido y ahuecado con los siglos, creando una cavidad tan grande en la que un hombre podía entrar.
—Es aquí —murmuró Nicholas, señalando una enorme raíz que se hundía en el fango apuntando exactamente hacia el norte—. El corazón hueco del Rey Verde.
—No quise preguntar antes, pero ¿qué significa lo que está escrito ahí? —inquirió Richard señalando el manuscrito y cubriéndolo con un paraguas .
—Como Dante busca romper su inmortalidad, la frase debe jugar con los conceptos de la vida eterna, la madera y el norte —explicó Nicholas como si fuese un erudito.
Richard se alzó de hombros mostrando un gesto incomprensible.
Nicholas señaló lo que estaba escrito—: La vida no muere y corazón hueco se refiere al tejo antiguo, o un árbol que no muere fácilmente y se ahueca con los siglos.
Sigue la raíz que apunta al norte nos da la pista física para buscar la base del árbol.
Sin esperar más, Dante se adentró en la cavidad del árbol. Protegido de la lluvia por la vieja madera, encendió la linterna que iluminó una losa de piedra, mezclada con la tierra acumulada, las hojas secas y el barro.
—¡Una pala! —gritó—. Richard desabrochó una que tenía prendida en la mochila y se la alargó.
Después de utilizarla como palanca, Dante logró despegar la losa.
Dio unas cuantas paladas en el fango mezclado con hojas para limpiar la superficie, dejó el apero recostado en una de las paredes del árbol y alzó la losa.
—¡Aquí está! —exclamó y la arrojó fuera del tronco.
Había algo enterrado. Se dispuso a desenterrarlo.
La pala dio con un cofre de hierro oxidado y madera podrida.
Lo sacó a la superficie. No tenía candado.
Nicholas se acercó, conteniendo el aliento.
Dante tiró de la tapa hacia atrás. Las bisagras crujieron con un lamento metálico.
El fondo del cofre solo contenía un pedazo de papel amarillento, protegido de la humedad dentro de un pequeño tubo de vidrio sellado con cera.
Dante rompió el cristal contra el tronco y extrajo el papel.
Solo había cuatro líneas escritas con la caligrafía elegante y antigua que conocían:
La inmortalidad es un peso que no se entierra en los bosques de Gales.
Si buscas el final de tu hilo,
búscame donde los reyes desafiaron al destino,
y la reina Catalina la encontró.
Nicholas se acarició la barbilla.
—¿Qué demonios quiere decir eso? —miró el manuscrito— ¿Está jugando con nosotros?
Dante lo apaciguó.
—Algo hay de cierto en todo esto, llegamos hasta aquí y encontramos esa respuesta, creo que valió la pena. Solo debemos seguir la nueva indicación. ¿Sabes a qué se refiere?
—No. Ni idea. Al menos no en este momento. Larguémonos de aquí.
Richard terminó de examinar el cofre por si tenía algún compartimento secreto, pero no encontró nada. El cofre estaba tan podrido que se deshizo en pedazos. Encajó con esfuerzo la pesada losa de piedra sobre el nicho.
Se dieron cuenta que a Dante no le había costado ningún trabajo mover aquella losa. Era lógico, era el más «joven» de los tres.
—Vámonos de aquí. Ya —urgió Nicholas, borrando con la manga las huellas de barro de la cubierta del manuscrito, guardó el papel entre sus hojas y todos volvieron sobre sus pasos hacia el estacionamiento bajo la lluvia que había vuelto a desatarse.
Después de caminar el largo trecho en el que ninguno de los tres abrió la boca, metieron los aparejos en la camioneta y con Richard al volante regresaron por la carretera B4300.
El habitáculo de la camioneta estaba en un silencio interrumpido solo por el golpe rítmico de los limpiaparabrisas. Richard lo rompió con una risa amarga.
—Esto es una absoluta estupidez —dijo, frotándose las sienes—. Primero un bosque empapado en Gales para encontrar una caja vacía con un poema. Ahora nos colaremos como criminales en la casa de algún noble inglés para encontrar quién sabe qué. ¿De verdad creen todo esto?
—Richard, el manuscrito reaccionó... —empezó Nicholas, pero Dante lo cortó con un gesto de la mano.
Cuarenta y cinco minutos más tarde llegaron a la pequeña terminal ejecutiva de Swansea, cansados, con las botas llenas de barro galés y mojados hasta la médula a pesar de los chubasqueros.
Cogieron sus bultos, entregaron la camioneta a la agencia y fueron hacia el Gulfstream.
En el camino Dante avisó a la auxiliar de vuelo que les preparase toallas y café.
Lo primero que hicieron al abordar fue secarse y cambiarse de ropa.
—¿Y ahora hacia dónde vamos? —preguntó Dante mientras se frotaba el cabello.
—Aparentemente debemos ir hacia Inglaterra —dijo Nicholas consultando el móvil .