El trato (El manuscrito 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Viaje a Gales

D e regreso a Villa Contini, Nicholas se mostraba entusiasmado.

Manoseaba el manuscrito de adelante hacia atrás, como buscando algún contenido que lo acercase a lo deseaban encontrar.

Durante las últimas horas había pensado menos en Dolores, aunque cada vez que la recordaba sentía un dolor en el pecho.

¿Quién dijo que el corazón no tenía que ver con los sentimientos?

, pensó. Se fijó en el rostro de Dante y admiró su estado de ánimo.

Su amigo había madurado mucho mejor que él.

Jamás habría sido capaz de mantener la serenidad de la que él hizo gala durante las transacciones hacía poco.

Claro que para él no era lo mismo un millón de dólares que para Dante.

Su amigo movía cientos de millones, y estaba acostumbrado a vivir así.

Así había nacido y así había crecido, como dijo cierta vez hace unos años antes: Ser millonario supongo que es lo mismo que para ti no serlo.

No puedo decirte cuál es la diferencia, porque nunca he sido pobre .

Y tenía razón. Dante reparó en su mirada y sonrió.

Su sonrisa cálida que invitaba a la tranquilidad le hizo pensar a Nicholas que debía parecerse mucho a la de su padre, Claudio, el eje central de todo lo que aconteció mientras estuvo en vida y que seguía vigente después de veintitantos años, ahora encarnado en su hijo .

Dante llamó a su asistente para decirle que necesitaba el avión listo para partir dentro de un par de horas.

—¿No crees que necesitas descansar? No has dormido nada en las últimas veinticuatro horas.

—Lo haré en el avión. No podemos perder tiempo, Nicholas, ¡para mí es muy importante llegar a Gales! —respondió Dante mientras marcaba otro número.

—Quentin, ordena que preparen una maleta con todo lo necesario para un viaje de una semana. Lo mismo para Richard.

Nicholas sonrió. Él estaba acostumbrado a hacer su propia maleta…

No. Las últimas veces las había preparado Dolores.

Sobre su rostro se posó una sombra de tristeza.

¡Cuánto daría para que estuviera con él en ese momento!

Sería una magnífica acompañante, sus dotes de deducción eran infalibles.

¡Pero en qué estaba pensando! Deseaba tenerla a su lado, notar la calidez de su mano y decirle que todo iba a estar bien.

Sus ojos volvieron a brillar mientras las lágrimas se asomaban en ellos y antes de que rodaran por su mejilla las apartó de un manotazo.

— Che succede, mio ​​caro amico? [17]

—No es nada.

—Sé que sufres por Dolores, amigo, y no puedo hacer nada para ayudarte, pero te entiendo, te entiendo perfectamente. —Posó una mano sobre la suya y Nicholas se sintió arropado .

Después de unos minutos Nicholas preguntó:

—¿Todavía tienes a Nelson [18] ?

—Sí, sigue en la casa del guardabosque con su esposa, pero no iremos con él esta vez. No creo que corramos algún riesgo de muerte, además, ya no es tan joven. Si lo vieras, ahora parece un trasporto eccezionale. [19] Pondría en peligro el avión.

Nicholas no pudo aguantar una carcajada. Rio tanto que Dante se contagió de su risa y comprendió que su amigo estaba descargando sus emociones.

Al llegar a Villa Contini Quentin los esperaba con las maletas hechas, incluida la de Nicholas.

Solo tuvieron tiempo de cambiarse de ropa por una más cómoda, como las que se usan para ir de campamento.

Ya Richard estaba preparado y la camioneta cargada con todo lo necesario.

Salieron con él al volante rumbo al aeropuerto Ciampino, Via Appia Nuova.

Un viaje que les llevó unos treinta minutos.

Después desembarcar todos los bultos, un valet se encargó de llevar la camioneta a un estacionamiento privado.

Una vez que pasaron la aduana fueron hasta el hangar, donde se encontraba a punto de salida a la pista, un Gulfstream.

—Echo de menos el viejo Learjet —admitió Nicholas, estirando las piernas en la espaciosa cabina—. Tenía su encanto .

Dante sonrió y dio un sorbo al café que la auxiliar de vuelo acababa de poner sobre la mesilla.

—El Learjet era una joya, Nicholas, pero este G280 nos cruzará de Roma a Gales en dos horas y media sin pestañear.

Además, dudo que en el viejo avión pudieras usar internet satelital para hackear mapas a alta velocidad —dijo señalando con la barbilla el pequeño portable que su amigo tenía frente a él.

El avión ascendió y voló rumbo noroeste.

Nicholas no pudo rebatir el argumento, asintió y al cabo de un rato se asomó a la ventanilla.

El cielo era de un azul limpio. Permanecían en silencio, sentados sobre los suaves asientos texturizados arrullados por el suave zumbido de los motores, mientras el jet ponía rumbo directo hacia el espacio aéreo británico a cuarenta mil pies de altura, muy lejos de las nubes que cubrían los Alpes.

Dante extendió su asiento y se sumió en un sueño profundo.

Era un viaje de aproximadamente dos horas y media que cruzaría Europa Occidental.

Pasaron sobre los Alpes, atravesaron toda Francia de forma diagonal y cruzaron el Canal de la Mancha para entrar al espacio aéreo del Reino Unido.

El aeropuerto de destino era el de Swansea, situado en la península de Gower en Gales, según anunció el piloto.

Una vez que aterrizaron en Gales, los tres se dirigieron a una agencia de alquiler de coches y eligieron una camioneta.

No tenían intenciones de ir a un hotel, por lo que se enfilaron directamente hacia la campiña galesa.

Tomaron la ruta según el mapa que Nicholas miraba constantemente en la pantalla y que mostró las coordenadas en grados, minutos y segundos.

Indicó que debían tomar la carretera A483 para conectar con la carretera A48 en dirección a Carmarthenshire.

Al llegar al pueblo Llandeilo, condujeron por un desvío hacia una estrecha carretera rural que corría en paralelo al río Tywi, que los llevó directamente a las puertas de la gran finca histórica de Gelli Aur, también conocida en inglés como Golden Grove.

El motor del coche inglés se apagó y un silencio denso inundó el habitáculo.

Richard miró por el parabrisas, las escobillas apenas lograban apartar la cortina de agua.

Se veía un castillo a lo lejos, con toda probabilidad habitado.

Richard maniobró la camioneta hasta dejarla en un lugar que parecía un estacionamiento, pero que no tenía avisos de ninguna clase.

La yerba crecía salvaje entre las losas de cemento que formaban el suelo y, antes de apearse, Nicholas introdujo las coordenadas que aparecían en el mapa en el GPS de su móvil para caminar por el bosque: 51°51'34.

6"N, 4°02'17.9"W. En ese momento sintió un ligero temblor en su brazo izquierdo. Abrió el manuscrito y leyó:

Donde el tiempo se dobla y la vida no muere, busca el corazón hueco del Rey Verde. Sigue la raíz que apunta al norte eterno, allí donde la carne es sombra y el cofre es invierno.

El manuscrito volvía a resaltar lo escrito anteriormente como indicándoles que iban por buen camino.

Los tres se miraron emocionados y se dirigieron al bosque bastante abandonado frente a ellos, alejándose de la mansión con aspecto de castillo.

El Parque Rural de Gelli Aur, tenía un nombre galés.

Nicholas, verificando en su móvil, aclaró que se traducía algo así como «Bosque Dorado».

Frente a sus ojos se extendía un frondoso conglomerado de árboles centenarios; ciervos paseando entre los matorrales, no parecían temer a las personas, los miraban con cautela con sus enormes ojos.

Nicholas iba al frente indicando el camino seguido por Richard y Dante.

Se detuvieron después de un largo trecho que les tomó cerca de hora y media.

Frente a ellos los terrenos de Gelli Aur se extendían envueltos en la niebla.

Los colores del paisaje que se asomaba en bajada eran devorados por la lluvia.

Cuando empezaron a descender, el frío húmedo de Gales los golpeó de frente.

Sus botas se hundieron de inmediato en la tierra empapada convertida en fango.

—¿Estás seguro de que es por aquí? —preguntó Richard.

—Sigo la ruta señalada por el mapa. —Se subió el cuello del impermeable y encendió la pantalla del móvil.

Las coordenadas parpadeaban en verde sobre la pantalla húmeda: 51°51'34.

6"N, 4°02'17.9"W—. El punto exacto está a unos quinientos metros hacia el interior de la arboleda —dijo, levantando la voz por encima del ruido de la lluvia que golpeaba las hojas de los árboles centenarios.

Dante asintió ajustándose la capucha y enfocó los binoculares.

El castillo o palacio de piedra se recortaba muy lejos como un fantasma del pasado, solo como un punto gris borroso.

Frente a ellos no se percibía sino una maraña de árboles, algunos caídos al lado de otros que formaban un muro.

Sin decir una palabra más los tres se internaron bajo el espeso techo de ramas, dejando atrás la seguridad del claro para adentrarse en el punto ciego del mapa.

El agua corría por los troncos, los tallos y las hojas de los helechos, el musgo brillante, los enormes rododendros silvestres, los pinos Monterrey y castaños de indias centenarios.

La arboleda de Gelli Aur los atrapó en una penumbra que hacía que caminar por allí fuese como entrar a una catedral olvidada.

Las ramas gigantescas se entrelazaban sobre sus cabezas tapando la escasa luz de ese día lluvioso.

El olor a tierra mojada y a madera podrida inundaba el olfato.