El trato (El manuscrito 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

La reunión

E l miércoles por la tarde, en la sala de videoconferencias de La Empresa , enormes pantallas de alta definición la dividían dos mundos: a la izquierda, los rostros tensos y con trajes oscuros del fondo de inversión en Nueva York, liderados por Thorne; a la derecha, en directo desde Shenzhen con doce horas de diferencia entre ellos, el comité ejecutivo del gigante tecnológico chino estaba encabezado por Chen.

En el centro de la sala física, Dante permanecía sentado, solitario, al frente de una larga mesa de madera pulida.

Su rostro, con la barba y bigotes pulcramente delineados que no conseguían ocultar su juvenil apariencia, lucía perfectamente descansado a pesar de que llevaba una noche sin dormir.

Su asesor financiero se hallaba fuera del alcance de la pantalla.

Nicholas observaba desde una esquina con los brazos cruzados y el manuscrito bajo el brazo.

—Señor Contini, hemos revisado su propuesta para la división de microchips —dijo Edward Thorne desde la pantalla de Nueva York, acomodándose los gemelos de los puños—.

Nuestras proyecciones dicen que el precio de salida de las acciones del software está un doce por ciento por encima del valor de mercado actual en Wall Street.

Necesitamos al menos cuarenta y ocho horas para que nuestro comité de riesgos…

—No tienen cuarenta y ocho horas, señor Thorne —lo interrumpió Dante. Su voz baja era como un hilo capaz de cortar el hielo—. Tienen exactamente cuatro minutos antes de que cierre esta sesión y ofrezca la división de microchips al consorcio de Francia por el precio adecuado.

—Señor Contini, con el debido respeto, desmantelar el holding matriz de esta manera es una locura financiera —intervino el magnate asiático—.

Usted está vendiendo las patentes de microchips de Shenzhen por separado del software de Nueva York.

Está destruyendo la sinergia que construyó en la última década.

¿Por qué la prisa? El mercado asiático está dispuesto a esperar a que pasen las vacaciones fiscales.

Dante ni siquiera parpadeó. Apoyó los codos en la mesa de madera y entrelazó los dedos, mirando indistintamente ambas pantallas.

—El futuro de la sinergia de mi empresa ya no es mi problema, señor Chen.

Las plantas de Shenzhen y las patentes de inteligencia artificial son suyas si aceptan la transferencia de activos inmediata.

Ah… y le aclaro que la mina de oro en Colombia corresponde a otra negociación paralela.

El oro que fluye por esos circuitos sale de mis propias vetas en el departamento de Antioquia.

Un suministro directo, certificado y blindado; el activo perfecto para quien se quede con las fábricas.

Quiero el fondo de garantía depositado en el banco suizo antes de que termine el día en Europa.

No hay negociaciones se cundarias. No hay cláusulas de revisión de tres meses.

Lo toman como está o borro los archivos de la oferta ahora mismo.

Thorne miró a sus asesores en la pantalla de Nueva York. Intercambiaron notas manuscritas a toda prisa, aterrados por perder la oportunidad de devorar el software de Dante.

—Su táctica es muy agresiva, señor Contini —murmuró Thorne tragando saliva—. Pero el fondo de inversión acepta el paquete del software. Firmaremos la transferencia digital en diez minutos.

En la otra pantalla, Wan Chen esbozó una sonrisa enigmática, una que Thorne no alcanzó a descifrar.

A miles de kilómetros de allí, Chen sabía que su verdadero jefe, el hombre que observaba la sesión en tiempo real desde un despacho privado frente al lago de Ginebra, acababa de conseguir exactamente lo que buscaba.

—Nuestra empresa acepta los términos de la división tecnológica y, señor Contini-Massera, compramos también la propiedad de la mina de oro en Colombia —ofreció Wan Chen, haciendo una leve reverencia hacia la cámara—.

Ha sido el negociador más implacable que hemos cruzado en este hemisferio.

Felicidades. Por fin el silicio y el metal precioso hablarán el mismo idioma.

Dante se fijó en su portátil y comprobó ambas transacciones en su cuenta de Zúrich.

—Señores, ha sido un placer.

Presionó un botón en el panel táctil de la mesa y cortó las dos conexiones de golpe. Las pantallas se volvieron negras y en la sala solo se escuchó el ligero zumbido del aire acondicionado. Su imperio había quedado reducido casi a la mitad en menos de una hora.

—Nos hemos quedado mudos —dijo Nicholas mirando al asesor de Dante que no había dicho una palabra durante la transacción. Había había hablado previamente con Dante. El hombre delgado, de cabellos canos, mostró su satisfacción estrechándole la mano con calidez.

—Lo hiciste muy bien, Dante. Muy bien. Yo no lo habría hecho mejor.

—Gracias, Aldobrandini, eres un buen maestro —dijo Dante dirigiéndose al asesor.

—No. El maestro fue Caperotti, de él aprendimos todos.

Dante se ajustó el saco del traje, se despidió de Aldobrandini y fue hacia sus oficinas.

—¿Qué sigue en la agenda? —preguntó a su asistente.

—Un señor de nombre Muscho Merklin exige una reunión en persona. Está en camino desde Ginebra.

Antes de que Dante pudiera manifestar su extrañeza, Nicholas lo agarró del brazo señalando el manuscrito abierto. Dante vio brillar las coordenadas en el mapa. Un brillo extraño, parpadeante, como indicándole que era su prioridad.

—Llama al chofer, dile que me espere en la puerta.

—¿Qué hago con el señor Muscho Merklin?

—Dile que espere a mi regreso, salgo para Gales, no puedo atenderlo .

El asistente se quedó pasmado. Jamás había visto a su jefe proceder de esa manera. Después de unos momentos se alzó de hombros y meneando la cabeza procedió a darle la información al tal Merklin.

Nicholas y Dante fueron rumbo a Villa Contini.

—Los inversores creen que eres un tiburón que está haciendo la jugada de su vida en la bolsa de valores. No se imaginan que eres un hombre desesperado huyendo de su propia sombra.

—Que piensen lo que quieran, amigo mío, ya no tengo que rendirle cuentas al dinero.

—¿Qué harás con Muscho Merklin?

—Él viene sin previo aviso. Si desea comprar mis empresas, Merklin sembra essere fuori di testa [16] . Lo que vamos a hacer ahora es mucho más importante para mí que cualquier otra cosa, mi querido amigo. ¡Finalmente seré libre!