El trato (El manuscrito 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Preparativos

A l llegar a su oficina al día siguiente, Dante se encontró con la noticia de que los planes de los compradores habían cambiado. Decidieron hacer la transacción por una M una negociación remota.

—Comunícame con cada uno de ellos —ordenó a su asistente.

El primero fue Edward Thorne, el norteamericano.

—Buenos días, señor Thorne, veo que cambiaron de idea.

—En realidad no, señor Contini. Sigo muy interesado en la empresa de tecnología, pero prefiero que estén presentes mis asesores y abogados, espero que comprenda que una inversión de esa magnitud no se puede evaluar a la ligera.

—Los informes los tiene usted, esa y las otras empresas están avaladas por una auditoría externa de mucho prestigio, como consta en el mismo informe que tiene en sus manos.

—No desconfío de usted, señor Contini, de ninguna manera, pero me sentiría más cómodo si efectuamos la transacción vía virtual .

—Está bien, no tengo problema, si para usted es prioridad. Solo me gustaría que fuese lo antes posible, tengo que salir de viaje a un lugar desde el cual no tendré una señal segura.

—De acuerdo. Ya he conversado con el otro comprador y estamos conformes.

—¿También el señor Wang Chen está de acuerdo?

—Sí. Acordamos efectuar la reunión virtual el día de mañana, el horario se lo daremos a conocer a su asistente para que programe la videoconferencia.

—Nos veremos mañana, señor Thorne.

—Le agradezco todas sus atenciones, dejaré el hotel al mediodía, le deseo un buen día, señor Contini.

Wang Chen estuvo de acuerdo, porque el interés en la compra de una de sus empresas no interfería con el encargo de su representado, Muscho Merklin, según le dijo.

El alemán, sin embargo, optó por posponer la compra para hacerlo en términos menos apresurados.

Lo que favorecía a Dante. Pensó que la suerte estaba de su lado, necesitaba salir para Gales cuanto antes y no iba a poner peros por los cambios de planes.

Todo lo contrario. Tener una reunión individual con cada uno de ellos alargaría el asunto.

Su alivio no provenía del desapego sino de la prisa; necesitaba deshacerse de parte de su imperio lo antes posible para salvar su vida con Richard.

Al seguir la pista que había dejado el manuscrito, su deseo se vería cumplido.

Sin embargo, estaba seguro de que, para los compradores, la rápida aceptación de las nuevas condiciones era un signo de urgencia nacida de la necesidad.

Pero poco le importaba que lo creyesen así.

Mientras, Nicholas y Richard se dedicaron a comprar cuanta cosa suponían que podrían necesitar para la gran aventura, como la calificaba Nicholas.

Algunos de esos artilugios los compraron en una tienda especializada en artículos militares: sogas, linternas, palas, picos, una caja de primeros auxilios, algo indispensable, y un topolino que, según él, serviría para abrir cualquier cerrojo.

Funcionaba manipulando los mecanismos internos de la cerradura para liberar el pestillo sin necesidad de utilizar una llave tradicional.

Por si fallaba, también compraron una ganzúa, un pie de cabra por si tenían que abrir un cofre, además de mudas de ropa, tres chubasqueros preferiblemente verdes, para confundirse con la naturaleza, mamelucos negros por si tenían que hacer una incursión nocturna, yesqueros, comida enlatada con su correspondiente abrelatas, agua embotellada, un par de cargadores de baterías portátiles para los móviles y tres mochilas militares.

Richard pagó, mientras la cajera los miraba con cierta sospecha. Al llegar a Villa Contini con la camioneta cargada de pertrechos, se encontraron con Dante.

—¿Adónde piensan llevar todo esto? —preguntó mirando el poquísimo espacio que quedaba en la camioneta. Recuerden que tendremos que cargar con eso a nuestras espaldas .

—No te preocupes. Hemos conseguido unas mochilas militares estupendas, se puede llevar hasta colchonetas para pasar la noche.

—¿A la intemperie?

—Compramos una tienda de campaña por si…

Dante dio un suspiro. Prefirió dejarlo así, el rostro arrebolado de su par de amigos le indicaba que estaban muy entusiasmados y no quiso aguarles la fiesta.

—Me parece bien, han sido muy previsores, espero que les demos buen uso.

—Ya verás que todo nos será útil. Ya verás. —sentenció Nicholas, mientras Richard asentía con entusiasmo.