Capítulo 6 #3
La limusina los condujo al hotel y en el camino a Villa Contini Dante dio órdenes a Romano, su asistente, para que coordinase las reuniones con los empresarios durante la semana.
Extrañaba la presencia de Nelson, su antiguo chófer y guardaespaldas.
El actual era eficiente y su presencia también imponía respeto, pero Nelson había sido especial, cómplice y guardián de sus secretos.
En el trayecto recibió una llamada de su secretaria.
— Signor Dante, el signor Wang Chen desea hablar con usted.
—Ya hemos quedado en que Romano se encargará de todo.
—Él dice que es algo privado y muy delicado. Algo que le concierne.
Dante especuló a qué podría referirse. No conocía de nada a Wang excepto por los informes acerca del prestigio de sus empresas.
—¿Te dijo de qué se trata?
—Es algo privado. Lo recalcó. ¿Puedo darle su número?
—Sabes bien que mi número es privado.
—Lo sé, signor Dante, pero…
—Está bien. Dile que regreso a la oficina, que me llame allí .
—Él está aquí, signor Dante.
—Voy para allá.
Dio instrucciones al chófer y en la primera encrucijada dieron vuelta hacia la ciudad. Y pensar que había creído que el chino era el único que no se saltaba las normas de protocolo… caviló Dante. ¿Cuál sería el asunto privado que requería tanta urgencia?
Minutos después estaba de regreso ante el antiguo inmueble donde se hallaba La Empresa .
De cinco plantas y arquitectura engañosa, por fuera nada hacía presumir la tecnología que se ocultaba en el interior.
Si fuera por Dante, sus cuarteles generales ocuparían alguna torre de cristal, un rascacielos como los de Milán o Génova...
pero esa había sido la oficina de su padre y era su manera de honrar su memoria.
Al ingresar a la sobria edificación, se sentía como entrar en otro mundo.
La modernidad y las obras de arte la hacían parecer un lugar de esparcimiento; solo después de subir a las plantas superiores se podía colegir que se trataba de una corporación: La Empresa , en español, como designación oficial y era tal como estaba registrada.
Una originalidad o falta de imaginación, atribuida al conde Claudio Contini-Massera.
Wang Chen esperaba impasible en uno de los sillones de la sala de espera. La secretaria se puso de pie al mismo tiempo que el visitante al ver llegar a Dante. Este lo saludó sin necesidad de que ella lo presentase. Era obvio que se trataba del empresario chino .
—Buenas tardes, signor Wang. ¿Qué lo trae por aquí con tanta urgencia?
—Buenas tardes, conde Contini-Massera, le ofrezco disculpas por esta inesperada irrupción en su apretada agenda, pero no tuve oportunidad de hablar con usted durante la reunión de hoy. La locuacidad de los invitados no lo hizo posible.
Dante lo invitó a pasar a su despacho y cerró la puerta.
—Usted dirá — dijo invitándolo a sentarse frente a él en el salón.
—Tengo interés en algunas de sus empresas, eso no ha variado.
Pero también vengo con una misión, la de representar al señor Muscho Merlin, quien por razones de salud no puede estar presente por ahora.
Es un banquero que tiene una firma de Gestión de Activos Digitales en Zurich; una empresa de Capital de Riesgo en Tel Aviv y una Financiera de Comercio Marítimo en Londres, además de otros negocios no menos importantes.
—¿Muscho Merlin, dijo usted?
—Así es, aquí tiene su portafolio —le entregó una gruesa carpeta marrón. Al abrirla Dante, lo único que iluminó sus ojos fue el apellido: Merklin. Comprendió que Chen probablemente no podía pronunciar la «k», pese a su bastante buen italiano. Sonrió decepcionado.
—Debe ser usted una persona de mucha confianza para el señor Merklin.
—Somos amigos muy cercanos.
—¿Cuándo podría presentarse el señor Merklin ?
—Ese es el problema, prefiere que cualquier transacción se haga a través de mi persona, en el portafolio consta un poder notariado además de una autorización personal.
—¿Puedo hablar con él?
—Lamento decirle que tiene un problema con su garganta, es uno de los motivos por los que no asistió en persona.
Dante miró a Wang Chen tratando de buscar alguna señal de que se trataba de una trampa, broma o algo por el estilo, pero no vio nada de eso.
—Él no estaba en la lista de las personas que vendrían —señaló Dante.
—De primera intención deseaba hacerlo, pero lo ocurrido con su garganta impidió que se anotase, aunque está sumamente interesado.
—Estudiaré el caso con mis asesores y veré qué puedo hacer.
—Gracias, señor Contini-Massera. Fue un placer tratar con usted.
Wang Chen se despidió y salió de su despacho.
Dante dio un profundo respiro. Le faltaba aire, ¿podría ser lo que sospechaba?, el manuscrito había aparecido como por encanto, y el tal Muscho de apellido Merklin… ¿sería el mismo Merlín? Sacudió la cabeza para despejarse de ideas absurdas mientras se dirigía al ascensor.
Bajó hasta el sótano y ordenó al chófer dirigirse a Villa Contini lo más rápido posible.
El chófer presintiendo una emergencia trató de ir a lo máximo que se permitía: treinta kilómetros por hora.
Al salir a las afueras pudo acelerar a noventa.
Las cámaras estratégicamente colocadas impedían ir más rápido.