El trato (El manuscrito 4) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Unas cuantas sillas originales seguían pegadas a las paredes, sin embargo, algunos sillones de perfil bajo y diseño italiano moderno respetaban el espacio.

El suelo de terracota pulida brillaba tanto que reflejaba las pantallas de los teléfonos inteligentes de los invitados.

Los empresarios se mantenían de pie sosteniendo las copas de champán de bienvenida que les ofreció un camarero de guantes blancos.

Estudiaban el lugar con ávidas miradas rápidas tratando de disimular la curiosidad ante los demás; cada uno de ellos dueños de sus propios imperios financieros.

Dante, frente a los altos ventanales que daban al patio, hizo como que no detectó la llegada de los visitantes.

Jugaba en casa: la majestuosidad del Palacio Borghese era su mayor argumento de venta indirecta.

Guardó en el bolsillo de su traje a medida el teléfono con el que simulaba una conversación y se volvió hacia ellos.

Su sola presencia les recordó a todos que estaban allí para comprar el legado de un verdadero conde.

Los empresarios internacionales representaban la velocidad y el dinero del capitalismo global de 2025, mientras que Dante representaba el tiempo —nunca mejor dicho—, el estatus y la propiedad de espacios imponentes.

Tal vez no fuese tanto así con el empresario chino, cuya propia cultura entendía la eternidad de una manera diferente.

Edward Thorne, uno de los empresarios norteamericanos, avanzó hacia él sosteniendo la copa de champán. Alargó la mano dándole un fuerte apretón; un clásico saludo de Wall Street. Su mirada viajó rápidamente de los ojos de Dante al fresco del techo y luego volvió.

—Una oficina muy impresionante, señor Contini. Hace que nuestros rascacielos parezcan decorados de cartón.

—Gracias, señor Thorne. Mi familia suele decir que las paredes de piedra calman la volatilidad de los mercados.

Sean bienvenidos —dijo dando un apretón de manos firme pero pausado, aristocrático, sin mostrarse halagado por el comentario.

Para él, ese palacio no era una demostración de estatus reciente, era simplemente su realidad.

Su respuesta fue cortés, pero ellos la sintieron letalmente sofisticada.

—Tenemos mucho de qué conversar —dijo Thorne.

—Ese fresco sobrevivió a tres invasiones y a la caída de varios estados. Mis empresas se gestionan con la misma resistencia al tiempo —respondió Dante sin dar importancia al movimiento de Thorne.

El empresario chino sonrió con levedad; notó que no era el momento apropiado para negociar.

Observó con atención la juventud de su anfitrión.

Lo mismo les sucedía a los otros dos. Estaban delante de un hombre extremadamente joven con una mirada profunda y maneras que no concordaban con su físico.

Los otros dos se enderezaron, como previendo que Thorne empezaba a acaparar la conversación.

El alemán, que se había mantenido en un silencio impecable, inclinó la cabeza apenas unos grados.

Su mirada analítica escaneó el rostro de Dante, buscando en sus facciones juveniles alguna pista que explicara cómo alguien de su edad controlaba un imperio de esa magnitud.

Al notar sus actitudes, Dante no se extendió demasiado con el norteamericano para no mostrar favoritismo. En ese momento, un camarero de guantes blancos se le acercó discretamente.

— Conte Contini-Massera, el comedor está dispuesto —dijo con una inclinación de cabeza casi imperceptible.

Dante asintió y, con una sonrisa educada, se dirigió a sus invitados:

—Señores, dirijámonos a nuestra mesa en el restaurante del Circolo ; los negocios se entienden mejor con un buen vino de la Toscana.

El maestro de la casa había dispuesto una mesa excelente al fondo de la Galleria .

La mesa privada, situada bajo los techos con frescos del siglo XVII que en su tiempo habían pertenecido a las estancias del cardenal Scipione Borghese y de la princesa Paulina Bonaparte, otorgaba un ambiente de ostentación antigua.

El menú del Circolo della Caccia reflejaba exactamente la esencia del club: una mezcla de alta cocina tradicional romana, recetas aristocráticas italianas y un refinamiento impecable.

El maître se acercó con extrema elegancia.

Se dirigió a Dante sin libreta ni bolígrafo, acostumbrado a memorizar los pedidos, más aún cuando se trataba de solo cuatro comensales.

—¿Desea que sirva el vino ahora, Signor Conte ?

—Un tinto Sassicaia, por favor, Pietro.

El alemán asintió con aprobación. El Sassicaia era uno de los famosos supertoscanos. El vino fue servido de forma milimétrica por cuatro camareros de librea, que desaparecían como por encanto y volvían a aparecer apenas las copas se vaciaban. Una vez hecho el brindis, el ambiente se relajó.

El almuerzo consistió en un antipasto de tartar de ternera Fassona con trufa negra.

De primer plato, se sirvió risotto al Barolo o risotto con boletus y trufa ; de segundo plato lomo de lubina al horno con costra de patatas y alcachofas.

Durante la comida, la conversación se redujo a la situación general del mercado de valores en sus diferentes territorios, salpicada de alusiones a la actuación de sus respectivos gobiernos.

Fue mientras probaban el tiramisú y el consabido café cuando la charla se dirigió a lo que los había llevado allí.

—Estoy interesado en su empresa tecnológica —afirmó Thorne—. La fabricación de chips es una necesidad en la actualidad y sé que tiene interés en venderla. ¿Tiene usted cubierta la provisión de oro? Supongo que me dará el contacto de sus proveedores…

—Podría ser, todo depende del acuerdo al que lleguemos al respecto. Son dos empresas distintas.

—No hable en nombre de todos, Thorne —intervino Lorenz Scholz, el alemán, dejando su taza de café sobre el plato con un golpe seco—. Su fondo de inversión no es el único con liquidez inmediata. Nosotros estamos listos para superar cualquier oferta que ponga sobre la mesa.

—Me parece que debería haber equidad en la presentación de las intenciones —adujo el chino.

—El motivo de reunirlos aquí no era para ejecutar una venta al mejor postor, señores —aclaró Dante—.

Quería agasajarlos como es debido. Disponen del hotel por varios días, podemos hacer reuniones individuales, si les parece bien.

Ahora disfrutemos del delicioso postre y nuestro café rociado con amaretto y Frangelico, ¿le parece bien, señor Wang Chen?

—sugirió Dante dirigiéndose al chino, que había permanecido en silencio.

—Por supuesto, conde Contini Massera. Me gustaría hablar con usted más tarde.

Unas sonrisas de alivio parecieron reflejarse en los semblantes de los otros individuos, mientras Dante alzaba la copa de champán que descansaba frente a ellos.

Ese primer encuentro le había servido de mucho.

Pudo reparar en los gestos involuntarios de cada uno de ellos durante el almuerzo, aquello le permitiría hacerles mejorar cualquier propuesta que tuvieran en mente.

Acordaron reuniones individuales a lo largo de la semana, y esta vez sería con Dante acompañado de su abogado y asesor financiero.

Sentía particular interés en Wang Chen, el único que parecía conocer el protocolo de la nobleza.