El trato (El manuscrito 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

D ante se levantó muy temprano. Richard yacía completamente dormido y no quiso despertarlo. En el comedor de diario ya el desayuno esperaba por él, se sentó en una de las sillas y degustó un desayuno americano.

—Di orden a la cocinera de que preparase desayuno americano para todos, para celebrar la llegada del señor Nicholas —dijo Quentin.

—Hiciste bien, querido. Me encantan el beicon y los huevos fritos. Las tostadas están en su punto. No despiertes a los muchachos, deja que descansen. Hoy tengo un día ajetreado.

Al terminar de decirlo su móvil vibró. Era su secretaria.

—Dime, Patricia.

—Buenos días signor Dante, le recuerdo que hoy tiene a los inversores a almorzar en el Palacio Borghese. También necesito que firme unos documentos, si desea puedo enviárselos.

—No, yo iré a la oficina. Cuéntame cómo va el asunto con los tres delegados.

—Una limusina los recogió anoche del aeropuerto y los llevó al hotel. Hoy irá a por ellos y los conducirá al Palacio Borghese .

—Perfecto.

La invitación a la delegación incluía el pasaje de avión desde cada país y el alojamiento en uno de los mejores hoteles de Roma.

Fue a vestirse a su alcoba y dio una ojeada a Richard.

Bendijo la facilidad que tenía para dormir a pierna suelta.

Posó sus ojos en el manuscrito, pero contuvo la intención de abrirlo.

Decidió vestirse y salir, no quería entretenerse.

—El chofer lo espera, señor Dante.

—Gracias, Quentin, cuida de esos dos, por favor. —Sonrió y se encaminó a la salida.

Mientras se dejaba llevar hacia sus oficinas, rememoró los primeros años tras la muerte de su padre, Claudio.

Al comienzo tuvo algunos tropiezos que Caperotti se encargó de subsanar.

Los consejos que le daba el anciano hubiera gustado escucharlos de su padre, pero no había sido así y no ganaba nada con recordar los motivos que tuvo.

Durante los primeros diez años al único que parecía no importarle su apariencia juvenil fue a Caperotti.

Y mientras él se sentía feliz de verse siempre joven, las personas que lo rodeaban empezaron a mirarlo con cierta extrañeza.

Cuando conoció a Richard el asunto se complicó.

Después de ocho años de convivencia le relató con lujo de detalles lo del legado de su padre.

En un comienzo aquello no importaba demasiado, pero con el tiempo la situación empezó a tornarse complicada.

Pese a que su actitud y la experiencia que iba acumulando en los negocios fuese de una persona madura, en cierta medida su juvenil apariencia no ayudaba a infundir respeto, no al menos en la primera impresión.

Decidió seguir el consejo de Richard y se dejó la barba y bigotes.

Había adoptado el hablar bajo y pausado de Caperotti, el viejo siempre decía: «Para ser escuchado con atención no necesitas alzar la voz, eso solo demuestra falta de seguridad.

Deja que los demás se esfuercen por saber qué es lo que tienes que decir y, para ello, los demás tendrán que guardar silencio».

Y resultaba. «No te ofusques cuando surja algún problema que parezca irresoluble.

Exige soluciones de tus socios o subordinados.

Siempre se obtendrá algo. Los mayores enemigos de un inversor o gestor son la codicia y el miedo.

Si te rodeas de pánico colectivo, es más probable que cometas errores graves».

Caperotti era un admirador de Warren Buffett, y Dante, que nunca antes había prestado atención a los negocios, resultó ser un devorador de libros sobre inversiones.

Se había convertido en un empresario astuto, calculador y, pese a su apariencia juvenil, su presencia infundía respeto entre los que los conocían y los que eran presentados a él llegaban advertidos: «No te fíes de su apariencia, el hombre es un zorro de las finanzas».

Patricia, una mujer de cincuenta y tantos que anteriormente había trabajado para Caperotti lo esperaba con una lista detallada de informes.

Caminó detrás de él mientras iba enumerando los que consideraba pertinentes y señaló los documentos pendientes de su firma.

Se retiró y regresó al cabo de unos minutos con una taza de café y pastas secas.

Volvió a salir en silencio. Sabía que a su jefe le gustaba leer con minuciosidad todos los documentos que debía firmar.

Y es precisamente lo que hizo Dante. Caperotti había sido insistente en ese aspecto; jamás firmaba nada que no hubiera leído con atención, se lo había inculcado y él lo cumplía a rajatabla.

Sin embargo, esa mañana su mente no estaba por la labor.

Hizo un esfuerzo y dejó a un lado sus atribulaciones.

Al terminar la tarea rememoró los acontecimientos recientes.

Era verdad que había deseado el manuscrito de vuelta, pero fue como desear que ese día hiciera frío o calor, más una esperanza que un deseo y, para su sorpresa, tenía de vuelta el manuscrito y a Nicholas con su absurda petición.

¿Olvidarse de Dolores? ¿Sería él capaz de querer olvidar a Richard?

Por primera vez reflexionó sobre los sentimientos que lo unían a él.

Catorce años habían transcurrido desde la primera vez que lo vio.

Un joven extraordinario que despertó en él sentimientos insospechados.

Lo atrajeron su apostura, su inocencia y su valentía.

Y, por qué no admitirlo, saber que era descendiente de Ambrosius Aureliano según el manuscrito, tuvo alguna influencia en él en un comienzo.

La vida a su lado había discurrido tranquila, sin mayores sobresaltos, se habían llegado a compenetrar y a medida que Richard adquiría soltura y seguridad, se había convertido en una pareja de la que se sentía orgulloso; pero al mismo tiempo que los años lo hacían maduro, la diferencia física entre ellos se hacía más evidente, aquello había empezado a socavar la felicidad que compartían como pareja.

Estaba llegando a un punto en que el problema se avizoraba oscuro.

Y Richard lo había planteado en una oportunidad.

Habían hablado de trasladarse a otro país y empezar una nueva vida tal vez como padre e hijo, para no despertar recelos, y en cuanto a los negocios, ir vendiendo las empresas para no tener que seguir frente a ellas como un joven de veintitantos años in saecula saeculorum [11] .

Richard eligió los Estados Unidos, como primera opción, pero él prefería algún lugar menos complicado.

Le desagradaba la modernidad extrema; tal vez algún país como Argentina con grandes extensiones de tierra donde poder construir una nueva Villa Contini, lejos de la capital.

A Richard la idea no le agradaba y era natural que así fuera, era un hombre joven y, además, norteamericano.

Eso lo decía todo. Las veces que estuvieron en su país se notaba que se encontraba en su hábitat natural.

Apartando ese punto, el más crucial era la eternidad.

La secretaria entró al despacho luego de tocar la puerta con brevedad.

—Señor Dante, el chófer espera por usted.

—Gracias, Patricia. Bajo enseguida.

La mañana se había ido volando y había llegado la hora del almuerzo.

Bajó y dejó que el chófer lo condujera hacia el Palacio Borghese.

Al llegar cruzó el imponente portal de la planta noble y aguardó en la antecámara en donde esperaría a las tres personas que asistirían a la reunión en el Circolo della Caccia .

La limusina llegó al patio central y el chofer, ceremonioso, abrió la portezuela por la que se apearon los visitantes. Un chino, un norteamericano y un alemán. En el majestuoso patio porticado con columnas, el murmullo de la Roma exterior dejó de escucharse.

Dos guardias de seguridad privada con trajes oscuros de corte impecable y auriculares invisibles cotejaron los nombres en sus tabletas.

Dante había dejado la orden expresa de que no les entregasen acreditaciones colgantes.

Prefería la discreción absoluta para evitar que la prensa financiera filtrara la reunión.

Los tres empresarios subieron los escalones de mármol travertino flanqueados por los bustos de los emperadores romanos dentro de las hornacinas que ahora convivían con la modernidad.

La iluminación barroca se había sustituido por focos LED ocultos de luz cálida, que resaltaban las texturas de la piedra sin dañar las estructuras históricas, mientras el eco de sus zapatos resonaba en las gradas.

La subida los obligaba a mirar hacia arriba, una técnica arquitectónica barroca que sigue funcionando en el siglo XXI para hacer que el visitante se sienta pequeño ante el poder del anfitrión.

Guiados por un asistente, los compradores entraron a la antecámara donde Dante los esperaba.

La sala combinaba el peso de la historia con las necesidades del capitalismo moderno.

Bajo los techos abovedados al fresco con los símbolos de los Borghese el águila y el dragón, las paredes de damasco carmesí seguían ahí, pero conviviendo con elementos modernos.

Sobre las consolas barrocas de mármol del siglo XVII, se veía un elegante arreglo floral de diseño contemporáneo minimalista y, discretamente colocado en una esquina, una pequeña bandeja de plata con tarjeteros con códigos QR para el wifi de alta velocidad del palacio.

Sobre una consola de mármol, junto a un fastuoso espejo antiguo, destacaba una pequeña base de carga inalámbrica de diseño minimalista.