El trato (El manuscrito 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Y a en sus aposentos Dante y Richard se miraron. Luego sus ojos enfocaron el manuscrito que este último había dejado sobre la mesa de centro del salón del dormitorio.

—¿Qué piensas tú?

—Estoy anonadado. Jamás creí que Nicholas pidiera algo así. Y la respuesta del manuscrito… me aterroriza. ¿Será el mismo? Parece que tuviera vida propia.

—¿No te parece raro que tus deseos siempre se cumplan? —preguntó Richard.

—Eso no es así. ¿Por qué lo dices?

—Deseabas el manuscrito y de pronto Nicholas lo encuentra en una subasta, y por un precio irrisorio.

—¿Y no te parece extraño que mi deseo de dejar de permanecer siempre joven no se cumpla? Sabes por todo lo que pasé cuando murió Claudio, mi padre. Creí estar en bancarrota y tuve que enfrentar muchas dificultades.

—Como bien dices: creíste estar en dificultades, que no eran tales, porque todo había sido arreglado por tu padre y Caperotti.

—Cuando aquello no lo sabía, Richard, y pasé la prueba con una nota excelente.

Estaba dispuesto a perder todo y empezar por mi cuenta —expresó Dante con cierta molestia.

Le disgustaba que Richard pensara que él era rico por haber heredado una fortuna.

La había multiplicado, pero parecía que aquello no contaba para él.

—Perdóname si te pareció que dudaba de tus logros, cariño, pero toda esta situación me desborda. Solo pensé que tal vez tus deseos podrían ayudar a que se hiciera realidad lo que tanto anhelamos.

—Mis deseos… —Dante arrugó la frente al mirar a Richard. A veces le parecía tan ingenuo.

—Sé que Nicholas fue un elemento importante en todo aquello, como lo fue cuando nos conocimos tú y yo. Tal vez encontremos alguna solución con su ayuda. ¿Por qué no pides un deseo al manuscrito?

Dante se detuvo a pensar. No era mala idea. Tomó una pluma estilográfica y escribió:

—¿Podrías hacer que yo pueda envejecer?

—¿Qué estás dispuesto a perder?

—Mi juventud.

— Esa no es la respuesta.

—Entonces, ¿cuál es?

— Debes encontrarla por ti mismo.

—Es inútil, Richard. Ya ves que el manuscrito no da una respuesta directa. Siempre ha hablado con metáforas y sutilezas crípticas.

—Ya veo que no es tan sencillo. Pero con Nicholas fue más directo.

—Tal vez. Pero me niego a que se someta a lo que exige el manuscrito. No es justo —replicó Dante— en todo caso, es mi problema, no el suyo. Por otro lado, es como si el manuscrito tuviera una conexión más directa con él. Es a Nicholas a quien siempre se le ha aparecido.

—No siempre. La vez anterior se me apareció a mí. ¿recuerdas?

Dante, pensativo, le dio la espalda y se situó frente a la ventana que todavía tenía las cortinas descorridas. Richard tenía razón.

Frente a él un paisaje nocturno iluminado por farolas colocadas estratégicamente daban un aire mágico al parque que formaba parte de sus tierras.

Todo era suyo y lo había heredado, era verdad, ¿pero tenía él alguna culpa de haber nacido en medio de la opulencia?

El rostro de Richard que reflejaba el cristal del ventanal no le gustó en absoluto.

En todos esos años no había cuestionado sus sentimientos, pero en esos momentos la duda lo invadía.

¿Estaría él interesado en su persona o en su fortuna?

¿Acaso la reticencia que mostraba de permanecer joven era una impostura?

Tendría que conversar con Nicholas, era en quien más confiaba y, al afirmarlo, en su interior sentía que estaba traicionando a Richard.

Richard notó que Dante miraba su reflejo en el cristal y procuró cambiar de actitud.

Él quería a Dante. Eso estaba fuera de dudas.

Le había confiado acerca de su aspecto, de los experimentos de su padre con Mengele y del famoso isótopo bajo el mar.

Le reveló todo después de cumplir los cuarenta y dos, cuando su apariencia seguía siendo joven y ya había dejado la treintena.

Lo que le había parecido un cuento de hadas el paso de los años lo estaba confirmando.

Al situarse uno al lado del otro frente al reflejo de un espejo Richard se veía mayor que Dante.

Mucho mayor. Fue entonces cuando se hizo la pregunta: ¿Es que acaso nunca moriría?

Pasar el resto de su vida al lado de un hombre siempre joven mientras él de manera indefectible seguiría envejeciendo hasta morir, no era un futuro halagador.

¿Dante lo querría, aunque fuese un guiñapo humano?

O calculando más cerca: ¿Cuando su cabello fuese completamente blanco y Dante continuase pareciendo de veintitantos?

Era irracional, monstruoso. Miró el manuscrito sobre la mesa.

Y si le hacía alguna pregunta al manuscrito, ¿le respondería a él?

Al fin y al cabo, antes ese legajo le había hecho saber que era descendiente del gran Ambrosius Aureliano.

Dante entró a ducharse y poco después apareció con el pijama listo para entrar a la cama.

Richard fue a asearse e hizo tiempo hasta que se quedara dormido.

Cuando estuvo seguro por su respiración acompasada de que lo hacía, fue directo al manuscrito, buscó un lápiz y una goma de borrar y escribió una pregunta.

—La juventud de Dante es eterna, pero ¿podrá él morir algún día?

—La juventud es eterna, sine die [9] . La vida no.

Richard se estremeció al obtener la respuesta. Recuperó el aliento y se atrevió a preguntar:

—¿Podría morir de alguna enfermedad ?

—La vida de la eterna juventud solo puede terminar por la voluntad de sí mismo o de otro.

Un movimiento sobresaltó a Richard. Dante dio vuelta en la cama, quedó de espaldas a él y siguió durmiendo.

Richard de inmediato borró lo que estaba escrito, pero las respuestas seguían allí, indelebles, definitivas, inquebrantables.

Si ellos las leían podrían pensar que él deseaba la muerte de Dante, o peor aún, que deseaba matarlo.

Se tomó la cabeza con las manos sin saber qué hacer.

Intentó arrancar la página para que pareciera que nunca hubo nada escrito, pero le fue imposible.

Esta vez el manuscrito no estaba anillado, estaba firmemente cosido y, lo peor, al final de cada página se exhibía un número.

Después de los primeros minutos de desesperación, leyó las respuestas, esta vez con calma.

¿Qué significado tenían? ¿Qué demostraban?

Que el manuscrito había hablado. No se distinguían las preguntas.

Respiró más tranquilo. Ya había sucedido antes que el manuscrito hablaba por sí mismo, lo recordaba perfectamente.

[10] Las palabras allí escritas podrían tomarse como una advertencia para cualquiera que las leyese.

Cerró el legajo y fue a la cama. Trató de dormir.