El trato (El manuscrito 4) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Sí, amigo. Supongo que ya no se puede ocultar lo obvio.

Por Richard los años pasan y yo no envejezco.

Cumplí cincuenta y uno hace poco… supongo que algo en mi sangre me impide aparentar mi verdadera edad, o lo hace a un ritmo excesivamente lento.

El asunto es… quiero recuperar lo que arrojamos al mar Tirreno, ¿recuerdas?

—¿Deseas recuperar el isótopo radiactivo? Sería como buscar una aguja en un pajar, y lo peor es que no sabremos si todavía funciona.

—Por eso necesitamos el manuscrito, estoy seguro de que no se ha presentado por casualidad, nunca lo hace.

Nicholas cayó en la cuenta de que Dante tenía razón.

—A mí no me importa envejecer —objetó Richard.

—¡Pero a mí sí! No puedo permitir que pierdas tu juventud mientras yo sigo como un joven de veintitantos, es algo obsceno.

—¿Te refieres a que sería una obscenidad amar a un anciano?

—No, Richard, no interpretes mal lo que digo. Lo que deseo es que tú disfrutes al igual que yo de ser joven .

—¿Disfrutas realmente de tu juventud, Dante? —terció Nicholas.

Él permaneció en silencio. ¿Realmente lo hacía?, pensó. Su rostro se contrajo en una mueca de descontento mezclada con tristeza.

—La verdad es que no. Ver decaer a la gente que me rodea, quedarme solo… porque tú, Nicholas, y también tú, Richard, llegará el momento en que morirán, mientras yo permaneceré tratando de ocultar una juventud que sería incomprensible para los demás.

—Supongo que en La Empresa [6] habrá unos cuantos a los que les extrañe tu apariencia.

—Ya no puedo disimularlo y mi juventud se está convirtiendo en un verdadero problema.

Caperotti, quien nunca me lo dijo, pero creo que estaba enterado de lo que sucedió con mi padre, Claudio, ya no está.

Falleció hace nueve años. Al igual que otros de la sociedad.

Decidí no incorporar nuevos miembros, solo los indispensables a quienes trato a través de mi asistente, Romano.

Solo me reúno con empresarios extranjeros a los que tengo oportunidad de ver de vez en cuando.

—¿Y qué hay de tu hermana, de tu madre?

—Desde un tiempo a esta parte tengo serios problemas, con mi madre, en especial.

Llegó ya a los ochenta y sigue con el mismo carácter indomable.

Ahora se le dio por culparme de la muerte de Francesco.

¿Te imaginas? Mi hermana me trata con cierto resquemor, como si yo fuese un enemigo.

Es probable que se deba a que luzco menor que ella y es comprensible.

—La única familia que tiene Dante soy yo —aclaró Richard—.

Sus demás parientes están muertos y, como ves, su madre y su hermana apenas desean tratar con él.

Y Dante las ha situado económicamente mejor de lo que quedaron después del testamento de Claudio —señaló con cierto desdén, haciendo una ligera mueca que no pasó desapercibida para Nicholas.

—Lo que más me duele es no tener contacto con el hijo de mi hermana, de hecho, mi único sobrino.

Ella lo mantuvo alejado de mí, y ahora vive en el extranjero.

Sé que en la actualidad hay gente que busca la inmortalidad, y que invierte fortunas para llegar a obtenerla por medios científicos, pero no se han detenido a pensar en las consecuencias. No es natural, de ninguna manera lo es.

—¿Y es lo que deseas para mí? Déjame envejecer con dignidad —reprochó Richard.

Dante miró a Richard y bajó la mirada. Qué absurdo era todo, pensó. Apretó las manos y las miró una vez más. Tersas. Apartó los ojos de ellas como hacía cada vez que se observaba en el espejo.

—No, cariño. No es lo ideal, solo deseo lo mejor para ti —acertó a decir.

—Si no me aceptas como soy, no creo que en realidad me ames .

—Entiendo que Dante se preocupe por el futuro, Richard, especialmente por el tuyo, ¿no te das cuenta? Otorgarte el don de la juventud… ¡Cuántos desearían obtenerla! Creo que es más una muestra de amor que de egoísmo.

—Pues es justamente lo que siento yo. Dante desea su juventud y la mía. Eso es egoísmo. Además, ya has visto todo lo que se sufre siendo eternamente joven.

—¿Qué sugieres? ¿Que lance el descubrimiento a la humanidad entera? —exclamó Dante—. Eso en el caso de que hallemos la solución.

—Bueno, bueno, no discutamos por algo que aún no sabemos si ocurrirá o no. ¿Qué te hace suponer que tu apariencia será perenne?

—Porque lo sé, Nicholas, ya no nos engañemos más, y la sangre de mi padre corriendo por mis venas ya no es suficiente.

Si no recuperamos el elemento que lanzamos al mar, lo veré marchitarse mientras yo sigo igual.

No puedo permitir que el tiempo me lo robe.

No puedo transferirle mi sangre porque somos incompatibles, es la dura realidad.

Y aunque pudiera, nada asegura que eso funcione.

—Conservas la fórmula. ¿verdad? El elemento que faltaba es el isótopo que está en el fondo del mar, y en el caso de que lo encontremos, ¿cómo vamos a realizar el experimento?

—Tendremos que comunicarnos con la gente de Merreck & Stallen .

—¿Crees que John Merreck aún viva? ¡Han transcurrido más de veinte años!

—Alguien debe quedar en ese laboratorio.

—Me opongo. No deseo formar parte de esto —afirmó Richard dando un golpe en la mesa. Se levantó y dejó el comedor justo cuando la mucama llegaba con el carrito de la cena.

—¡Richard, vuelve, tenemos que hablar!

Dante fue tras él. Nicholas vio a ambos perderse tras la puerta del comedor mientras el murmullo de sus voces se alejaba. La mujer a su vez lo miró con cara de interrogación.

—Sírvame, por favor.

En realidad, se moría de hambre.