El trato (El manuscrito 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

E l taxi atravesó la ciudad hasta salir a las afueras de Roma, mientras Nicholas recordaba su recorrido por esos rumbos.

No advertía ninguna diferencia, y eso lo hizo sentir como si estuviera empezando la aventura de la primera vez con el manuscrito.

Pero en ese momento en el que se encontraba existía una diferencia.

En la entrada a la villa no le pusieron objeción, con toda probabilidad estaban avisados de su llegada y en efecto, las enormes rejas de hierro forjado se abrieron con un saludo del vigilante y el coche rodó por el largo camino bordeado de altos cipreses hasta llegar a la rotonda y se detuvo frente a la puerta, en donde estaban Dante, Richard y Quentin esperándolo en el umbral.

Dante y Richard bajaron los cinco escalones y apenas Nicholas abrió la portezuela se fundieron en calurosos abrazos.

—¡Querido, qué gusto me da verte!

—A mí también, Dante, a mí también… y a ti Richard, ¡me alegra verte de nuevo!

Nicholas observó el rostro de su amigo con disimulo. Algo extraordinario asomó a su mente: Dante no envejecía. La barba y los bigotes que ahora lucía lo hacían diferente pero no mayor.

— Dai, entriamo , vamos adentro, tenemos mucho de qué hablar.

Al llegar a la puerta Quentin le abrió los brazos. Al sentir su pequeño cuerpo Nicholas presintió que el fin del anciano mayordomo estaba cerca. ¿Qué edad tendría? Tal vez más de noventa.

— Signor Nicholas, bienvenido a Villa Contini.

A Nicholas se le humedecieron los ojos.

Una vez reunidos en el estudio una mucama se acercó con una bandeja de plata. Dejó todo en su lugar en la mesa frente a ellos y se retiró, al igual que Quentin.

—Cuéntame, Nicholas, cuéntamelo todo —dijo Dante.

—Antes que nada: aquí está el manuscrito. —Y antes de que Dante preguntase algo, aclaró—: Costó doscientos dólares.

—¿Doscientos dólares?

—Sí. El vendedor dijo que yo fui el único postor, y que nadie más se había interesado por el manuscrito. Tu millón de dólares sigue en tu cuenta, por si no verificaste.

—No lo hice, pero todo lo que suceda respecto a ese manuscrito no debería asombrarnos, sin embargo, estoy alucinado. Pero ahora tiene un aspecto diferente, ¿cómo estás seguro de que es el manuscrito?

—Porque fue una puja con un fantasma, eso solo pudo ocurrir con nuestro manuscrito.

—Está claro que sí, ¡qué jugarreta! —exclamó Dante.

—Pues parece que el manuscrito cobró vida o algo por el estilo —opinó Richard.

— Immagino che quel venditore non abbia saputo niente di tutto questo, vero ? [5]

—No, claro que no. Estoy seguro de que me tomó por un demente o algo así. Lo vi en su cara cuando me despedí de él. Aunque no podría decir que el hombre fuese muy cuerdo —razonó Nicholas distendiendo las cejas al recordar a Palumbo en un ademán que causó la hilaridad de Dante y Richard.

Nicholas no pudo evitar sumarse a las risas, pero al mismo tiempo su rostro se fue transformando. Sus labios dibujaron un rictus amargo y en sus ojos, ya de por sí caídos, asomaron unas lágrimas. Le pareció una blasfemia estar alegre con Dolores muerta.

Dante notó su tristeza.

—¿Sucede algo, Nicholas?

—Dolores falleció hace cuatro meses, Dante. Cáncer de hígado. No comprendo cómo pudo suceder, era una mujer saludable, ni siquiera bebía.

—¿Entonces?

—Sufría hemocromatosis. Una enfermedad que hace que el cuerpo absorba demasiado hierro de los alimentos. El exceso se almacena en el hígado y en otros órganos. Fue todo rápido y triste, Dante, se trasmite de una generación a otra. Ella no lo sabía, su madre también falleció temprano.

—¡Santo cielo!, cuánto lo lamento mi querido amigo. ¿Por qué no me dijiste nada? Tal vez habría podido ayudarte .

—Fue fulminante, y no había manera de revertir la situación.

Nicholas bebió todo el contenido de la taza de café, no había advertido que tenía tanta sed. Richard estaba a punto de servirle más y Dante lo interrumpió.

—Necesitas algo más fuerte. —Fue hacia una parte de la biblioteca, la abrió y extrajo una botella de brandy. Sirvió tres copas y le tendió una a Nicholas—. Bebe, amigo mío, esto te hará sentir mejor. Nicholas lo tomó de una sola vez y pidió agua.

Paseó la mirada por la opulencia silenciosa del entorno que le traía recuerdos de la primera vez que estuvo allí y la detuvo en Dante.

A sus cincuenta y un años, su rostro seguía siendo un lienzo impecable, una burla biológica frente al declive de todos los que lo rodeaban.

¿Cómo era eso posible? Richard parecía mayor que él, y en realidad era menor por doce años, según sus cálculos.

—Cuéntame cómo encontraste el manuscrito en una subasta en eBay , me parece mucha casualidad.

—No fue el azar, Dante. —Nicholas depositó una carpeta sobre el escritorio, la abrió y le enseñó con sumo cuidado las capturas de pantalla impresas, como si fueran fragmentos del manuscrito del mar muerto—.

Programé el móvil para que saltara una alarma cuando en algún lugar, fuese subasta, remate, tienda de antigüedades, etc.

, apareciera a la venta un manuscrito. Durante años muchas veces saltó la alarma, pero siempre fue en vano.

Fíjate: una vez la alarma saltó en una puja privada en Praga, y erróneamente era un breviario alquímico del siglo XIV.

Y mira aquí —señaló otra imagen—. Cosas como esa sucedieron varias veces, ¡quién iba a imaginar que aparecería en una subasta en eBay !

—dijo Nicholas. De improviso tomó su cabeza con las dos manos—.

Lo siento, tengo un dolor de cabeza… siento deseos de descansar.

Al terminar el vaso, se recostó en el sofá y sintió la imperiosa necesidad de cerrar los ojos.

La gravedad de la villa parecía tirar de él hacia el suelo, una fuerza irresistible que le cerraba los párpados.

Sin pensarlo, hundió la mejilla en el cuero frío del manuscrito; el contacto le dio una paz súbita, como si el libro estuviera absorbiendo su dolor para dejarlo descansar.

Puso el manuscrito como almohada y se quedó dormido.

Dante y Richard se retiraron en silencio.

Al cabo de dos horas, Nicholas abrió los ojos y lo primero que hizo fue cerciorarse de que el manuscrito estaba con él. Se encontraba solo, se puso de pie y al salir del estudio, Quentin, como si todo el tiempo hubiese estado esperando allí, le preguntó:

—¿Se siente mejor, signor Nicholas?

—Sí, Quentin, estoy bien. No te preocupes.

—Los signori están en el invernadero. Dentro de unos minutos servirán la cena —dijo y se retiró caminando muy despacio. Sus pasos apenas se sentían, a Nicholas le invadió un cariño indescriptible al verlo perderse al final del corredor .

Fue en busca de sus amigos y les dio el encuentro cuando ellos salían del invernáculo.

—No quise interrumpir tu sueño, Nicholas, ¿descansaste?

—No sé qué me sucedió. De pronto sentí intensos deseos de dormir. No suele ocurrirme.

—Son las emociones, a veces me sucede.

—Pasemos al comedor, nos espera la cena —dijo Richard.

Nicholas notó que Richard formaba parte de la casa.

Era obvio, eran pareja desde hacía catorce años.

Una vez en sus respectivos lugares, prestó atención con calma a sus dos amigos.

Por Dante no parecían haber transcurrido veintiséis años, si contaba desde la primera vez, cuando se conocieron.

Su apariencia inmarcesible hacía contraste con un Richard más maduro, una madurez que acrecentaba su atractivo.

Cuando apareció en sus vidas debía contar veinticuatro o veinticinco, no recordaba bien.

Dante aparentaba mucho menos de treinta, una juventud que los cuidados barba y bigote no podían ocultar.

Era dos años menor que él, que ya había cumplido los cincuenta y tres.

Observó cómo Dante posaba sus ojos en Richard con una mirada de «adoración angustiada».

Sus ojos no se apartaban de las incipientes líneas en la comisura de sus ojos.

Nicholas Prefirió no mencionar el asunto, ya en una ocasión anterior se lo había hecho saber a Dante, pero él le restó importancia, sin embargo, esta vez, fue él mismo quien tocó el tema .

—¿Recuerdas lo que me dijiste la última vez que nos vimos?

—Te dije tantas cosas que no sé a qué te refieres. Fue hace tanto…

—Acerca de mi falta de envejecimiento.

Nicholas levantó sus gruesas cejas y las volvió a bajar.

—Pues sí. Lo recuerdo. Y ahora que lo mencionas, te diré que por ti no pasan los años, en cambio yo, estoy hecho un adefesio —dijo mirándose a sí mismo.

Dante rio ante la ocurrencia. Nicholas no era un adefesio, él también se veía bien, pero los años se le notaban; su rostro, que siempre había sido delgado, esta vez era más anguloso, y sus cabellos mostraban algunas hebras grises que, sin embargo, le agregaban personalidad.

Nicholas a sus ojos era un hombre bien parecido.

—Estás más delgado, es lo que puedo notar.

—Desde la muerte de Dolores no he prestado mucha atención a la comida —objetó él tratando de no mostrar sus sentimientos.

—Lo comprendo. Pero aquí con Quentin vamos a ponerte en forma.

Richard permanecía callado.

¿O siempre había sido así? Trató de recordar Nicholas.

Permanecía a la sombra de Dante, sentado con las piernas cruzadas en una elegante indolencia.

Su mirada ya no buscaba aprobación; parecía evaluar a Nicholas como si fuera un extraño que acababa de invadir su territorio.

Su silencio no era el de antes; ahora tenía peso .

—¡Brindemos por nuestro reencuentro, querido amigo! —exclamó Nicholas para levantar los ánimos.

Cada uno de ellos elevó su copa con sus propios pensamientos; Dante con una premisa, Richard con sus incertidumbres y Nicholas con una interrogante.

—Dijiste que deseabas hablar conmigo —dijo Nicholas, dirigiéndose a Dante.