Capítulo 2
D espués de hablar con el dueño de la librería, Nicholas procedió a hacer una reservación en un vuelo a Roma para el día siguiente.
Hizo su equipaje según acostumbraba; poca ropa y solo lo necesario, aunque con Dante nunca se sabía y con el manuscrito, menos.
Se le hizo difícil elegir lo que llevaría.
¿Qué clima hacía en Italia? Era mediados de octubre…
Sabía exactamente lo que diría Dante si lo tuviera enfrente: Amico mio!
Estarás aquí en la Ottobrata Romana! ¡Podremos disfrutar de días de sol radiante y cielos azul profundo, un sol con una luz dorada sin el calor del verano!
Llevaría camisas de lino y algodón. Un par de vaqueros oscuros, un pantalón de vestir, varios interiores y pares de calcetines; Dolores en eso era implacable.
Conociendo a Dante, con seguridad irían a algún lugar elegante.
Llevaría su chaqueta negra de cuero. Si estuviera ella sabría con exactitud qué llevar y con qué combinarlo, suspiró Nicholas.
Le pareció increíble haber dejado de pensar en Dolores por un par de horas, su rostro volvió a cobrar el dejo de tristeza tan característico en él: unas cejas oscuras que parecían resbalarse en caída hacia los lados .
Un suspiro profundo llenó su corazón y trató de enfocarse en lo que debía hacer. Llevaría puesta la chaqueta de cuero, era un modelo parecido al viejo que tenía guardado como una reliquia. Llamó a Roma.
—Estaré allí mañana, Dante —dijo después de los efusivos introitos de saludo de su amigo—. Iré a retirar el manuscrito en persona.
—Nicholas, no sabes cuánto me alegrará volver a verte… justo te iba a llamar para decirte que vinieras. Es como si me hubieras leído el pensamiento.
—¿Querías hablar conmigo?
—Sí. Pero esperaré a que llegues. No veo la hora de que estés aquí.
Nicholas sintió inquietud al escuchar las palabras de Dante. ¿Tendría algún problema? ¿Sería con Richard? Había pasado mucho tiempo y en ese lapso podrían haber ocurrido miles de cosas.
Esa noche no pudo conciliar el sueño. Dolores aparecía en su mente cada vez que trataba de dormir, y cuando lograba hacerlo, Dante, el postor invisible y el manuscrito se presentaban ante él como una aparición.
Fue a las cinco de la mañana cuando finalmente pudo pegar los ojos y quedar dormido.
Al despertar eran las once. Su vuelo salía a las tres de la tarde.
Tenía el tiempo justo para asearse y llegar al aeropuerto.
Después de pasar por las puertas de embarque pudo respirar tranquilo.
Los chequeos, cada vez más mortificantes debido a las medidas de seguridad, hacían que todo fuese más lento.
Una vez en su asiento en clase ejecutiva, se acomodó y esperó con paciencia a que el avión hiciera lo suyo.
Con Dante había aprendido que pagar un poco más para obtener comodidad valía la pena.
En cambio, él pertenecía a la clase media.
Escribía libros con cierta regularidad, cobraba buenos anticipos y regalías y podía darse un lujo de vez en cuando.
Dolores le había enseñado a ser ahorrativo, tenía la mayor parte de su dinero invertido en acciones, de manera que su volumen de efectivo tenía ciertos límites.
Dante, por el contrario, estuvo acostumbrado desde siempre a viajar en primera clase y por lo que sabía, tenía su propio avión.
Las siguientes ocho horas y poco más le parecieron interminables.
No veía la hora de conocer al tal Matteo Palumbo y tener en sus manos el manuscrito.
Había reconocido el legajo por la caligrafía pese a tener un aspecto diferente, pero estaba seguro de que era el mismo.
Tal vez el manuscrito tendría vida propia, y los años también hicieran efecto en él, pensó.
Palumbo le había dicho que no había existido otro postor.
Aquello le dio la certeza definitiva de que el manuscrito había encontrado la forma de llamar su atención.
El taxi lo dejó justo en la via degli Zingari , 22a .
En la pared, enganchado a la reja de la izquierda de la puerta, un exhibidor metálico gris desplegaba una serie de libros: Voltaire, Marie Curie, Wolf, Artusi, Svevo, Goethe; también se encontraba Anaïs Nin, una escritora de cuentos eróticos ya fallecida, de padres cubanos nacida en Francia que vivió en los Estados Unidos, cuyo libro Il delta di Venere ocupaba un lugar bastante a la vista.
Él no era aficionado a las novelas eróticas y Anaïs Nin era demasiado gráfica para su gusto, aquello de relaciones incestuosas no iba con él.
A su lado, Saint-Exupéry con Vuelo nocturno hacía un contraste hiperrealista.
Frente a la puerta de vidrio cerrada presionó el timbre y un hombre bajo y delgado se acercó a abrir.
Entró con curiosidad a la pequeña librería que no ostentaba ningún letrero y se topó con un exhibidor de pie, de esos que parecen un árbol de Navidad angosto.
Daba vueltas sobre su eje tan rápido que apenas podía leerse los títulos de las obras.
El local era pequeño. Sus estanterías repletas de libros daban la impresión de haber sido puestos ahí como fueron llegando. Giró hacia el hombre.
—¿Podría hablar con el señor Matteo Palumbo?
—Está usted ante él —dijo el hombre delgado de mirada apacible con un cierto punto de candidez. Su agradable sonrisa iluminó su rostro.
—¡Por supuesto! —exclamó Nicholas sin saber por qué lo afirmaba—. soy Nicholas Blohm, el comprador del manuscrito que pujó en eBay , encantado de conocerlo, señor Palumbo.
—Soy Palumbo a secas, Nicholas, todos me llaman así.
—¿Podría ver el…?
— Subito! [2] Por favor, sígame.
Palumbo fue hacia la parte de atrás y abrió una puerta igual de angosta que la de la entrada. Tomó las llaves que yacían en el pequeño escritorio y abrió uno de los cajones. Extrajo el manuscrito y se lo extendió.
Nicholas recibió el manuscrito, la luz en el diminuto despacho no era la más adecuada para examinarlo, por lo que se dirigió hacia la tienda. Era el mismo, había cambiado de apariencia, pero era el mismo, estaba seguro.
—¿Es el que andaba buscando?
—Sí… aunque su exterior luce diferente. ¿Lo leyó usted?
— Vediamo... Le ho già detto che non sono un buon lettore, nonostante io abbia una librería, capisce?
? [3] , por cierto, está en inglés, y yo…
bueno, prefiero leer en mi idioma. Cuando leo.
Sin embargo, le eché una ojeada, creo que cuenta la vida de un vendedor ambulante de libros usados.
Aunque yo tengo una librería —dijo haciendo un ademán con la mano al señalar el entorno— no puedo ser yo, claro está.
Nicholas, que creía que su italiano había mejorado bastante, trató de comprender la lógica de Palumbo.
—Bien, bien, pero aquí no pone eso. Mire:
La falta de dinero era su sino, y al encontrarse en aquella ciudad en donde la mayoría de la gente parecía contar con un nivel de vida bastante mejor del que él conocía, no acertaba a comprender qué hacía allí.
¿Cómo fue a parar a aquel lugar? Si tan solo recordase lo que hizo la noche anterior todo estaría más claro…
Y el texto proseguía en ese tenor con su caligrafía alargada en un estilo de inglés victoriano.
— Sei serio? [4] ¡No es posible!
Nicholas cerró el manuscrito con rapidez y lo resguardó en el pecho con las dos manos.
—En realidad no es importante, cualquiera puede equivocarse, tal vez leyó alguna página más adelante —explicó para no despertar la curiosidad de Palumbo—. Le agradezco haber guardado el manuscrito, lo perdí hace tiempo y jamás imaginé que volvería a encontrarlo.
De pronto, el rostro de Palumbo mostró un semblante neutro, como si estuviera estudiándolo.
—Supongo que para usted es valioso, me alegra haber sido de alguna ayuda.
—¿Dice que lo encontró en la trastienda?
— Sarò sincero con Lei: non è così che l'ho trovato. L'ho trovato su una panchina al parco .
—Por favor, preferiría conversar en inglés —sugirió Nicholas, deseaba entender exactamente la respuesta del italiano.
—¡Lo siento!, disculpe. Voy a ser sincero con usted: No fue así como lo encontré. Lo hallé en el banco de un parque .
—Ahora entiendo… Gracias, señor Palumbo. Ahora debo irme.
—¿No necesita una bolsa? —Palumbo le alcanzó una bolsa de plástico.
—No, gracias, así está bien.
—No perdamos el contacto, ¿eh? Ciao, ciao!
Se despidió el italiano desde la puerta esgrimiendo la mano con entusiasmo. Nicholas también se despidió como si estuviera en la ventanilla de un tren y fuese a la guerra y se alejó a pasos largos, debía salir de la callejuela para encontrar un taxi.
Palumbo entró al local meneando la cabeza al tiempo que una sonrisa asomaba a sus labios.