El trato (El manuscrito 4)
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Capítulo 1
E l amor vuelve egoístas a las personas, cavilaba Nicholas; la necesidad también.
Cuando se enamoró, su vida entera se había encerrado en sus propios sentimientos.
Él lo sabía mejor que nadie. Pero en ese instante se sentía tan solo, que las lágrimas apenas le dejaban ver el paisaje nocturno que tantas veces había compartido con Dolores.
Esa sensación de abandono lo arrastró hacia Dante, su querido amigo, a quien no había vuelto a ver desde que catorce años atrás habían vivido una aventura inolvidable en la que Dante conoció a Richard y él a Dolores.
En esos momentos, en los que se encontraba huérfano, se acordó de ellos y se culpó de su egoísmo.
Su amiga, esposa y compañera estuvo a su lado de manera inseparable durante los últimos catorce años.
Años que habían transcurrido en un abrir y cerrar de ojos, porque cuando se tiene al lado a la persona perfecta, el tiempo no se cuenta en días ni en meses ni en años, se cuenta en momentos, y los momentos con Dolores habían sido los más entrañables que había vivido.
El primero había ocurrido cuando la vio frente a él en Londres, mirándolo con aquellos ojos negros que parecían escrutar sus pensamientos.
Nicholas se preguntó muchas veces si él era digno de tanta felicidad.
Con ella nunca le faltaban ideas para nuevos libros ni buena compañía.
En Dolores encontraba a la escucha atenta, la que le brindaba ideas que no se le habrían ocurrido jamás cuando se quedaba estancado, la mujer que lo cobijaba cuando se sentía necesitado de cariño, la que llenaba su vida, tanto, como para no recordar ni necesitar a nadie más.
¿Por qué no se comunicó con Dante durante todos esos años?
Si se respondía a esa pregunta, también debería pensar en que su amigo tampoco lo hizo durante el mismo tiempo.
No lo había olvidado, siempre lo tuvo presente, aunque no sintió la necesidad de verlo.
¿Seguiría con Richard? Al recordar a Dante sus recuerdos lo llevaban indefectiblemente hacia el manuscrito.
Nicholas llevaba años con alertas digitales programadas y rastreadores en la Dark Web y casas de subastas obsesionado por encontrarlo.
Algo le decía que algún día volvería a sus manos de la manera más insospechada, como antes había sucedido.
Apartó la vista de la ventana. La cama vacía con las sábanas revueltas en un solo lado, le devolvió una mueca amarga.
La vida seguía y, aunque sentía que era como una traición a su propio duelo, su estómago empezó a crujir.
Bajó a la cocina. En la nevera solo encontró agua mineral y tres huevos pegados al plástico del envase; los desechó.
Al abrir la alacena, apareció la última lata de sopa Campbell.
El mercado era inevitable: la postrera rebanada de pan lo miraba con unas trazas verdes que no recordaba haber visto antes.
Abrió la lata de sopa, la calentó y se la bebió sin utilizar una cuchara.
Había aprendido a ahorrar en limpieza. Antes, con Dolores, él era más hacendoso, sin ella se había convertido en un holgazán.
Incluso había aprendido a guardar los platos en la nevera para no tener que lavarlos y cuando empezó a utilizar comida enlatada, usaba el envase.
A las cuatro semanas de su muerte no había superado la pérdida y pensaba que no lo haría jamás.
Cinco meses después, empezaba a acostumbrarse a despertar en soledad y comprendió que no le quedaba otro camino que seguir viviendo, ¿cómo? Ese ya era otro cantar.
Se sentó frente a la laptop y pulsó eBay .
Su tienda preferida para pedir comida enlatada.
Puso en la canasta de compras sopas, galletas Oreo libres de gluten y café instantáneo.
Lo demás lo compraría si se animaba a salir, en ese momento no tenía intenciones de hacerlo.
También podía pedir una pizza a Pizza Hut , pero lo dejó así.
La sopa le había satisfecho o tal vez su estómago se había reducido.
De pronto, el móvil sobre la mesa emitió un pitido agudo, rompiendo el silencio de la cocina.
Era el tono específico que Nicholas había reservado exclusivamente para sus rastreadores de la Dark Web y casas de arte.
Una alerta digital que había sonado antes sin ningún resultado, pero siempre ese pitido tan reconocible le aceleraba el corazón.
Nicholas tomó el teléfono. En la pantalla, un aviso parpadeaba con el logotipo de eBay, vinculando una notificación directa desde un rincón insospechado de Europa:
« Alerta de coincidencia: Manuscrito medieval no catalogado.
Vendedor: Libri Necessari . Roma.
Ubicación del artículo: Roma, Italia.»
Descripción: Volumen de cuero gastado con anotaciones al margen en latín y caracteres antiguos.
Nicholas se quedó sin aliento. Algo acababa de morder el anzuelo que había dejado flotando en la red durante más de una década.
Sin tomar tiempo para pensar hizo clic en el anuncio y se abrió una página con toda suerte de objetos: 8 reales de Carlos III de 1767; un anillo romano antiguo con piedra; manuscritos árabes y aljamiados de la Biblioteca de La Junta, 1912…
Un estremecimiento hizo que Nicholas sintiera que su corazón palpitara a un ritmo más rápido.
Siguió bajando y lo vio: «Manuscrito antiguo anónimo con una historia interesante».
Las fotos lo mostraban abierto y también cerrado, se lo veía un poco ajado, como si hubiese estado guardado en malas condiciones, pero era el mismo, no sabía cómo, pero estaba seguro, pese a que esta vez las tapas eran de cuero.
En la imagen se veía la página abierta y unas letras, según pudo leer con cierta dificultad por la posición:
Capítulo 1
Cuando él pensó que habían perdido su pista, dio media vuelta y se perdió en la espesura del bosque, sin saber que debía seguir sus instintos …
En otra imagen:
Capítulo 1
Estaba claro que no caería en la trampa otra vez. Muchos de los mensajes eran falsos.
La boca de Nicholas seguía abierta al mirar los dos capítulos número 1.
Eso lo decía todo. Y reconoció la letra.
Jamás podría olvidarla. Aquello lo convenció de que se trataba de su manuscrito.
Una caligrafía de trazos etéreos y alargados, que hacía que las letras parecieran danzar de manera acompasada sobre el papel unidas por ligaduras fluidas.
Supuso que había cambiado de apariencia para llamar la atención de coleccionistas o de algún anticuario.
¿En qué estaba pensando? ¡Era el manuscrito!
Pero uno con personalidad propia , se dijo a sí mismo y siguió leyendo con atención.
El aviso decía: «Hacer una oferta» y clicó en «Pujar».
El legajo estaba calculado en 25,54 dólares.
Aparentemente el libro no ofrecía interés alguno o su dueño actual no sabía lo que tenía entre manos.
Se alegró por ello y ofreció 30. Estaba seguro de comprarlo hasta que alguien ofertó 40.
Arrugó las cejas y tecleó 50. El otro comprador escribió 100.
Esta vez Nicholas decidió doblar la cantidad.
Ofreció 200. De inmediato ese alguien puso 400.
No dejaría que otro se llevase lo que era de él. Tecleó: 1000. Y apareció 2000.
Cada vez que él doblaba la cantidad el contrincante ofrecía el doble.
Llegó a 10.000, y la cantidad que apareció fue 20.
000. Entonces puso 20.001; esta vez sería más cauto, no podía arriesgar más dinero.
El comprador desconocido apuntó 20.002. ¿Estaban jugando con él?
La frente de Nicholas estaba perlada de sudor, ¡debía conseguir el manuscrito a toda costa!
Se sentaría allí e iría agregando los dólares de uno a uno, si esa era la jugada del otro, hasta que se agotara.
Él tenía todo el tiempo del mundo. Sin embargo, la puja prosiguió y llegó a 20.
130. Nicholas temió quedarse sin dinero en la cuenta.
Pensó en llamar a Dante y exponerle la situación mientras sus dedos iban marcando las cifras de dólar en dólar.
Pero ¿qué pensaría Dante? ¿Acaso que lo llamaba únicamente cuando lo necesitaba?
En medio de la vergüenza que sentía no le importó y lo hizo. No le quedaba otro camino.
—¿Nicholas? —contestó Dante reconociendo su voz—. Mio caro! [1] ¿Cómo estás amigo mío?
—¡Dante! Estoy bien, amigo, es decir, no.
No estoy para nada bien. Pero después te hablo de eso, ahora necesito tu ayuda con urgencia.
Estoy en una puja en eBay por el manuscrito, ¿recuerdas el manuscrito?
Apareció en una subasta, no me lo vas a creer, y alguien está ofreciendo veinte mil ciento treinta dólares, y, la verdad, ya no dispongo…
—Por supuesto que sí, Nicholas, veamos, ¿cuánto subimos la oferta? ¡Ofrece cien mil!
—Listo—Nicholas escribió la cifra y apareció 200.000—. ¡No puede ser! ¡Dante esto es demasiado, no sé qué está sucediendo, pero acaba de poner doscientos mil, amigo!
—Ofrece trescientos, no podemos perder el manuscrito. No. Ofrece un millón —apuró Dante con un dejo de desesperación que extrañó a Nicholas.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Nicholas tecleó 1.000.000 con dedos temblorosos. Y de pronto apareció la palabra:
Vendido a Nicholas Blohm.
—¡Lo logramos, lo hicimos, Dante!, ¡el manuscrito es nuestro otra vez!
—Está bien mío caro , ahora cierra ese negocio y me llamas después.
—Gracias, Dante, sin ti no lo hubiera logrado.
De inmediato apareció un aviso en la pantalla indicando que tenía un correo. Lo abrió y leyó:
«Ingrese a su historial de compras
Seleccione "Pagar ahora"
Verifique su dirección de envío y método de pago, y confirme.
Tiene cuatro días para completar la transacción».
Apareció la cantidad que debía abonar y fue en ese momento cuando Nicholas no pudo evitar echarse hacia atrás con el peligro de caer de espaldas. La cantidad que figuraba era de doscientos dólares. Cuando se repuso pagó de inmediato y se comunicó con el vendedor .
En la página de subastas aparecía un nombre y un teléfono.
—Soy Nicholas Blohm, acabo de adquirir el manuscrito que tenía en subasta.
—Le habla el propietario de Libri Necessari —contestó una voz pausada, arrastrando las palabras en inglés con un marcado acento romano—. Felicidades por la compra, señor Blohm.
—Gracias… dígame, ¿qué pasó con el otro comprador? El que subía la puja cada vez que yo lo hacía.
—Lo siento, pero el único comprador que hubo fue usted, señor Blohm.
Y no sabe cómo le agradezco haber ofrecido doscientos dólares—.
Nicholas asintió mecánicamente, desconcertado.
—Lamento decirle que no hago envíos a su país, creo que lo puse muy claro en el aviso —continuó el librero—.
Me encuentro en Italia. ¿Tiene alguna dirección en Europa?
Nicholas arrugó el entrecejo y de inmediato sus cejas se distendieron.
—Le daré la dirección de un amigo en Italia, tome nota: Villa Contini... —Antes de proseguir, Nicholas no pudo reprimir la curiosidad—. ¿Podría decirme cómo obtuvo el manuscrito?
—Apareció en mi trastienda, entre un lote de libros viejos. Me pareció buena idea subastarlo; es un manuscrito antiguo y está escrito con una letra elegante, supuse que tenía cierto valor por su apariencia.
—¿Todas sus páginas estaban escritas ?
—Claro que sí, por eso me pareció que valía la pena.
—¿Lo leyó?
—No. La verdad… no soy muy aficionado a la lectura, pese a que tengo una librería. Prefiero ver series o películas en Netflix, así practico inglés.
Nicholas guardó un segundo de silencio. Había algo demasiado ensayado en la voz del anciano, una desconcertante contradicción entre regentar una tienda de libros y declarar un desinterés absoluto por las letras.
—Olvide el envío a Villa Contini —cambió de idea Nicholas, sintiendo un impulso inexplicable—. Iré a retirarlo yo mismo a su tienda. ¿Cuál es la dirección exacta de Libri Necessari ?
—Estamos en la Via degli Zingari 22/a , en el corazón de Roma. Estaré encantado de conocerlo, señor Blohm. Puede venir cuando le convenga; yo siempre estoy aquí.