Capítulo 1
—Sueño con un invernadero, Serena. No un simple bloque de cristal con unas cuantas plantas.
Quiero uno de verdad, con cristales por los que el sol de invierno entre alegremente —declaró la señorita Augusta Fairfax, con los ojos chispeantes por el sueño que iba tomando forma en su cabeza—.
Y después, un cuarto infantil con los mejores libros y juguetes para los niños.
Lady Serena Vale observó a su mejor amiga con los ojos entornados y el ceño fruncido. Las dos jóvenes eran polos opuestos, pero se tenían mucho cariño. Apoyada sin prisa en una columna dorada, en medio del salón de baile, Serena dejó que Augusta siguiera desgranando sus ilusiones de futuro.
—Ah, y por supuesto, mi marido no podrá poner los ojos en blanco ni mirar el reloj de bolsillo cada vez que yo hable —añadió Augusta—. Sería absolutamente perfecto, ¿no crees? Un hombre que escuche.
Apenas corría la segunda semana de la Temporada londinense y el gran salón de baile de los Maxwell ya estaba tan lleno que resultaba asfixiante.
Serena dio un sorbo a su limonada mientras su mirada recorría el caleidoscopio de colores de los invitados: las joyas, los vestidos, las zapatillas de baile.
Su amiga era la criatura más bondadosa que conocía, pero también demasiado blanda, y confiaba más de lo debido en los finales felices.
—Augusta, haz el favor de decirme: ¿dónde vas a encontrar semejante dechado de virtudes? —preguntó.
—Bromeas —dijo Augusta, y le dio un codazo cariñoso en el brazo—, pero tú y yo sabemos que existe, igual que sabemos que un matrimonio feliz es posible.
—Recuerda que tu mamá y tu papá son una anomalía estadística, querida Augusta —dijo Serena, torciendo la boca hacia un lado.
Quería a su amiga, pero debía recordarle la realidad de los acuerdos matrimoniales.
—Estamos en plena feria del mercado matrimonial, donde a hombres y mujeres se los empareja según lo que convenga. El amor rara vez tiene cabida en ello.
—¿Y tú, Serena? —preguntó Augusta con un leve suspiro.
Sus ojos recorrieron las parejas que bailaban en la pista.
—¿Te conformas con lo que somos ahora mismo? ¿Dos floreros esperando a que alguien nos saque a bailar?
—Yo no aspiro a jardines hermosos ni a cuartos infantiles —respondió Serena—.
Me interesaría más un edificio modesto de ladrillo.
Sin embargo, una construcción así no me hace pensar en familias felices, sino en jóvenes que necesitan más formación.
El edificio albergará una biblioteca para ellas y les ofrecerá una instrucción como es debido a cuantas deseen ser más de lo que la sociedad les reconoce.
—Estás pensando en una escuela —murmuró Augusta, y el abanico se le detuvo a medio aire.
Serena reconoció en el rostro de su amiga la mezcla perfecta de admiración y preocupación.
—A una mujer no se la debe preparar únicamente para ser esposa, Augusta. Hay que darle más opciones, porque merece más. No pienso casarme. Pienso educar.
—Serena —murmuró Augusta mientras miraba nerviosa a un lado y a otro.
Dos viudas de alcurnia parecían observarlas con curiosidad.
—No puedes decir esas cosas, y menos aquí.
—¿Y menos aquí? Si uno ha de oponerse a la tradición, ¿por qué no hacerlo allí donde se practica más abiertamente? ¡Los enlaces matrimoniales se fraguan precisamente aquí, Augusta!
—La sociedad no quiere que las mujeres rechacen sus normas.
No dará cabida a semejantes ideas si vienen de una mujer soltera.
Ahora bien, pongamos por caso que una matrona con un marido respetado y un buen título puede defender con mucha mayor facilidad una institución como la que tú deseas construir.
Sin embargo, eres una solterona de veintitrés años.
¿Crees que el ton enviará a sus hijas a tu establecimiento?
Serena sabía que, aunque Augusta fantaseara a menudo con el amor y el matrimonio, su amiga hablaba con sinceridad. Aun así, la amarga verdad le escoció.
—Nunca me cansaré de arrastrar a la gente hacia el camino de la ilustración. Quien sabe lo que es justo y equitativo antepone la razón al prejuicio.
—Entonces, a juzgar por nuestra conversación, parece que a las dos nos esperan caminos difíciles —observó Augusta—. Por ahora, sin embargo, mi querida madre me está haciendo señas para que me reúna con ella.
Serena sintió cierto alivio con aquella breve tregua, no de su amiga, sino de los argumentos que parecían contradecir el futuro que había planeado.
Estaba de acuerdo con Augusta: puede que ambos sueños fueran difíciles de alcanzar.
Sin embargo, se mantenía firme en su decisión de no rendirse sin más.
Dio una vuelta por el salón y dejó que la mirada se detuviera aquí y allá en algunos invitados.
Le gustaba observar el comportamiento humano en acción y no le avergonzaba pasear sola.
Agudizó el oído al captar la conversación de un grupo de caballeros.
Sus voces se alzaban por encima de las demás.
Uno de ellos era sir Reginald Thorpe, un joven baronet que se enorgullecía no solo de su título, sino también de su intelecto.
Había oído hablar de él. La verdad era que a nadie le quedaba más remedio que oírlo: le gustaba proyectar la voz lo bastante alto para que todo el salón se enterara de cada una de sus palabras.
—Escuchen bien todos —declaró en voz alta—. Opino que la oposición no comprende la estabilidad económica. Rebajar los aranceles de importación significaría la ruina. Es una cuestión de simple aritmética y, con todo, no son capaces ni de entenderla como es debido.
Como ocurre en tales reuniones, algunos de los hombres allí congregados solo estaban para murmurar su asentimiento.
Otros incluso asentían con vehemencia. Serena pensó que resultaría interesante entablar un debate con el baronet.
Había seguido con avidez los informes parlamentarios y discrepaba por completo de sir Reginald.
—Los condados del norte cuentan con abundantes reservas de grano —continuó el baronet, animado por la atención que estaba recibiendo—. Esas reservas bastan para compensar la escasez del invierno. Nos encaminamos a un excedente, lo cual es una victoria para la nación. No hay razón para el alarmismo.
Serena arrugó la nariz con disgusto. Había pensado quedarse allí solo a escuchar, pero la impaciencia ya le ardía en el pecho.
Aunque entendía que expresar la propia opinión era una virtud, a aquel hombre le importaban poco los hechos o, más bien, deseaba interpretarlos a su manera.
Nadie se atrevía siquiera a contradecirlo.
—Perdonen la intromisión —dijo con voz clara y firme.
No tenía paciencia para coqueteos susurrantes.
—Si no me equivoco, señor, el informe de la última quincena citaba claramente un déficit de cuarenta y cinco mil cuartos de grano, y eso solo en los condados del norte a los que usted se refería.
Varios pares de ojos se volvieron hacia Serena, completamente asombrados. Sir Reginald lucía una expresión de total incredulidad.
—Lady Serena —dijo con una sonrisa condescendiente—. Qué encantador que quiera sumarse a semejante discusión. Sin embargo, creo que tal vez haya malinterpretado algunas de las sutilezas del asunto. ¿Quizá estaría más a gusto con la música del otro extremo del salón?
Algunos de los hombres rieron entre dientes, pero Serena se limitó a mirar fijamente a sir Reginald.
—Estoy bastante segura de que la mayoría del ton tiene instrucción suficiente para entender la aritmética —dijo con aplomo—.
Habla usted de un excedente. Sin embargo, está pensando en aquel año concreto en que el verano fue inusualmente húmedo y la cosecha se echó a perder por la podredumbre.
A mí no me parece un malentendido, sino una elección deliberada de los datos que convienen a su causa.
—Señora, le aseguro que mis fuentes son de toda confianza. No hablaría en público si fuera a quedar en ridículo —dijo sir Reginald, rojo hasta las orejas.
—Pues hable con sus fuentes, porque parece que manejan estimaciones desfasadas. Invito a todos a seguir los informes, puesto que ofrecen datos concretos. Solo los hechos deberían sustentar una postura política.
Serena no expuso sus argumentos con malicia.
Solo quería que la verdad quedara en primer plano.
Sin embargo, se dio cuenta de que, al corregir a sir Reginald, quizá había levantado un buen revuelo en aquel corrillo de caballeros.
Los acompañantes del baronet parecían ahora incapaces de mirarlo: sus ojos se paseaban por los rincones de la sala, por cualquier parte menos por él.
—Solo cabe esperar que el Ministerio corrija las discrepancias, si es que las hay. Buenas noches, caballeros.
El orgullo de sir Reginald no pudo soportarlo más. Giró sobre sus talones y abandonó el grupo; sus pasos parecían llevarlo hacia la sala de juego. Un murmullo sordo lo siguió.
Serena sintió una oleada de satisfacción.
No soportaba la arrogancia de aquel hombre y no tenía la menor intención de alimentarla.
Otras mujeres se habrían hecho las tontas delante de él, pero ella no era así.
Su victoria duró poco, sin embargo, porque enseguida oyó que la gente empezaba a cuchichear sobre ella.
—¿Quién la aguantaría como esposa?
—Pobre lord Vale…
—Es del todo indecoroso en una dama de su posición…
—No es de extrañar que siempre haga de florero.
Los susurros formaron una marea embravecida que amenazaba con ahogar su reciente triunfo. Aun así, Serena no permitió que le quebraran el ánimo. Mantuvo la cabeza alta y conservó una sombra de sonrisa en el rostro. ¿Por qué habría de avergonzarse una mujer de mostrar su inteligencia?
De todos modos, tenía la garganta seca. Necesitaba beber algo, así que se dirigió a la mesa de los refrigerios. De camino, sus ojos se encontraron con los de un hombre que permanecía apartado del resto de los caballeros.