El trato de un duque con la novia maldita (Secretos y romances de la alta sociedad 10) Capítulo 14 #2
40%

Capítulo 14 #2

Con el gesto de un hombre que acepta una molestia perfectamente evitable, arrimó una silla vacía y se sentó.

La mesa de trabajo no estaba hecha para niños y, sin embargo, su estatura y sus anchos hombros hacían que los platillos y los recortes de papel que tenía delante parecieran insólitamente pequeños.

Clara le puso el pincel en la mano.

—Primero el azul violeta.

—No es azul —dijo Frederick.

—Es casi azul.

Violet le acercó un platillo.

—Se vuelve más frío cuando se diluye. No consigo este tono exacto con los que suelo usar en Londres.

Lo probó en el papel y apretó muchísimo más de lo necesario.

—Apriete menos —dijo Violet.

—He apretado menos.

Frederick examinó el trazo grueso.

—Empiezo a entender por qué contrato a gente con oficio.

—Entiendo que descubrirlo justo ahora resulte alarmante.

Clara se echó a reír y le mostró con qué suavidad sujetaba ella el suyo. Frederick la imitó en el siguiente intento, con una modesta mejoría.

—Eso está mejor —concedió Violet.

—Su entusiasmo es abrumador.

—No se ha ganado el entusiasmo.

Después probó la aguada amarilla. Cuando Violet le dijo que había cargado demasiado el pincel, lo pasó por el borde del platillo con excesiva brusquedad. Una gota brillante le saltó a los nudillos.

Clara lo señaló.

—Tiene la mano amarilla.

Frederick bajó la vista mientras Violet apretaba los labios, pero la descubrió antes de que pudiera apartar la mirada. Sus ojos grises se entornaron ante el esfuerzo que ella estaba haciendo.

—Si piensa reírse, duquesa, hágalo antes de que borre las pruebas.

Ese permiso acabó con la poca contención que le quedaba. Violet se rio abiertamente y Clara se le unió. Frederick pasó la vista del churrete amarillo de la mano al rostro de Violet y no intentó salvar la dignidad dando por concluida la lección.

—Está… bastante claro que soy un caso perdido en esto —dijo.

—No es un caso perdido —dijo Clara—. Solo es malo.

Violet volvió a reírse mientras él se limpiaba los nudillos con el paño que le pasó Isolde, aunque quedó una mancha pálida.

Luego, en lugar de entregar el pincel, le preguntó a Violet por qué la primera aguada había cambiado cuando ella le añadió agua.

La pregunta era sincera. Ella se lo explicó y él la escuchó con la atención suficiente para volver a intentarlo.

El trabajo continuó a su alrededor. Clara probó otro color y lo declaró apropiado para alas de hada.

Frederick la contradijo con el argumento de que ninguna criatura podría volar llamando tanto la atención, y Clara le dijo que las hadas no necesitaban tantas estrategias.

Violet le corrigió la presión del pincel una vez más sin detenerse a pensar en lo extraño que resultaba darle instrucciones a un duque en su propia mesa.

A la tercera prueba pequeña, Violet había dejado de medir cada frase antes de pronunciarla.

Cuando Frederick arruinó la aguada, se rio sin comprobar si a él le molestaba.

Él le respondía a Clara desde un lado de la mesa mientras Violet trabajaba en el otro, y su presencia ya no necesitaba explicación.

La voz de Colin en la puerta rompió por fin el hechizo.

—Excelencia, si todavía piensa practicar esgrima hoy, me gustaría empezar antes de que la cena de mañana se convierta en la de la semana que viene.

Violet miró hacia la ventana y le sorprendió lo avanzada que estaba la tarde.

Durante más de una hora no se le había pasado por la cabeza marcharse de Harrowmere.

Los dedos se le cerraron en torno al pincel.

Hubo un tiempo en que se había apoyado en la certeza de que Frederick acabaría cansándose de su resistencia y la mandaría a casa.

Desear que una tarde como aquella continuara le otorgaba a él un poder que no había tenido cuando lo único que ella deseaba era escapar.

A su lado, Isolde se giró demasiado rápido al entrar Colin, mientras sostenía un platillo poco profundo con aguada rojiza. Parte se le derramó en dos dedos y en el borde delantero del delantal, y se le escapó una exclamación de sobresalto.

Colin se adentró un poco más en la habitación. Bajó la mirada hasta la mancha y luego la devolvió al rostro de Isolde.

—El color no le ha causado ningún daño, señorita Fairbourne.

Isolde aceptó el paño que Violet le ofrecía.

—Muy generoso por su parte. Yo temía una ruina permanente.

—Me refería a que está usted encantadora a pesar de ella.

Por un momento, Isolde olvidó el paño que tenía en la mano. Se ruborizó más intensamente antes de bajar la vista al delantal y secar lo derramado con esmero deliberado.

Colin se aclaró la garganta.

—Excelencia, ¿está listo?

Frederick se levantó, con la tenue mancha amarilla aún visible en los nudillos.

Antes de que pudiera salir tras Colin, se oyeron voces y pasos en el pasillo contiguo.

Un criado pasó por delante de la puerta abierta con unos guantes de montar y, un momento después, apareció lady Penelope con una carta doblada en la mano, ya abierta.

—He tenido mejores noticias —dijo ella—. Esta me esperaba al volver.

Violet reconoció la carta que había llegado durante el desayuno, mientras Penelope miraba hacia Frederick.

—En casa de mi padre dicen que su dolencia es solo un resfriado molesto. No hay nada allí que me exija seguir hacia el norte de inmediato.

—Me alegro —dijo Violet.

—Y yo. Por desgracia, las inundaciones de mi casa siguen siendo menos complacientes. —Penelope dobló la carta una vez por el pliegue ya marcado—. Mi administrador tiene todo controlado, y de poco serviría volver a caballo antes de que lo peor del trabajo esté hecho.

Violet tragó saliva. «Vaya por Dios».

Penelope se dirigió a Frederick más directamente.

—¿Soportaría Harrowmere a una antigua amiga unos días más?

Frederick no respondió. Violet pensó en la conversación distendida que había disfrutado con Penelope desde su llegada y en el alivio de aquella mañana al enterarse de que Frederick no había formado parte del grupo de jinetes.

Cualquier vieja incomodidad que existiera entre ellos no era motivo suficiente para echar a una invitada al camino cuando no tenía adónde ir con urgencia.

—Por supuesto, lady Penelope —dijo Violet—. Es bienvenida a quedarse unos días más.

Solo entonces se fijó de verdad en Frederick. La calidez que había visto antes había desaparecido y su expresión se había cerrado.

Frederick se había ido, y el duque de Harrowmere había vuelto.

Capítulo 15

Frederick cruzaba el corredor de la planta baja cuando un leve roce llegó desde el salón.

Aminoró el paso y entonces vio la luz bajo la puerta entreabierta.

Crujió un papel, seguido del breve rasgueo de una pluma.

Violet estaba sentada sola a la mesa auxiliar, con el plano de asientos de mañana extendido ante ella.

Los antiguos registros de invitados quedaban debajo de una lista principal, y pequeñas tarjetas con nombres habían empezado a desplazarse hasta formar filas desiguales a su alrededor.

Había una vela arrimada a los papeles. Ya estaba baja, con la llama no más alta que el pabilo encorvado que se alzaba de un charco de cera poco profundo. Habían cubierto el fuego a su espalda para la noche.

Ella levantó la vista.

—Me vendría bien su ayuda, excelencia.

Frederick entró en la habitación.

—Para los asientos —añadió ella—. Ya fue bastante complicado con las invitaciones. Ahora, por lo visto, hay que impedir que todos los que aceptaron insulten a los demás antes del primer plato.

—Parece una meta ambiciosa para Yorkshire.

A ella se le curvó la boca.

—A estas alturas, me conformaré con evitar una guerra abierta.

Ocupó la silla contigua porque desde aquel lado el plano se leía mejor.

Violet ya había hecho casi todo el trabajo.

El rango estaba debidamente respetado y había colocado con sensatez a las familias que conocía por los registros de la señora Ferguson.

Lo que le faltaba era la historia que ningún libro de cuentas registraba.

Frederick señaló dos tarjetas cerca del centro.

—Mueva al señor Bale.

—Ayer me dijo que era inofensivo.

—Lo es. Lady Hartwell no.

Violet cambió de sitio el nombre del señor Bale.

—¿Qué le hizo a ella?

—Nada. Su hermano le vendió al marido de ella un caballo que ella sigue insistiendo en que estaba cojo.

—¿Y se castiga al señor Bale por ser pariente suyo?

—Ha sobrevivido seis años a eso. Dudo que mañana acabe con él.

Ella le lanzó una mirada y alejó más la tarjeta.

—Hace que la sociedad del condado parezca menos civilizada que la corte de hadas de Clara.

—Puede que las hadas tengan mejores normas.

Eso le arrancó una risa breve. Frederick cogió la pluma cuando ella le preguntó dónde colocar a otra familia y anotó una corrección junto a un nombre. Una mancha de tinta fresca le quedó en el lado del índice. Se la limpió en el papel secante antes de inclinarse de nuevo sobre el plano.

—Los Merrick pueden sentarse aquí —dijo Violet.

—No.

—Ha contradicho tres colocaciones en diez minutos.

—Solo dos.

—El tercero lo corrigió con la pluma. Cuenta igual.

—Los Merrick no se hablan con los Ellison desde una disputa de lindes.

—¿Una disputa grave?

—Un metro de seto.

Violet se lo quedó mirando.

—Eso se lo está inventando.

—Ojalá me lo inventara.

Se inclinó sobre esa misma parte del papel justo cuando Frederick se agachaba a señalar otro sitio. Las sienes se les rozaron apenas.

Ambos se apartaron casi al instante, antes de que Violet alcanzara a entender qué pasaba, y después se le escapó la risa.

A Frederick se le escapó la suya antes de pensar en contenerla.

—Magnífico. La cena ya está causando bajas entre sus propios anfitriones.

—Entonces sentaré la pelea del seto en extremos opuestos de la mesa, antes de que alguien pierda el conocimiento.