Capítulo 6 #2
—He logrado la notable hazaña de llegar más tarde que la novia. Esperaré a que haya entrado usted. Después del asunto de mi abanico, creo que ya he aportado suficientes interrupciones a esta iglesia.
—Así que era su abanico.
—Esperaba que nadie lo recordara.
Violet sonrió sin pretenderlo, y Penelope no la sometió al escrutinio que Violet había aprendido a esperar aquella mañana.
—¿Está nerviosa?
—No es precisamente la boda que imaginé en otro tiempo.
Penelope aceptó la respuesta sin preguntar qué había imaginado Violet en su lugar.
—Entonces quizá pueda mejorar una parte del futuro. Lady Octavia me dice que le preocupa Yorkshire.
—Me han informado de que los páramos no son del todo espantosos.
—Octavia ha estado hablando con usted.
Violet asintió.
—Bueno, usó casi esas mismas palabras.
A Penelope se le curvó la boca.
—Entonces me arriesgaré a mostrar más entusiasmo. Crecí no muy lejos de Harrowmere, aunque ahora vivo mucho más al sur. Hay flores suficientes para mantener ocupado a cualquiera que sienta interés por ellas.
—¿Flores?
—Muchas. No sabría nombrar ni la mitad. Las ferias también pueden ser muy animadas y, cuando empiece la temporada de caza, oirá a cantantes de baladas dondequiera que se junte la gente.
—Las flores sí me convencen.
—Entonces puede que Harrowmere tenga una ventaja, después de todo —dijo Penelope entre risas.
Violet pensó en los pigmentos que le había prometido a Clara.
—Quizá dos, si las flores resultan aún más útiles.
—Eso no augura nada bueno para las flores.
—Será aún peor para la cocina cuando necesite agua hirviendo.
La naturalidad de aquella conversación sorprendió a Violet. Penelope le hablaba como a una persona y conocía el lugar al que ella se dirigía.
—Debería visitarnos —dijo Violet antes de poder pensárselo mejor—. Si alguna vez se encuentra en el norte.
Penelope mantuvo una expresión agradablemente serena.
—Quizá lo haga.
Isolde regresó con lord Wexford, y Penelope se hizo a un lado. Su padre le ofreció el brazo.
—Es la hora.
Violet le puso la mano en la manga mientras los invitados terminaban de ocupar sus lugares.
Muchos rostros se volvieron hacia ella, pero vio a Emmeline antes que a ninguno.
Su hermana estaba sentada con las niñas más pequeñas, con los ojos brillantes y esforzándose muchísimo por no llorar.
Violet vaciló apenas un instante, pero su padre siguió al mismo ritmo.
Ahora el pasillo parecía más corto, con Frederick todavía esperando al fondo.
Sus ojos grises le sostuvieron la mirada mientras ella se acercaba. La preocupación que había advertido desde la entrada no había desaparecido. No lograba distinguir si se debía a la ceremonia o a alguna inquietud privada que él no tenía intención de compartir.
Enseguida, su padre la condujo al frente y la soltó cuando el clérigo los situó en sus puestos. Frederick se colocó a su derecha. De cerca, parecía tan severo como siempre, aunque le sostuvo la mirada un segundo más de lo que el oficio requería.
El clérigo habló de la seriedad del estado al que iban a entrar y de la obligación de no emprenderlo sin cuidado. La palabra casi hizo reír a Violet. Nada de aquel enlace había sido cuidadoso, salvo las normas de la ceremonia.
El clérigo se volvió hacia Frederick y le preguntó si tomaba a Violet como legítima esposa.
—Sí, quiero —dijo Frederick con voz firme.
Luego le llegó el turno a ella. ¿Tomaba ella a Frederick como legítimo esposo? Violet sabía que la pregunta iba a llegar. Al fin y al cabo, había elegido entrar en la iglesia y recorrer el pasillo.
—Sí, quiero —dijo, y las palabras salieron con suficiente claridad para sorprenderla.
El clérigo preguntó quién la entregaba, y lord Wexford cumplió su papel con lo que Violet supuso que era casi la misma seguridad con la que había anunciado que aceptaba la petición de Frederick.
Después su padre se retiró y Frederick le buscó la mano derecha.
Su palma se cerró con cuidado sobre la de ella; un contacto cualquiera y, aun así, delante de la congregación convirtió el matrimonio de repente en algo físico.
Cuando el clérigo lo autorizó, Frederick repitió los votos sin tropezar.
Violet oyó su propio nombre en la voz de él, seguido de la promesa de tomarla desde aquel día en adelante.
Las palabras consabidas llegaron a la parte de la muerte y los dedos se le helaron dentro de los de él.
Emmeline estaba sentada a su espalda, lo bastante cerca —en la mente de Violet— para que la vida entera que se prometía pareciera una despedida ya empezada.
Aquella mañana, Violet había reconocido que deseaba un esposo capaz de cuidar de ella. Ahora Frederick prometía toda una vida en el lenguaje de la iglesia, cuando ella apenas sabía nada de cómo sería ese cuidado ni de si él tenía alguno que ofrecer.
El clérigo se volvió hacia ella y Violet intentó respirar hondo. El aire se le quedó atascado en lo alto del pecho.
Bajó la vista hacia la mano de Frederick y luego se obligó a mirar de nuevo al clérigo. Sabía lo que tenía que decir, pero el siguiente intento de respirar fue aún peor.
«Habla».
«Por el amor de Dios, mujer, ¡habla!».
En ese momento, los contornos de la iglesia se desdibujaron ante sus ojos. La voz del clérigo parecía más lejana, aunque él no se había movido, y Violet se dio cuenta de que le temblaban los dedos contra la mano firme de Frederick. Intentó empezar una vez más, pero no le salió ni una palabra.
Frederick se inclinó un poco hacia ella.
—¿Se encuentra bien?
Eso Violet lo oyó con claridad. Reunió aire suficiente en los pulmones para responder.
—Necesito un momento.
Los invitados más cercanos se removieron. Alguien a su espalda contuvo el aliento, sobresaltado, pero Violet no esperó a que su padre hablara ni a que el clérigo decidiera qué debía ocurrir a continuación.
Soltó la mano de Frederick y se volvió hacia el pasillo. Al principio caminó despacio, porque se negaba a correr ante todos aquellos rostros que la observaban, pero cuando alcanzó las puertas el temblor se le había extendido por los brazos.
Además, respiraba demasiado deprisa para que las apariencias importaran mucho más tiempo.
Y al salir de la iglesia dejó de pensar en ello por completo.
Capítulo 7
Frederick observó la puerta abierta durante un minuto después de que Violet desapareciera por ella.
El clérigo había dejado de hablar y, a su espalda, la congregación se removía en los bancos, intentando no mirar abiertamente la ceremonia inconclusa.
Estaba claro que alguien tenía que ir tras la novia.
Y más claro aún estaba que debía ser el hombre que todavía aguardaba para convertirse en su marido.
Se apartó del altar antes de que Wexford pudiera alcanzarlo y recorrió el pasillo a un paso que casi era una carrera.
Podría haber enviado a Isolde, pero Violet le había dicho sin rodeos que ella no había elegido la rapidez de aquel matrimonio.
Él había seguido adelante porque el padre de ella se lo puso fácil, y ahora ella no había podido respirar allí de pie, a su lado.
Fuera, el camposanto dejaba a la vista el sendero y, más allá, el bajo muro de piedra.
Violet no había ido muy lejos. Estaba sentada sobre una piedra ancha bajo un viejo olmo, cerca del límite del terreno, aún a la vista de las puertas de la iglesia.
Tenía la cabeza inclinada y una mano enguantada apoyada contra el vientre mientras se esforzaba por calmar la respiración.
Frederick se acercó y se detuvo a unos pasos de ella. La respiración se le había serenado lo bastante para que él ya no temiera que se desmayara, aunque un temblor seguía recorriendo la mano que tenía en el regazo.
Cuando ella levantó la vista, él intentó suavizar la expresión. El esfuerzo le resultó tan poco natural que sospechó que había fracasado.
—Nunca fue mi intención hacerla infeliz.
Violet apretó los labios.
—Vaya, ¿cómo no voy a sentirme aliviada al saber que el resultado fue accidental?
Se lo merecía. Frederick echó una mirada atrás, hacia la iglesia, donde Colin había aparecido en el umbral sin hacer ademán de seguirlo.
—Esta boda fue deprisa porque su padre accedió deprisa. En cuanto aprobó el enlace, traté el resto de los preparativos como asuntos urgentes.
—Para usted —dijo ella en voz baja—. Nadie me preguntó si yo quería que esos asuntos se facilitaran. Mi padre no me lo preguntó. Usted sabía que me oponía y, aun así, se leyeron las amonestaciones y, desde entonces, cada día traía una nueva disposición que otro había tomado ya por mí.
Frederick tenía preparada una respuesta sobre la autoridad de su padre, pero recurrir a ella ahora sería fingir que las formalidades le habían dejado a Violet un margen que ninguno de los dos hombres le había ofrecido.
—Entendía que usted se oponía —dijo en cambio—. Lo que no entendí fue lo que esa premura le costaría.
—Entendía lo suficiente para saber que apenas lo conocía.
—Sí.
Pareció casi desconcertada de que él no discutiera. Bajó la mirada a la hierba que los separaba y luego volvió a alzarla hacia él.
—Si vuelvo a entrar, ¿a qué estoy accediendo exactamente en Harrowmere?
La pregunta llevó a Frederick a terreno más firme. Sabía lo que su hacienda le permitía prometer.
—No se esperará de usted que pase cada hora en mi compañía. Cazo a menudo cuando estoy en Yorkshire, y no hay motivo para que deje de pintar porque se haya casado. La señorita Fairbourne permanecerá con usted. Sus días no tienen por qué organizarse en torno a los míos.
Violet lo estudió.
—¿Su mejor argumento a favor del matrimonio es que podré verlo muy poco?
—Tenía entendido que verse libre de mi injerencia le resultaba deseable.
—Lo es. —Parte de la aspereza abandonó su voz, aunque no la cautela—. La libertad no es exactamente lo mismo que el olvido.
Discutir aquella distinción no la habría mejorado.
—Entonces lo diré con más precisión. No exigiré su compañía constante, y no me entrometeré en una ocupación solo porque no la comparta. Si algo no puede hacerse por alguna razón de la casa, le diré cuál es.